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Mi experiencia de Camino

13 de abril de 2014

¡Hola!

A todos los que hayan llegado hasta aquí lo primero que tengo que dar son las gracias por leer todo el diario del camino. A los compañeros que me tienen en sus redes sociales, os he impuesto un ritmo fuerte durante 7 semanas, lo sé.

Cuando terminé de escribir sobre la experiencia del camino algunos amigos y amigas me recomendaron que escribiera en presente sobre la experiencia. Diría lo típico: Es una experiencia vital que se te agarra, conoces mucha gente, te acostumbras a vivir con lo justo… la verdad es que todo es verdad.

Cada camino es un mundo, al igual que cada emprendimiento (ahora que está de moda hablar tanto de esto). Los errores aparecen. Errores que ya te habían dicho como evitar. Da igual, por mucho que te digan si no lo vives no lo aprendes.

¿Qué hubiera mejorado? En una sola frase, hubiera eliminado las reglas que me autoimpuse. Hubiera dejado la experiencia como meta. Esto hace más fácil la adaptación a los cambios que van surgiendo. ¿Mis reglas?. Llegar a Santiago en 31 días o menos, no reservar albergue nunca, hacer todo el recorrido a pie, llevar siempre la mochila, en Santiago ir a un hotel, si llegaba a hacer el epilogo… acabar en Muxía. Aún hoy, recuerdo los dos días que me salte la regla de reservar plaza en un albergue u hotel. De todas formas, debo decirlo antes de seguir… no cambiaría ningún momento vivido.

Ya puedo confesarlo. En mi Diario de Camino (una libreta de hojas en blanco y tapas azules) sólo recogí 10 días. El resto de días han salido de mi memoria y la de algún compañero y compañera de camino con los que he estado en contacto estos días a través de distintas redes sociales. Ahora lo escrito toma otra dimensión. Obviamente, esto no podía contarlo antes de llegar al final. El encuentro con el peregrino de Le Puy que me comentó que no escribía todos los días y que prefería caminar los pensamientos me dejó tan tocado que no volví a escribir con regularidad durante el resto del camino.

¿Qué he sentido al escribir sobre la experiencia? Me he vuelto a emocionar, he vuelto a sufrir, he vuelto a andar sobre el camino (se me ponen los pelos de punta). He disfrutado de los comentarios de algunos compañeros de camino. Para mi escribir es un regalo que les debía a todos los que me acompañaron durante mi camino.

Sobre las fotos… Yo tampoco entiendo que me ha llevado a no tomar fotos de personas. Los paisajes que veis son los que reinan en septiembre y octubre en el camino. La compacta que me llevé funcionó tal como esperaba. No buscaba buenas fotos sino fotos que formaran un recuerdo.

Una de las cosas que tenía claro antes de salir es que no iba a ir a un gran centro comercial a comprar los materiales necesarios. Así que allí me tenías a mi en las tiendas de mi pueblo y de la gran ciudad más cercana comprando material. Mochila, botas, chanclas, pantalones de senderismo, uno de ellos desmontables, camisetas térmicas, calcetines, gorro… En fin… todo lo que me llevé para estar unos 40 días fuera de casa.

Me fuí teniendo en mente llegar a Fisterra y Muxía. Salvo alguna excepción a todo el mundo que me cruce esos días, antes de salir, le decía que iba a hacer 775 km (hasta Santiago de Compostela). Muy pocos sabían que mi mente pensaba en los 895 km que hay entre Saint Jean Pied de Port y Muxía. El camino ha supuesto para mi una motivación para dejar la inactividad física en la que estuve durante meses y pasar a la acción.

¿Mi motivo para hacer la experiencia? Pensar en mi futuro. ¿Conseguido? La respuesta corta es no. Es muy complicado mientras andas pensar en otra cosa que no sea sobrevivir y disfrutar del momento actual. No todos los días se puede atravesar parte de España a pie. La respuesta larga… bastante. Cerré varios episodios de mi pasado quitándome peso de mi mochila del día a día. Aunque no seamos conscientes todos arrastramos una mochila llena de experiencias que no hemos terminado de cerrar. La mía ahora mismo está menos llena y eso me hace avanzar con más comodidad. En mi día a día estoy aplicando algunos aprendizajes del camino.

Ya me toca despedirme de lo que ha sido una gran experiencia. Escribir el camino, sacar algunas fotos que pude tomar durante la experiencia. Compartir, al fin y al cabo, la experiencia. Volver a andar sobre el camino gracias a palabras encadenadas en frases.

Un abrazo a todos y a todas los que me habéis leído (aunque sólo sea un día del diario :D).

PD: A la vuelta no sé como me he enganchado al monte… Quizá vistas como esta tengan algo que ver 😛

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Días 36: El viaje de vuelta a casa

10 de octubre de 2013

Ayer no te escribí, prefería escribirte ya desde mi casa. No me lo termino de creer todavía. Hace poco más de 24 horas estaba en Muxía. Te cuento.

Me levanté justo antes de que el hospitalero subiera a pedirnos que nos fueramos. Eran casi las 8 de la mañana. Ahí está Juanfran, recién levantado también. Cojo mi mochila y los dos vamos fuera. El día anterior no había hecho el recorrido hasta el monasterio con la mochila. Desayunamos en un bar cercano al albergue. La persona que nos atiende no puede creer que Juanfran y yo seamos del mismo pueblo. Yo tengo un acento demasiado marcado que ya no intento disimular como días atrás. Con la broma salimos del bar y nos dirigimos hacía el monasterio. Los dos a pie, los dos con mochila. Yo a recorrer mis últimos metros con mochila. Puro romanticismo. Yo diría que vicio de andar con mochila. Juanfran empezando a caminar hacia un atardecer que seguro que guardará por bastante tiempo en el recuerdo.

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Una vez allí nos encontramos con Francesco. Francesco y yo nos despedimos de Juanfran. “Buen camino”. El mar está más calmado que ayer por la tarde. Un lugareño me advierte, cuando aún estoy en el monasterio que no me acerque mucho al mar. Dos rocas o tres como mucho. La distancia al mar aquí se mide por rocas. Francesco está en la tercera roca y desde allí me pide que le tome una foto de final de camino. Es un auténtico honor. Hace tiempo que no cojo una cámara pensando en retratar momentos inolvidables de otras personas.

Antes de irme de allí toco la roca de aquel monasterio y me despido de este pequeño tramo del camino. En una de las playas, Francesco y yo, encontramos a los valencianos con los que cené anoche. Hoy van a tomar el mismo autobús que nosotros. Nos acompañan varias aves. Cuando llegaba a Fisterra vi a varias pero ahora las tenía justo al lado. Ellas están más pendientes de su día a día que de nosotros. La verdad es que me dan respeto por que pasan por encima de nuestras cabezas. Y no, no saben lo que es un inodoro. Con mucha educación me despido de la gente a la que acompaño para ir a un supermercado a comprar algo para el viaje de vuelta.

