Días 36: El viaje de vuelta a casa

10 de octubre de 2013

Ayer no te escribí, prefería escribirte ya desde mi casa. No me lo termino de creer todavía. Hace poco más de 24 horas estaba en Muxía. Te cuento.

Me levanté justo antes de que el hospitalero subiera a pedirnos que nos fueramos. Eran casi las 8 de la mañana. Ahí está Juanfran, recién levantado también. Cojo mi mochila y los dos vamos fuera. El día anterior no había hecho el recorrido hasta el monasterio con la mochila. Desayunamos en un bar cercano al albergue. La persona que nos atiende no puede creer que Juanfran y yo seamos del mismo pueblo. Yo tengo un acento demasiado marcado que ya no intento disimular como días atrás. Con la broma salimos del bar y nos dirigimos hacía el monasterio. Los dos a pie, los dos con mochila. Yo a recorrer mis últimos metros con mochila. Puro romanticismo. Yo diría que vicio de andar con mochila. Juanfran empezando a caminar hacia un atardecer que seguro que guardará por bastante tiempo en el recuerdo.

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Una vez allí nos encontramos con Francesco. Francesco y yo nos despedimos de Juanfran. “Buen camino”. El mar está más calmado que ayer por la tarde. Un lugareño me advierte, cuando aún estoy en el monasterio que no me acerque mucho al mar. Dos rocas o tres como mucho. La distancia al mar aquí se mide por rocas. Francesco está en la tercera roca y desde allí me pide que le tome una foto de final de camino. Es un auténtico honor. Hace tiempo que no cojo una cámara pensando en retratar momentos inolvidables de otras personas.

Antes de irme de allí toco la roca de aquel monasterio y me despido de este pequeño tramo del camino. En una de las playas, Francesco y yo, encontramos a los valencianos con los que cené anoche. Hoy van a tomar el mismo autobús que nosotros. Nos acompañan varias aves. Cuando llegaba a Fisterra vi a varias pero ahora las tenía justo al lado. Ellas están más pendientes de su día a día que de nosotros. La verdad es que me dan respeto por que pasan por encima de nuestras cabezas. Y no, no saben lo que es un inodoro. Con mucha educación me despido de la gente a la que acompaño para ir a un supermercado a comprar algo para el viaje de vuelta.

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Justo enfrente del supermercado hay una exposición dedicada al desastre del Prestige. Un petrolero que se partió en medio del mar dejando escapar la sustancia que transportaba. Ese petróleo llego a las playas de la Costa da Morte de las que Muxía y Fisterra son parte. Mucha gente se volcó a ayudar en la retirada de residuos. Cuando las condiciones de trabajo de los voluntarios se conocieron el gobierno decidió mandar al ejercito para que se hiciera cargo de la limpieza de las playas. En ese momento seguía llegando gente para trabajar de voluntario pero, según entendí en su momento, el ejercito no les dejaba pasar. El petroleo es una sustancia que hay que trabajar con las medidas de protección adecuadas.

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Tenía que hacer tiempo y gastarse todo el dinero en un bar no era la solución. Decidí ir de nuevo al albergue para explorar por libre la parte de atrás del mismo. Rodeado de hierba con casas destruidas por el tiempo es una gozada dar una vuelta por allí. Sin señal de prohibido el paso me he movido con cuidado por la zona y he disfrutado de un momento de soledad mientras observaba el pueblo que ha sido para mi, por esta vez, el final de mi camino.

Cuando quedaban apenas dos horas para que llegara el autobús he bajado al pueblo para buscar un bar y la zona donde se tomaba el bus. Después de preguntar a varias personas resulta que el autobus para justo enfrente del bar donde comí ayer. Antes de ir a ese bar visito algún otro para tomar unas claras con la tapa que ellos decidan. Una media hora antes de que nos recojan vuelvo al bar donde comí ayer y me pido una clara. Ya he comido y supongo que aquí no ponen tapa dados los precios de los platos. Mi sorpresa es mayúscula cuando el camarero, que parece reconocerme de ayer, me pone una tapa. Un bocado para terminar de comer. De repente veo acercarse, por el paseo marítimo, a Cristina, Righi, Roberto… Al parecer vienen de Fisterra. Este último tramo, de Fisterra a Muxía lo han hecho en autobús. Me alegra verlos. Es una de las extrañas coincidencias que suceden en el camino. Vuelve también Francesco.

