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La noche II

Tras de si dejaba su casa alquilada ya que no pasaría mucho tiempo en aquella ciudad. Estaba decidida a montar su propia empresa y no tardaría mucho tiempo en tener las herramientas necesarias para poder hacerlo.

Al bajar al recibidor el portero la saludó como hacía habitualmente:

– Hasta pronto Paula.

Paula, agradecida, siempre respondía al saludo con un guiño y una mano levantada mientras de sus labios surgían unas palabras:

– ¡Hasta luego!

Abandonó el edificio y solicitó la parada de un taxi. Nunca ha necesitado repetir el gesto, su traje es como un semáforo en rojo para el taxista solitario. Abrió la puerta del taxi y le indicó donde quería ir. Era un taxista mudo, de los que a veces tienes la suerte de encontrarte en el mundo de los taxis. Paula agradeció internamente el silencio ya que necesitaba otra dosis de paz antes de volver al trabajo diario.

Fin de ruta, paga el taxi le da las gracias y se baja para afrontar un nuevo día. Desde que llegó a esa ciudad no quiere saber nada de conducir y usa el taxi como medio de transporte.

Ante ella se presenta el edificio donde trabaja, un edificio de cincuenta plantas. Abre la puerta saluda al portero y llama al ascensor. sube al ascensor, planta veinte con paradas en planta cinco, seis y quince. Hace un día soleado y los dos equipos estrellas del deporte rey de aquel país van a la par. Grandes temas de conversación para un corto recorrido que el ascensor tarda habitualmente veinte segundos en realizar. Planta veinte. Su empresa. Comienza el día.

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La noche I

Esto es sólo el comienzo de una historia con entrega mensual dentro de los domingos blogueros. Tendrá 11 entregas y se va a ir construyendo poco a poco. Comencemos.

Paula se miraba al espejo y no reconocía aquel sujeto de rostro enjuto que aparecía ante ella. Sus ojeras manifestaban las cuatro noches que llevaba girando y girando sobre la cama. Cada giro era la búsqueda de una respuesta que se demoraba en ser respondida. Muchísimas preguntas a las que quizá no habría que buscar respuesta.

El espejo hablaba también de unos labios partidos por el stress que estaba sufriendo en su nuevo trabajo. Era un trabajo duro ya que era la encargada de coordinar a un gran grupo de personas. Personas entre las que podía ver a gente mucho mayor que ella. Ella venía de un trabajo un poco más ingrato donde no se encontraba agusto. Aquella oportunidad pintaba genial sobre el papel. “Paula Hermman – Coordinadora de proyectos” se podía leer en su tarjeta.

Poco a poco se arrastro hacía la ducha y abrió el grifo del agua caliente. Sumergió su terso pie notando como un agua gélida lo rozaba. Era el comienzo de todas las mañanas. De repente volvió al río donde había pasado muchos veranos. Aquel Camping donde sus padres disfrutaban de unas buenas vacaciones. El aire puro del monte… ¡Me quemo! Pensó. Absorta en sus pensamientos no se había dado cuenta de que el agua sobrepasaba la temperatura adecuada. Un poco de agua fría y para adentro.

Una vez duchada. Buscaba entre sus perchas el vestido adecuado para ese día. Ante ella se presentaban, en perfecto estado de revista, cinco maravillosos vestidos que resaltarían las curvas de las que no carecía Paula.

El rojo era el adecuado para hoy. Ya era viernes y su cuerpo le pedía algo un poco más atrevido. Este fue el vestido escogido cuando hizo la entrevista que le daría paso a este puesto. Mirándose al espejo ahora todo parecía haberse resuelto. Todas las preguntas y preocupaciones se habían ocultado tras lo que se conoce como crema antiojeras. El rostro enjuto había adquirido un poco de volumen gracias a un efecto del maquillaje. Los labios escondían sus imperfecciones bajo una capa de carmín.

Abrió la puerta de su casa. Y como aquella persona a la que se le ha olvidado algo volvió a ese espejo donde se podía ver de cuerpo entero. Se lanzó un beso y un guiño. Esa era quien debía ser, pensó. Volvió a la puerta y salió decidida a por un nuevo día.

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