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Justo enfrente del supermercado hay una exposición dedicada al desastre del Prestige. Un petrolero que se partió en medio del mar dejando escapar la sustancia que transportaba. Ese petróleo llego a las playas de la Costa da Morte de las que Muxía y Fisterra son parte. Mucha gente se volcó a ayudar en la retirada de residuos. Cuando las condiciones de trabajo de los voluntarios se conocieron el gobierno decidió mandar al ejercito para que se hiciera cargo de la limpieza de las playas. En ese momento seguía llegando gente para trabajar de voluntario pero, según entendí en su momento, el ejercito no les dejaba pasar. El petroleo es una sustancia que hay que trabajar con las medidas de protección adecuadas.

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Tenía que hacer tiempo y gastarse todo el dinero en un bar no era la solución. Decidí ir de nuevo al albergue para explorar por libre la parte de atrás del mismo. Rodeado de hierba con casas destruidas por el tiempo es una gozada dar una vuelta por allí. Sin señal de prohibido el paso me he movido con cuidado por la zona y he disfrutado de un momento de soledad mientras observaba el pueblo que ha sido para mi, por esta vez, el final de mi camino.

Cuando quedaban apenas dos horas para que llegara el autobús he bajado al pueblo para buscar un bar y la zona donde se tomaba el bus. Después de preguntar a varias personas resulta que el autobus para justo enfrente del bar donde comí ayer. Antes de ir a ese bar visito algún otro para tomar unas claras con la tapa que ellos decidan. Una media hora antes de que nos recojan vuelvo al bar donde comí ayer y me pido una clara. Ya he comido y supongo que aquí no ponen tapa dados los precios de los platos. Mi sorpresa es mayúscula cuando el camarero, que parece reconocerme de ayer, me pone una tapa. Un bocado para terminar de comer. De repente veo acercarse, por el paseo marítimo, a Cristina, Righi, Roberto… Al parecer vienen de Fisterra. Este último tramo, de Fisterra a Muxía lo han hecho en autobús. Me alegra verlos. Es una de las extrañas coincidencias que suceden en el camino. Vuelve también Francesco.

Ya con todo el mundo allí llega el autobús que nos devuelve a Santiago de Compostela. En el recorrido vuelvo a ver algunos pueblos por los que he caminado estos cuatro días. Se me hace muy raro. Incluso, cuando pasamos por Negreira, con su vestido azul inconfundible, me parece ver a una de las primeras peregrinas que conocí. Una peregrina a la que conocí en aquella cena interminable con Mike y Alexander en Puente La Reina. Es Maggie… Seguro que es ella.

Una vez llegamos a Santiago hay varias posibilidades. O bajas para ir directo a la estación de tren, lo cual no me parece adecuado, o bajo en la propia estación de autobuses. Muchos peregrinos deciden bajar en la primera parada. Me despido de ellos. La parada de la estación de autobuses te “obliga” a atravesar todo el pueblo para llegar a la estación de trenes pero tengo tiempo de sobra para ello. No te lo he dicho todavía. El billete lo compré uno de los días que pasé en Santiago. El segundo día para más detalles. Después de saber que podría llegar a Fisterra si el tiempo acompañaba.

Una vez en la estación me despido de todos los italianos que me han acompañado en el camino. Del último que me despido es de Francesco. Le deseo lo mejor en su vida. Le seguiré la pista. Es un tipo genial. Son geniales todos y todas la verdad. El camino ha puesto a gente increíble a mi paso. Algo me dice que esta sensación la tienen todos los peregrinos. No me creo que una persona sea capaz de hacer el camino sin encontrar a gente con la que conecta de una manera especial.

Llegando al centro de Santiago bajo por una calle y justo en la acera de al lado… no me lo puedo creer. Es nuestro compañero danés del primer día en Saint Jean Pied de Port. Delante de mí está Kasper. Al lado suyo dos compañeras de Alemania con las que lo vi alguna vez. Se ve que han acabado el camino juntos. Han ido a Fisterra. Es más, lo hacía allí. Esto es muy grande. Informo a mis compañeros de camino. Me hace falta una foto… no creo que sean capaces de creerlo sin pruebas. Después de reirnos, Kasper y yo, de la coincidencia lo dejo seguir hacía donde iba.

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Yo voy directamente al centro de Santiago a comprar recuerdos para mi familia y amigos. Entro en una de las tiendas que rodean a la catedral. La persona que me atiende me pregunta si he hecho el camino completo.

– ¿Cómo? Bueno, he ido de Saint Jean Pied de Port a Muxía. Si eso es hacer el camino completo, sí, lo he hecho completo.

Tras hablar un rato me comenta que aunque no compre nada tiene un detalle para mi. Allí compro la mayoría de recuerdos que voy a repartir entre mis compañeros. El tipo de la tienda me lo envuelve todo y se va a una especie de apartado de la tienda.

– Mira, esto es algo que sólo tienen los que hacen el camino completo. Agáchate que te lo ponga.

Me agacho y me cuelga una medalla gigante al cuello. En ella se ve al Apostol Santiago. Es un buen detalle. Ya soy oficialmente un peregrino de Saint Jean Pied de Port (aunque nunca dejaré de ser un peregrino de Sarria).

Con todas las bolsas de camisetas y recuerdos de esta aventura me encamino a uno de los restaurantes donde estuvimos aquel día que abandoné Santiago. Es temprano así que hay mesas disponibles.

– Mesa para uno por favor.

– Sí, siéntese ahí y enseguida le atendemos.

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Es la soledad del viajero. En algún momento quién sale solo a hacer la aventura se enfrenta a momentos de soledad. Cuando ya llevo un rato cenando veo como una chica joven pregunta en un tímido español por un sitio para cenar. También va sola pero sus vestimentas no son de peregrina. Se sienta a mi lado, en otra mesa. Deben ser mesas para dos aunque no son muy grandes. Decido hablar con ella en mi tímido inglés y me cuenta qué hace allí. Crea enlaces entre universidades para que los alumnos puedan disfrutar de un año estudiando fuera. Le digo que no lo piense y elabore un informe positivo. Santiago de Compostela es una ciudad donde un estudiante tiene opciones de ocio todos los días y se respira cultura por cada pequeño callejón. Mi experiencia es que se lo van a pasar de lujo allí. Su trabajo es sobre todo de papeleo así que cenará y seguirá completando informes para la reunión de mañana. No tiene pensado probar la vida nocturna de la ciudad. Mi tren sale dentro de una hora. Le deseo una buena estancia. Pago mi cena y salgo de allí.