Ya con todo el mundo allí llega el autobús que nos devuelve a Santiago de Compostela. En el recorrido vuelvo a ver algunos pueblos por los que he caminado estos cuatro días. Se me hace muy raro. Incluso, cuando pasamos por Negreira, con su vestido azul inconfundible, me parece ver a una de las primeras peregrinas que conocí. Una peregrina a la que conocí en aquella cena interminable con Mike y Alexander en Puente La Reina. Es Maggie… Seguro que es ella.

Una vez llegamos a Santiago hay varias posibilidades. O bajas para ir directo a la estación de tren, lo cual no me parece adecuado, o bajo en la propia estación de autobuses. Muchos peregrinos deciden bajar en la primera parada. Me despido de ellos. La parada de la estación de autobuses te “obliga” a atravesar todo el pueblo para llegar a la estación de trenes pero tengo tiempo de sobra para ello. No te lo he dicho todavía. El billete lo compré uno de los días que pasé en Santiago. El segundo día para más detalles. Después de saber que podría llegar a Fisterra si el tiempo acompañaba.

Una vez en la estación me despido de todos los italianos que me han acompañado en el camino. Del último que me despido es de Francesco. Le deseo lo mejor en su vida. Le seguiré la pista. Es un tipo genial. Son geniales todos y todas la verdad. El camino ha puesto a gente increíble a mi paso. Algo me dice que esta sensación la tienen todos los peregrinos. No me creo que una persona sea capaz de hacer el camino sin encontrar a gente con la que conecta de una manera especial.

Llegando al centro de Santiago bajo por una calle y justo en la acera de al lado… no me lo puedo creer. Es nuestro compañero danés del primer día en Saint Jean Pied de Port. Delante de mí está Kasper. Al lado suyo dos compañeras de Alemania con las que lo vi alguna vez. Se ve que han acabado el camino juntos. Han ido a Fisterra. Es más, lo hacía allí. Esto es muy grande. Informo a mis compañeros de camino. Me hace falta una foto… no creo que sean capaces de creerlo sin pruebas. Después de reirnos, Kasper y yo, de la coincidencia lo dejo seguir hacía donde iba.

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Yo voy directamente al centro de Santiago a comprar recuerdos para mi familia y amigos. Entro en una de las tiendas que rodean a la catedral. La persona que me atiende me pregunta si he hecho el camino completo.

– ¿Cómo? Bueno, he ido de Saint Jean Pied de Port a Muxía. Si eso es hacer el camino completo, sí, lo he hecho completo.

Tras hablar un rato me comenta que aunque no compre nada tiene un detalle para mi. Allí compro la mayoría de recuerdos que voy a repartir entre mis compañeros. El tipo de la tienda me lo envuelve todo y se va a una especie de apartado de la tienda.

– Mira, esto es algo que sólo tienen los que hacen el camino completo. Agáchate que te lo ponga.

Me agacho y me cuelga una medalla gigante al cuello. En ella se ve al Apostol Santiago. Es un buen detalle. Ya soy oficialmente un peregrino de Saint Jean Pied de Port (aunque nunca dejaré de ser un peregrino de Sarria).

Con todas las bolsas de camisetas y recuerdos de esta aventura me encamino a uno de los restaurantes donde estuvimos aquel día que abandoné Santiago. Es temprano así que hay mesas disponibles.

– Mesa para uno por favor.

– Sí, siéntese ahí y enseguida le atendemos.

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Es la soledad del viajero. En algún momento quién sale solo a hacer la aventura se enfrenta a momentos de soledad. Cuando ya llevo un rato cenando veo como una chica joven pregunta en un tímido español por un sitio para cenar. También va sola pero sus vestimentas no son de peregrina. Se sienta a mi lado, en otra mesa. Deben ser mesas para dos aunque no son muy grandes. Decido hablar con ella en mi tímido inglés y me cuenta qué hace allí. Crea enlaces entre universidades para que los alumnos puedan disfrutar de un año estudiando fuera. Le digo que no lo piense y elabore un informe positivo. Santiago de Compostela es una ciudad donde un estudiante tiene opciones de ocio todos los días y se respira cultura por cada pequeño callejón. Mi experiencia es que se lo van a pasar de lujo allí. Su trabajo es sobre todo de papeleo así que cenará y seguirá completando informes para la reunión de mañana. No tiene pensado probar la vida nocturna de la ciudad. Mi tren sale dentro de una hora. Le deseo una buena estancia. Pago mi cena y salgo de allí.