Busco un sitio para ver el atardecer desde la Plaza del Obradoiro. Último atardecer. Un atardecer desde Santiago. Cuando termina veo que mucha gente me mira extrañada. Es la magia del camino. Sólo uno entiende lo que hace. Espero a que se haga de noche en esa plaza. Cuando veo a la catedral totalmente iluminada. Me pongo en el centro de la catedral. Dejo los recuerdos en el suelo. Me arrodillo. Mi mano sobre aquella concha. Mi cabeza agachada. La gente que he conocido en este viaje pasa por mi cabeza. El agradecimiento por la experiencia vivida. No termino de saber a quién o a qué agradezco el estar aquí en este momento. Por delante de mi está todo el camino recorrido hasta Santiago de Compostela. Por detrás todo el camino recorrido para llegar a Muxía. Gracias.

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Me levanto y me dirijo a la Estación de tren. Cuando llego voy directo al baño. Dentro del baño, como ya hiciera en mi anterior camino me limpio como puedo. La gente que entra al baño en ese momento no se extraña. Yo tengo que hacer esto por que tengo pillado un vagón cama y no me quiero sentir incómodo.

Ya en el tren no conozco a nadie. La vuelta ha comenzado. Ahora sí. No me ha dado tiempo ni de darme cuenta de que esta aventura ha llegado a su fin. Mi cama me espera. Desde ella veo el amanecer antes de llegar a Madrid. Esta ciudad es la primera parada de mi viaje. Me hago cargo de que he vuelto a la civilización. Delante de mi una chica con el pelo azul y vestida con mezcla de varios estilos me recuerda donde estoy. Ella seguro que se siente especial y única. No sé dónde perdió la enseñanza de que lo que hace única a una persona no es la vestimenta sino el hecho de ser humana. Le regalaría El Principito pero no estoy seguro de que logre entender que el consumo no nos hace únicos, no estoy seguro de que acabe vestida como su protagonista para marcar su propio estilo.

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Después de tomar algo de comida en Chamartin me dirijo al tren que me dejará en Murcia. Es el último tren que tomaré hoy. Es el tren que me llevará a mi casa. Es el final de mi camino. Volver a ver a mis padres, a mi sobrino, a mi hermano, a mis amigos, a mis amigas… es todo eso. Y sobre todo, aunque me suene extraño, es volver a ver mi tierra. Y así ocurre… por la ventana de ese tren, por primera vez en mi vida, y mira que lo he tomado veces, veo mi pueblo.

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Una vez en la estación, mi padre me espera en el andén. Se me hace raro. La última vez que hice el camino no vino nadie a por mi. Caminando por la ciudad me desplacé hasta el autobús que me dejó en mi casa. Pasando por la parte baja de la estación noto revuelo a mi alrededor. Al mirar hacía atrás veo a una persona famosa. Mi padre me comenta que hoy esta persona tiene un acto en mi pueblo.

En ese coche, que es el mío, conducido por mi padre, de vuelta a mi casa, me doy cuenta de que he vuelto a mi casa. Los días del camino siguen resonando en mi cabeza con fuerza. Ahora mismo me encuentro desorientado. Quizá sea que ya me tengo que despedir del acompañamiento que me han dado tus páginas. Gracias, Diario de camino, por dejarme reflexionar y vivir de manera más profunda esta experiencia. Gracias por aquellos momentos en los que has escuchado mis quejidos. Por los momentos en que me reía de cosas sin sentido. Por esos momentos en los que no sabía que hacía en el camino. Por grabar con fuego cada día. Todavía recuerdo aquel momento en que me encontré con Alexander y con Kasper en la estación de autobuses de Pamplona. Has sido parte de mi camino. Me has ayudado a aprender de él. Espero volver a verte en la siguiente aventura en la que me embarque.

Gracias por todo y hasta pronto.

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Día 35: De Fisterra a Muxía

8 de octubre de 2013

¡Hola!

Hoy sí que sí. Hoy llegó el final de mi camino. Mañana llegaré a Santiago de Compostela y volveré en tren a Murcia. Se me hace muy raro. No quiero que se acabe esta etapa de menos de 28 kilómetros.

Hoy he vuelto a cruzarme, al final del día, con el peregrino que va a La Coruña y me ha invitado a seguirlo. ¡Qué va! Voy a echar de menos andar todos los días por los paisajes que he recorrido pero esta aventura tiene que llegar a su fin. Como le siga soy capaz de hacer el retorno. Te cuento mi último día.

Esta mañana cuando me he levantado he visto a Daniel esperando al autobús. Le he dado mi dirección de correo electrónico y él a mi la suya. Seguiremos en comunicación. Me gustará saber como le trata la vida. Seguro que bien. Después de esto he ido a buscar un bar donde desayunar. Se me ha hecho raro pensar que era el último día que iba a andar en el camino. La persona con la que estaba, en el bar, era de Galicia. Le pasaba como a muchos peregrinos. Nunca había pensado que Fisterra fuera el final del Camino. Cuando él llegó a Santiago de Compostela tuvo claro que el final estaba allí. Hasta ayer. Recomendará a todos sus conocidos seguir hasta Fisterra. Ese atardecer todavía resuena en nuestra memoria. Fue mágico.

Me despido de él y lo dejo esperando el autobús. Vamos a caminar. Hoy llegaré a Muxía y podré cerrar un circulo que se abrió antes de llegar a Burgos. Y de esta forma, cerraré mi camino. ¿Flechas? ¿Dónde están las flechas? Ha sido una de las peores salidas de un pueblo que recuerdo. En uno de los cruces me he encontrado con Francesco. Ayer no lo vi. Habrá disfrutado del atardecer desde otro lado.

Después de perdernos un par de veces le preguntamos a una señora mayor. Nos indica y la nos ha gastado una broma pero ya estamos en el camino y empezamos a ver flechas. Por fin. Una de las personas a las que hemos preguntado nos ha contado que el monte por el que estaba saliendo el sol en ese momento era considerado tierra de dioses en Fisterra. Está amaneciendo. La belleza de aquel lugar hace que comprenda como pueden pensar en un Olimpo en la tierra.

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Francesco y yo seguimos ya por un camino muy bien marcado. De repente noto el cansancio y decido dejarlo ir. No puedo ir a su velocidad y no me pienso romper el último día. En algunos tramos ayudo a los peregrinos a retomar el camino. La señalización está un poco oculta y hay que dar algunos giros. No me quiero perder. Hoy debería cruzarme con Alessandro, Saúl y Mauro y ya despedirme de todos del todo. Soy consciente de que vamos a pasar una larga temporada sin vernos.

Las señales de hoy son bastante curiosas. En todas las bifurcaciones aparece una flecha apuntando a Muxía y otra a Fisterra. Se señalan con una M y con una F. La primera la vimos ayer. Donde me despedí de Alessandro y Saúl por primera vez. Tras 13 kilómetros sin pueblo llego al pueblo intermedio. En el primer sitio que veo que dan sellos tomo mi credencial de turismo y la sello para que no haya problemas con la Muxiana. Continúo hasta el bar donde veo a Francesco tomando algo. Está terminando de comer. Pido mi comida mirando siempre el camino por el que he venido por si veo a estos. No hay rastro. Pago y me voy.

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Cuando estoy llegando a la salida del pueblo veo llegar a Mauro. Detrás de él reaparecen Saúl y Alessandro. Les cuento como he vivido el momento de Fisterra y les deseo lo mejor. Un abrazo final y personal a cada uno de ellos cierra nuestro cruce de caminos. Una despedida que no me permite articular palabra. Ni yo, ni ellos pueden decir nada. Y sin decir nada, se dice todo. Muchas gracias por vuestra compañía en momentos que no olvidaré del camino. Gracias.

Me giro, con los ojos derramando lágrimas y de camino a Muxía. Se me pasará. No es la primera vez que una despedida se me agarra de esta forma. Es lo más duro del camino. Ya no tengo dudas. Ni las subidas, ni el viento, ni la fiebre… lo que realmente te deja tocado es despedirte de la gente que te ha acompañado en el camino.

Sigo mi camino. Muxía me espera. Tras unos catorce kilómetros más vuelvo a ver el mar a lo lejos. Necesitaba esa imagen. Me repara del momento pasado hace no más de unas horas. Llego a Muxía. A mi izquierda una playa por la que ahora mismo no vamos a caminar.

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Todos los peregrinos con los que voy se dirigen directamente al albergue publico. Delante de mi un peregrino peculiar con mochila rectangular con pinta de no ser nueva y muchos símbolos del camino. Al llegar al albergue veo una foto suya en donde toman nota. Al parecer no es la primera vez que hace el camino y no será la última. Se ha hecho todos los caminos que hay y es famoso en Italia por ello. Menudo personaje. La verdad es que me recuerda a alguien de los Monty Python. Pero no sé decirte ahora mismo a cual de ellos. Vive el camino con mucha alegría. El albergue de Muxía parece nuevo. Tiene la misma pinta que el de Os Chacotes. Dejo mis cosas, me ducho, limpio algo de ropa y me voy a ver el pueblo.

Pregunto por un buen sitio para comer una mariscada. Me recomiendan que vaya al mejor restaurante de Muxía. Hoy ya me da igual todo. Es mi último día. Entro allí y pido dos platos. Me da igual todo pero la mariscada se me hace inalcanzable. Voy a darme un lujo pero no quiero quedarme sin dinero para el resto del día. El camamero, al terminar de comer, me indica donde está el monasterio de la Virxe da Barca y donde puedo conseguir la Muxiana.

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Doy una vuelta por el pueblo, visito el monasterio donde vuelvo a ver turistas mezclados con peregrinos. Decido volver luego, al atardecer a cumplir mi palabra con Alexander. Habrá menos turistas y no será tan raro. A la vuelta paso por la oficina de turismo donde dan la Muxíana. Allí varios peregrinos están pidiendo lo que yo voy a tener en mis manos en breve. Me preguntan el nombre y allí queda grabado.

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Ya en el albergue descanso un rato en recepción mientras cargo mi móvil. En estas estoy cuando de repente miro al mostrador y veo llegar a un peregrino, es muy tarde ya. ¿Quién llegará tan tarde? Se da la vuelta. No puede ser. Sigo a lo mio. No puede ser. Él también está pensando lo mismo pero lo hace. Dice mi nombre.

– No puede ser… ¿Qué haces tu aquí?

Se trata de un compañero de mi pueblo que al parecer está haciendo el Camino de Oporto. Qué coincidencia. Creemos estar conectados en facebook pero nos leemos a través de un grupo. Entramos en los perfiles y vemos nuestras aventuras. Los dos nos reímos pero él acaba de llegar.

– Anda, tira a la ducha y ahora hablamos para ir a ver el atardecer al monasterio. Nos vemos ahora.

Esto es el camino. El último día, sin esperarlo… me encuentro con alguien de mi pueblo. Estoy sorprendido. Es un buen final para mi camino… un final gracioso por lo menos. Mi compañero acaba mañana el camino. Cuando ya está listo vamos al monasterio juntos. Yo le pido un momento y el me lo da. Se va a ver que hay por ahí.

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Una reja impide el paso dentro del monasterio así que paso mi mano y cuando noto la piedra debajo de mis dedos hago la ofrenda que me pidió Alexander. Es mi último paso en el camino. Aquí acaba todo. Desde aquí, mi final de camino, deseo que el suyo sea, al menos, tan especial como ha sido el mío. Vuelvo a agradecer el poder estar allí. Juanfran me espera sentado en una roca. Vamos allá. El atardecer se acerca. Veo al peregrino que va a La Coruña pasando insistentemente por una piedra. Lleva un libro que dice que hay que pasar por debajo de la piedra 9 veces. Y el tipo lo hace como el que deja la piedra en la Cruz de Ferro, el que da un abrazo al santo en Santiago o el que quema algo que ha llevado consigo todo el camino en Fisterra. Nadie más lo hace. Sin duda es un peregrino peculiar. Una vez acabado el paso, exhausto, se sienta en una de las piedras a admirar el atardecer.

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El mar que tenemos delante es más bravo que el de Fisterra. Durante la caída del sol recuerdo a los peregrinos que me han acompañado en esta aventura. A los que están en su casa ahora, a los que siguen de camino, a los que hoy disfrutan de Fisterra. Todos los peregrinos que han pasado por mi camino hoy son parte de este momento. Es mi forma de despedirme de la experiencia.

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Juanfran y yo nos acercamos a comprar algo en un supermercado. Nos metemos por Muxía a buscar un sitio para comprar. Y nos topamos con un cartel donde se puede leer “El Murciano”. Nos partimos de risa, no puede ser. Esto ya es rizar el rizo. Un final de camino absurdo. ¡Qué grande!

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Hay varios supermercados, nos metemos en el primero que vemos. Digamos que la variedad no es su fuerte. Los pillamos flojos de existencias. No sabemos si es por que están cerrándolo o simplemente están a punto de reponer. A la salida nos perdemos intentando llegar al albergue pero Muxía no es muy grande así que al final llegamos a nuestro destino. La cocina del albergue público. Vamos a cenar con lo que hemos comprado y lo que tengamos en la mochila. Al llegar vemos a unas chicas de Alemania y a unos valencianos cenando y nos unimos a ellos. Hemos comprado unas botellas de vino pero sólo cae una. Nos queda una entera que dejamos para los que vengan a Muxía mañana.