Busco un sitio para ver el atardecer desde la Plaza del Obradoiro. Último atardecer. Un atardecer desde Santiago. Cuando termina veo que mucha gente me mira extrañada. Es la magia del camino. Sólo uno entiende lo que hace. Espero a que se haga de noche en esa plaza. Cuando veo a la catedral totalmente iluminada. Me pongo en el centro de la catedral. Dejo los recuerdos en el suelo. Me arrodillo. Mi mano sobre aquella concha. Mi cabeza agachada. La gente que he conocido en este viaje pasa por mi cabeza. El agradecimiento por la experiencia vivida. No termino de saber a quién o a qué agradezco el estar aquí en este momento. Por delante de mi está todo el camino recorrido hasta Santiago de Compostela. Por detrás todo el camino recorrido para llegar a Muxía. Gracias.

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Me levanto y me dirijo a la Estación de tren. Cuando llego voy directo al baño. Dentro del baño, como ya hiciera en mi anterior camino me limpio como puedo. La gente que entra al baño en ese momento no se extraña. Yo tengo que hacer esto por que tengo pillado un vagón cama y no me quiero sentir incómodo.

Ya en el tren no conozco a nadie. La vuelta ha comenzado. Ahora sí. No me ha dado tiempo ni de darme cuenta de que esta aventura ha llegado a su fin. Mi cama me espera. Desde ella veo el amanecer antes de llegar a Madrid. Esta ciudad es la primera parada de mi viaje. Me hago cargo de que he vuelto a la civilización. Delante de mi una chica con el pelo azul y vestida con mezcla de varios estilos me recuerda donde estoy. Ella seguro que se siente especial y única. No sé dónde perdió la enseñanza de que lo que hace única a una persona no es la vestimenta sino el hecho de ser humana. Le regalaría El Principito pero no estoy seguro de que logre entender que el consumo no nos hace únicos, no estoy seguro de que acabe vestida como su protagonista para marcar su propio estilo.

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Después de tomar algo de comida en Chamartin me dirijo al tren que me dejará en Murcia. Es el último tren que tomaré hoy. Es el tren que me llevará a mi casa. Es el final de mi camino. Volver a ver a mis padres, a mi sobrino, a mi hermano, a mis amigos, a mis amigas… es todo eso. Y sobre todo, aunque me suene extraño, es volver a ver mi tierra. Y así ocurre… por la ventana de ese tren, por primera vez en mi vida, y mira que lo he tomado veces, veo mi pueblo.

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Una vez en la estación, mi padre me espera en el andén. Se me hace raro. La última vez que hice el camino no vino nadie a por mi. Caminando por la ciudad me desplacé hasta el autobús que me dejó en mi casa. Pasando por la parte baja de la estación noto revuelo a mi alrededor. Al mirar hacía atrás veo a una persona famosa. Mi padre me comenta que hoy esta persona tiene un acto en mi pueblo.

En ese coche, que es el mío, conducido por mi padre, de vuelta a mi casa, me doy cuenta de que he vuelto a mi casa. Los días del camino siguen resonando en mi cabeza con fuerza. Ahora mismo me encuentro desorientado. Quizá sea que ya me tengo que despedir del acompañamiento que me han dado tus páginas. Gracias, Diario de camino, por dejarme reflexionar y vivir de manera más profunda esta experiencia. Gracias por aquellos momentos en los que has escuchado mis quejidos. Por los momentos en que me reía de cosas sin sentido. Por esos momentos en los que no sabía que hacía en el camino. Por grabar con fuego cada día. Todavía recuerdo aquel momento en que me encontré con Alexander y con Kasper en la estación de autobuses de Pamplona. Has sido parte de mi camino. Me has ayudado a aprender de él. Espero volver a verte en la siguiente aventura en la que me embarque.

Gracias por todo y hasta pronto.

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Un comentario en “Días 36: El viaje de vuelta a casa

  1. Felicidades,

    Una gran aventura y un fascinante relato que no he podido parar de leer y donde se aprecia el cambio que has hecho desde los primeros días hasta lamvuelta a casa.

    Un abrazo y buen camino.

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