Juanfran y yo nos despedimos aunque dice que mañana desayunará conmigo yo no las tengo todas conmigo. No sé cuando me despertaré que mañana no tengo que andar. Mañana simplemente me queda hacer el viaje de vuelta, primero en un autobús y después en dos trenes. No me termino de hacer a la idea de que esto se acaba ya pero hay que volver. Prefiero recordar al sol que vi esconderse por el horizonte mientras mi recuerdo viaja a lo vivido durante estos 35 días. Espero poder dormir.

Hasta mañana compañero.

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Día 34: De Olveiroa a Fisterra

7 de octubre de 2013

¡Vaya una pasada!

Y yo que pensaba que Santiago de Compostela era el final del camino. Lo de hoy me ha dejado sin palabras. No sé por donde empezar. A partir de hoy los atardeceres tendrán otro significado para mi. Hoy… he visto el mar. Después de 33 días sin rastro de él. Después de los malos días que pase atravesando Castilla y ese secarral interminable. Hoy he vuelto a ver el mar. Sin duda, el recorrido desde Olveiroa a Fisterra es el más espectacular.

Esta mañana, bien temprano, me he despertado. El zumbido de aquel insecto que no logré ver no me ha dejado descansar. Era un mosquito. Me he dado cuenta cuando he ido a lavarme las manos y me he visto la cara. Uno de mis parpados había crecido más de lo adecuado. No podía abrir, apenas, el ojo izquierdo. Es la primera en mi vida que veo un efecto así tras la picadura de un mosquito. Realmente creo que en esa zona no me habían picado nunca.

Los peregrinos que me ven se preocupan por mi estado. No me pica. Siento un poco de dolor pero es soportable. Recojo mis cosas y huyo de ese lugar. No salgo de una y me meto en otra. El ojo ha vuelto a su estado original antes de que acabará el día.

Después de tomar algo en el bar, comenzamos a andar. La niebla vuelve a cubrirlo todo. Tras pasar un puente me doy cuenta de que no puedo seguirles el ritmo y me despido de ellos deseándoles buen camino. Seguramente, mañana, nos volveremos a ver. El camino de Muxía a Fisterra es el mismo que de Fisterra a Muxía. Entre medias sólo hay un pueblo así que, o nos vemos en el pueblo, o en el camino. Ellos siguen su camino. Yo sigo el mio. Aún no hemos llegado a la bifurcación que nos separa pero no creo que los vuelva a ver hoy.

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A la media hora paro en un bar. Llevo una hora y media andando y estoy hambriento. Es el último pueblo antes de la bifurcación. Seguro que no los veo más hasta mañana. Espero que su camino acabe bien. Termino de tomar algo y vuelvo a andar. Llego a la bifurcación y allí hay dos peregrinos parados. Los miro bien. Son ellos. No pueden hacerme esto. Se han parado para despedirse hasta mañana. Es algo que no me esperaba. Han tenido un gesto que les honra. Me despido como puedo de ellos. Me emociono. No es para menos. Han compartido bastante camino conmigo y ahora ya no estoy tan seguro de que los volveré a ver mañana. Habría sido una pasada terminar el camino con vosotros. Hoy lo tengo claro pero mi cabezonería es más fuerte. Ayer tomé una decisión y voy a llevarla hasta el final aunque me cueste sudor y lágrimas.

Creo que los tres nos emocionamos. Hemos compartido tantos momentos en el camino. A mi me pasan unos cuantos por la cabeza. El encuentro con Saúl, lo que parecían que eran sus primeras palabras en español. El encuentro con Alessandro en Orisson el primer día del camino. La emoción que me sobrevino en Ponferrada con los dos. Son muchos momentos… todos se agolpan y me hacen avanzar sin querer mirar atrás. Mi destino hoy es Fisterra. Allá vamos. ¡Ánimo! Además, que los voy a ver mañana seguro. Me ánimo como puedo. Mientras me alejo de la bifurcación no termino de comprender por que no sigo a mi corazón y acabo el camino con ellos. No sé, quizás la idea de vivir mi propio camino ha hecho mella en mi y me ha hecho irracional. Lo mejor será seguir caminando. Esta ruta se suponía que era para calmar los sentimientos de Santiago pero la emoción es ahora aún más fuerte.

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Más adelante me encuentro con Daniele, Sarah y Beth que van también a Fisterra. Decido acompañarles. No quiero hacer este último tramo solo. Todos esperamos ver el mar hoy así que cualquier atisbo de agua en el horizonte nos llena de alegría. Los sonidos de admiración que escuchamos no tienen otra explicación. Pasamos por enfrente de una ermita donde decido descansar. No hay nadie así que abro mi mochila y tomo algo de comida que llevo en ella. Justo en ese momento pasa una familia con mochilas pequeñas que decide parar también aquí. Son españoles. Charlamos un rato y yo decido continuar camino. Toco la ermita. Recuerdo a todos los que han hecho este camino antes que yo, a los que ayer tuve presentes y sigo.

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Al subir una cuesta veo a varios peregrinos parados en actitud de meditación. Qué habrá allá arriba. Varios carteles en las piedras avisan de la cercanía a un mirador. Miro a mi alrededor y sólo veo piedras y arboles. Hay que seguir subiendo. Me fijo en la colina y de repente, como de la nada, empiezo a ver como el cielo se convierte en una linea azul a la que no le veo el final. Esto sí… esto sí… Efectivamente, delante de nosotros el océano que a partir de este punto no nos abandona durante todo el trayecto. El océano después de todo el camino. Esto es… muy grande. No tengo palabras para explicarlo.

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A partir de aquí el camino te pasea por pueblos de pescadores. En Cee una señora me ayuda a encontrar un bar barato. Me siento y le dice al camarero que me sirva lo que quiera. Lo cierto es que como algo y no me clavan. Agradezco el trato y sigo camino. Mi destino hoy es Fisterra. En un bar en Corcubión vuelvo a ver a la familia que he visto en la ermita. Todos estamos contentos por ver el océano. Esta tarde, el atardecer, no quiero pensar en ello todavía.

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Paso por Amarela. Decido alejarme un momento de la ruta. Quiero tomar una foto con el cartel del pueblo para una compañera que es cantautora. Sarah y Beth me ven y les explico. No sé por que les parece tan tierno. Bueno, tomo la foto y la mando a un grupo donde está ella. Otro compañero manda la suya de hace un año. Al mirar el móvil veo que unos amigos me están pidiendo que les envié mi ubicación. No terminan de creer que esté terminando el Camino de Santiago. Y lo entiendo, uno de ellos sabe que tuve una pájara entrenando para el Camino.

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Llegando a Fisterra me encuentro una cala preciosa. Hay que desviarse del camino, bajar una colina pero no hay nadie allí abajo. Es genial. Bajo y entre las piedras veo un montón de basura. Una pena que no cuiden esto. Por suerte la arena está limpia y el agua también. El agua del mar al alcance de mis manos. Me han dicho que no meta las botas en agua pero no puedo evitarlo. Pongo un pie en la orilla y bajo mis manos. Mis dedos se sumergen en un mar que llevo ya mucho tiempo sin tocar. La última vez que me bañe en estas aguas fue hace la friolera de ocho años. Aquél día el agua estaba demasiado fría. Aún no me explico como pude hacerlo. Era otra tierra pero el océano era el mismo. Asturias frente a Galicia. Sumerjo mi gorro dentro del agua y me lo pongo. Noto como el agua recorre mi mochila y parte de mi cuerpo. Es una gozada pero sigamos que mi destino está cerca.

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Salgo de la cala subiendo la colina. Tras unos dos minutos vuelvo al camino. Merece la pena por tener un rato de soledad junto al océano. Nunca, en mi vida, había estado solo en una playa. Ha sido una sensación nueva. Me ha dado miedo de bañarme por si me pasaba algo. ¿Después de casi 900 kilómetros? No sé que me podía pasar pero sí que sentí respeto por el mar.

Por un paseo marítimo, por el que voy solo, llego a Fisterra. A mi izquierda una playa. Voy por el paseo ya que las flechas amarillas me han mandado por aquí y no quiero perderme. Después de andar unos tres kilómetros por este paseo llego a la ciudad. Beth sale de un albergue privado y me recomienda quedarme allí. Yo voy al público. Llego al albergue que está pegado a la playa. Lección aprendida. Se puede ir por la playa en vez de por el paseo marítimo. Si vuelvo lo haré por la playa. En el albergue es donde dan la Finisterrana, un diploma acreditativo de que has hecho el recorrido que une Santiago con Fisterra.

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Veo llegar a gente en bici a por la Finisterrana. La chica mira su credencial. Sin sellos doble no hay diploma. Se enfadan pero no hay nada que hacer. Hay un autobús que para en distintos puntos del camino así que una persona puede sellar en esos pueblos sin venir andando y como son solo 90 kilómetros que menos que parar a sellar si vas en bici. Se van indignados diciendo que no ha visto sitios donde conseguir sellos. Yo miro mi credencial publicitaria. Tengo los sellos necesarios. La tipa me mira. Creo que no le hace falta ver la credencial. Voy bastante cansado así que me explica el funcionamiento del albergue, me da la Finisterrana y me deja irme.

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Cuando subo a la habitación, justo al lado mio veo a Daniel, el chico de república dominicana que me crucé llegando a Samos. El camino tiene estos pequeños juegos. Bajo a un bar a comer pero han cerrado ya la cocina. Me ofrecen un bocadillo. Ni me lo pienso. Dame un bocadillo claro. Tras mucho negociar llegamos a un acuerdo y me lo dan. Al entrar al baño vuelvo a tener la sensación de que he estado allí antes. Joder. Ya me ha pasado dos veces en este tramo. No hago caso. Como tranquilamente.

A la salida del restaurante veo a la familia que ahora sí, está contenta por haber conseguido llegar a Fisterra, aunque sea con mochila pequeña. El padre sabe lo que es llegar con mochila grande pero es consciente de que con los peques eso es imposible. Me quito el sombrero y ya tengo claro que nunca volveré a ver a los turigrinos de la misma forma. El tipo de México que me encontré los primeros días ya me lo explico pero se me había olvidado. Hay gente que hace el camino con mochila pequeña por elección. Otros lo hacen así por que es la única forma en que pueden hacerlo. Esta es la realidad de algunos turigrinos que, de esta forma, se convierten en peregrinos.

Después de comer subo a descansar al albergue. A la hora del atardecer todos subiremos al faro. Veo a gente ir antes pero yo lo tengo claro. Hoy no me muevo hasta que llegue el momento de subir. La gente no sabe si subir con mochila o sin nada. Yo decido subir con mi mochila, sin saco pero con la mochila. Es casi mi ultimo día, mi compromiso era andar todo el camino con la mochila a cuestas, no voy a romperlo ahora.

Lavo mi ropa y duermo un poco. El faro me espera al levantarme. De camino encuentro un supermercado. El sitio es genial para la gente a la que se le olvida comprar algo para subir al faro. Y digo subir por que lo que nos separa del faro es eso, una subida. Me encuentro con unos españoles a los que acompaño durante un tiempo hasta que decido que quiero llegar solo.¿Sabes? He vuelto a ver al peregrino que va con traje y maleta. Ha llegado hasta aquí. Lo saludo y me responde al saludo. Debo sonarle de algo… no creo que sepa quién soy. Se habrá cruzado con tanta gente…

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Llego al faro. Lo primero que veo son unos puestos de recuerdos y un gran restaurante. Mi objetivo está un poco más adelante. Veo a turistas que se confunden con los peregrinos. Sólo la ropa ya te hace ver quien ha venido de turista y quién no. En un lugar veo una cruz y cerca una hoguera. No te lo he dicho antes pero haciendo el camino se me rompió una pulsera. La he llevado todo el camino en la mochila y esta pulsera es la que hoy arrojaré al fuego. Tomo las mismas fotos que cuando dejé la piedra en la cruz de Ferro. No quiero olvidar este momento. La pulsera es consumida por las llamas. Yo me alejo de ese lugar. Me retiro a observar el atardecer.

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Cuando encuentro un sitio cierro los ojos y empiezo a escuchar a un grupo de gente gritando. No, este no es el sitio donde quiero acabar mi camino. Me cambio de sitio y ahora sí. El atardecer cambia el color del cielo. El sol se refleja en el agua formando lo que me parece la cabeza de una gran flecha amarilla que apunta hacia lo que, visto desde aquí, parece el final del mundo. Vuelvo a recordar a todos los peregrinos que han hecho conmigo el camino, todas las despedidas. Vuelvo a dar las gracias por poder haber vivido esta experiencia. Me doy la vuelta y alrededor sólo veo gente muy emocionada con el momento que estamos viviendo. No hay otro atardecer igual en todo el camino. No hay otro lugar donde acabar el camino. Ahora, tarde quizás, lo tengo claro. Este momento es el final del camino.

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Cuando Alessandro y Saúl preguntan que tal es Fisterra pienso mucho si contarles la verdad o no. Les digo que es espectacular pero que dejen atrás todo lo que han podido leer acerca de ese momento y se dejen llevar. Es la mejor recomendación que les puedo dar para que vivan ese momento.

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Bajamos del faro. Me encuentro con Daniel que va hablando con otros peregrinos. Está oscuro pero veo como algunos andan por una zona donde podrías desaparecer sin más rastro que tu última pisada. A la subida ya se veía poco. La bajada es a oscuras. Enchufamos nuestros frontales. Cuando llegamos al supermercado compro algo para la etapa de mañana. Daniel compra algo para el viaje. Ya se vuelve a su tierra.

Antes de llegar al albergue, en uno de los restaurante, veo a la pareja de Nueva Zelanda. Los saludo. Están más que contentos. En la mesa hay una pequeña caja. ¿Un anillo? Eso parece. Les pregunto con un gesto y sus miradas lo dicen todo. Enhorabuena muchachos. La verdad es que si han podido superar el Camino de Santiago hasta Fisterra y todo un año de viaje por el mundo… seguro que les va todo genial.

Cuando llego al albergue y voy a meterme en la cama me doy cuenta de que no he cenado. Salgo de allí. Me voy a un restaurante cercano. Veo al fotógrafo de Hontanas y al italiano alto que conocí anoche. Parece que ya han cenado así que los dejo solos y me voy a una mesa aparte.

Después de cenar me doy una vuelta por el pueblo, veo el puerto. Me da por pensar… ¿Cómo hubiera sido el momento del atardecer con Saúl, Alessandro, Mauro y quien sabe quién más? Por que no te lo he dicho todavía pero Mauro hoy no está aquí. Finalmente decidió acabar el camino con Alessandro y Saúl.

Me voy a dormir. Mañana me espera Muxía…

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Día 33: De Negreira a Olveiroa

6 de octubre de 2013

Hola

Mañana me toca despedirme de Alessandro y Saúl. De Mauro quizás también pero bueno, él saldrá bien temprano así que no hay forma de despedirse. Te cuento.

La etapa de hoy ha sido un poco más larga que la de ayer. Once kilómetros más. Treinta y tres. Ya se nota que vamos todos más relajados. Mi mirada sólo ve a los peregrinos que conozco de antes.

A primera hora una persona me ha preguntado si había visto una camiseta suya. Perder algo en el camino es una jodienda. Menos mal que yo no colgué nada fuera por que se ve que alguien ha recogido su ropa mal. Te lo dije ayer. Hay mucha gente para la que su primer día de camino fue ayer. El epilogo atrae también a muchos peregrinos. De los que nos conocimos en Saint Jean quedamos pocos. La llegada a Santiago de Compostela te da la sensación de que ya has completado tu camino.

La salida del pueblo hoy es confusa así que espero que Mauro, que ha salido de noche, no se pierda. Tras saludar a algunos peregrinos que están en mi albergue, me voy al bar donde había quedado con Saúl y Alessandro. Enfrente veo como un frutero descarga la mercancía que durante el día venderá, tanto a la gente del pueblo como a los peregrinos. Comentamos la niebla. No es habitual que haya tanta. Se puede andar pero con cuidado de no perderse las señales. ¿Tendrá problemas Mauro? En mi espera veo a dos personas de origen africano. Van con mantas donde supongo que llevan lo que van a intentar vender hoy. Se despiertan bien temprano para tomar el desayuno juntos y luego ir a vender lo que puedan. Es su día a día. Cuando por fin abren el bar entramos todos. Saúl y Alessandro llegan unos minutos después con cara de no haber dormido nada.

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– Joder tío. De la que te has librado.

– ¿Qué os ha pasado?

– La cosa es que nos dimos cuenta pero estábamos cansados y entramos. Todo el mundo dormía en la misma habitación. Había un roncador profesional que era imposible dormir y fuera una pareja dándolo todo.

– Concierto a tres voces entonces.

– Sí.

Se sonríen. El sentido del humor les cambia el rostro pero siguen cansados. Me vuelvo a fijar en la pareja que lleva sus bolsas para vender. Su conversación no es muy distinta de la nuestra. No sé como viven, ni dónde. No sé nada de ellos. Lo que tengo claro es que veo dos personas que madrugan más de la cuenta para sacarse algo de dinero al final del día. Algo no muy distinto a lo que nos pasa a la gran mayoría cuando trabajamos.

Pagamos y salimos de allí. Delante nuestro una ciudad fantasmagórica muy distinta a la que vimos ayer. La niebla lo cubre todo. Nos miramos como pensando “Estamos locos”. Empezamos a andar. Yo me sé el camino de salida así que los guío como puedo. Salvados de perderse en varios momentos me agradecen que los guié. No hay de que. Llegamos al albergue. A partir de aquí todos atentos que yo no me sé el camino. He podido dormir más que ellos así que los sigo guiando hasta que la niebla desaparece. Por fin amanece.

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En este momento, alcanzamos a Daniele, Sarah y Beth, se ve que han salido al mismo tiempo que nosotros pero desde el albergue publico lo que les da una ventaja geográfica. El albergue estaba a un kilómetro y medio del bar donde hemos desayunado. Todo el mundo lleva la mochila cubierta con plásticos. Aquí la lluvia no avisa aunque de momento el tiempo nos está respetando.

La ruta de hoy es muy bonita y la niebla que todavía persiste muy local la hace encantadora. Miro a mi derecha y veo como una nube está posada sobre la hierba. Me recuerda a los videojuegos a los que jugaba en aquella Nintendo de 8 bits. Dan ganas de ir a tocarla pero está muy lejos y con treinta y tres kilómetros por delante no estoy para bromas.

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Seguimos nuestro camino juntos hasta que en un momento dado me doy cuenta de que estoy apretando más de lo debido y vuelvo a desearles buen camino.

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Paro en uno de los bares que me encuentro. Allí están Alessandro y Saúl tomando un señor bocata con uno de los peregrinos que he conocido esta mañana. Los saludo y paso a pedirme otro bocata.

– No nos quedan.

No puede ser, han acabado ya con las existencias de pan de este bar. Sin duda el camino es un gran negocio para algunos. La persona que hay tras la barra, amable, me ofrece una solución. Podemos hacerte un sándwich con lo que quieras. Termino comiendo uno doble con jamón york y chorizo. Compro una botella de litro y medio de agua fresca para rellenar la que tengo en la mochila. Para comer me salgo fuera a una de las sillas de plástico. Ya me puedo sentar. Después de varios días por fin empiezo a ver la luz al final del túnel, aún persistía el recuerdo de lo que me paso en Ribadiso da Baixo.

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A la salida veo a un italiano que recuerdo haber visto antes en Villafranca del Bierzo. En aquella ocasión me pareció una persona arisca. Hoy lo veo con otros ojos. Al parecer tiene una pequeña molestia en el gemelo que le impide avanzar todo lo rápido que puede. Ya no tengo dudas, voy a un ritmo más parecido al que llevan los lesionados. Me acompaña hasta el final de etapa donde los dos intentamos pillar plaza en el albergue público.

Entramos en Olveiroa. Un gran albergue que más pareciera un hotel se presenta ante nosotros. Nos salen a recibir Daniele, Sarah y Beth. Nos dicen que está genial y que hay plazas. Pero no es el publico. Seguimos caminando un poco más y siguiendo las indicaciones encontramos una serie de edificios dispersos. La hospitalera no está así que los peregrinos andan organizándose como pueden. Al parecer, después de mucho preguntar y mirar, sólo quedan plazas en una especie de establo. Dos o tres plazas. Somos dos. Nos sobra.

Mi compañero, más bajo que yo entra en la habitación, sin baño ni ducha, que se encuentra tras unas grandes escaleras. Yo intento pasar por la puerta pero mide lo justo para que me de con el marco sin darme cuenta. O paso con cuidado o me voy a dar más de una vez. Esto cansado. Me voy a la ducha. Pero… ¿Dónde?. Pregunto a algún peregrino y me indican. Hay duchas tanto en el módulo de enfrente (para minusválidos) como en el del lado que es el que más pinta de albergue tiene. Nada, me voy al de enfrente que tampoco quiero andar mucho así. Como no podía ser de otra forma, en la puerta, hay cola. Tardo así como media hora en entrar a ducharme. Por suerte hace un día soleado.

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Al salir veo a Saúl, Alessandro y Mauro. Están en el módulo que más se parece a un albergue. O han llegado muy temprano o tienen mucha suerte. Lavo mi ropa, la tiendo y vuelvo a dejar mis cosas en la habitación. Al pasar por la puerta vuelvo a darme con el marco. Efectivamente, lo que te decía, o llevo cuidado o me la voy a pegar siempre. Dentro, en una de las camas, una pareja parece jugar al escondite. Sí, ya sé que no hay forma de esconderse en una cama. Cuando escuchan mis pasos dejan de jugar al pille, pille. Los saludo como diciendo… ya, ya. Para muchos mañana es el final del camino. El final, final. No más días andando… vuelta a casa. Para mi no. Haga lo que haga a mi me queda un día más de camino.

Bueno, toca tomar algo por la tarde, una tapa aunque sea. Bajo a un bar que hay al final del pueblo y pido una cerveza con lo que ellos quieran ponerme. En el bar vuelvo a ver a peregrinos que he conocido esta mañana. En mi teléfono un mensaje que dice que nos vemos para cenar. Así será. Mientras me tomo la cerveza veo llegar a un grupo de gente. Están pasando el fin de semana aquí. Tienen una casa de campo en el pueblo. Vienen de hacer una ruta en bicicleta de montaña y están tomándose la última cerveza antes de volver a su lugar de origen. Tienen que venir mucho por aquí ya que tienen bastante confianza con el camarero que nos atiende. Aprovecho para preguntarle cual creen que es la variante más bonita. La que va directamente a Fisterra o la que pasa por Muxía. Lo tienen claro. El camino a Fisterra desde aquí no tiene comparación. Esta declaración es la que hace, finalmente, que me decida por ir mañana a Fisterra. El hecho de ser el camino que han hecho José, Aitor u otras personas a la que conozco también influye mucho. Quiero caminar por donde ellos han caminado y ver lo que ellos vieron.

Cuando termino de tomar mi cerveza me doy una vuelta rápida por el pueblo. Lo más curioso que veo son corrales con animales. No me entretengo mucho. Tengo que pagar el albergue. Seguro que ya ha llegado alguien para cobrarme. Pero no, todavía no hay nadie para cobrarme. En su lugar, sentado en uno de los bancos, un peregrino confecciona miniaturas de madera. Son botas del camino. Las vende y con eso tiene para vivir. Me enseña un recorte de un periódico donde aparece él con sus botas y una reclamación. Quiere que se protejan los árboles centenarios o milenarios de toda España. En todas sus botas mete un trozo de madera de uno de estos árboles que fue cortado hace años y por el que comenzó su lucha. Si quiero encontrarlo de nuevo tendré que ir a Jaca. En una de las plazas podré encontrarlo haciendo sus botas del camino.

Por fin llega la hospitalera. Entramos todos a pagar. Y ahora, a cenar al bar donde esta tarde he tomado una tapa. A la mesa cinco italianos y un español. Son mayoría. Intentaré pillar de lo que hablan pero no las tengo todas conmigo. A estas alturas creo que puedo pillar el hilo de la conversación y algún chascarrillo. Me llama la atención que los dos italianos que se nos han juntado son el tipo alto que tomaba el bocata con Saúl y Alessandro hoy y el que me pregunto esta mañana por su ropa. Estos dos dicen que van mañana a Fisterra. El de la ropa asegura que va a hacer el camino de la costa da morte. Al parecer no es la primera vez que hace el camino y esta vez no lo hizo desde Saint Jean o Roncesvalles. Le queda mono y quiere llegar hasta La Coruña. Mis dos últimas etapas de este camino, la de mañana a Fisterra y la de pasado a Muxía coinciden con su idea.

Aún así, se me hace cuesta arriba tomar la decisión. A Mauro, que más o menos tenía claro que quería hacer lo mismo que yo también le cuesta tomar la decisión. Por la noche, mientras Alessandro y Saúl ven un partido de fútbol, me confiesa que no lo tiene claro. Que yo haga lo que quiera pero que él, mañana, decidirá si va a Muxía con Saúl y Alessandro o a Fisterra. Hoy le ha visto gran sentido a eso de acabar en Fisterra. Además, Saúl y Alessandro han aparecido en momentos tan claves en su camino que le gustaría acabar la experiencia con ellos. Yo ya tengo claro lo que va a hacer. Es posible que él ahora mismo también lo tenga claro. Aún así, no me despido ya que queda la posibilidad de que nos veamos mañana en Fisterra. Mínima, pero ahí está.

Acaba el partido de fútbol que hemos ido a ver al albergue de la entrada. Saúl y Alessandro llegan al albergue donde les espera la hospitalera con cara de pocos amigos. Deberían haber pagado esta tarde pero se les paso. Les cae una bronca. En realidad ella tampoco ha estado allí todo el día. Es domingo y la vida para ella no está parada… eso es verdad.

Me despido de estos hasta mañana. Saúl, Alessandro y yo hemos vuelto a quedar para desayunar juntos y empezar a caminar juntos. Mañana me tocará despedirme de ellos. Pero por lo menos ahora sé quien me va a acompañar en Fisterra.

Ya estoy en la cama. Por primera vez en todo el día, no me he dado con la puerta en la cabeza. Al final me voy a encariñar de este lugar. ¿Sabes? Estoy escuchando un zumbido muy cerca de mi cara. Espero que no sea un mosquito.

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