Día 35: De Fisterra a Muxía

8 de octubre de 2013

¡Hola!

Hoy sí que sí. Hoy llegó el final de mi camino. Mañana llegaré a Santiago de Compostela y volveré en tren a Murcia. Se me hace muy raro. No quiero que se acabe esta etapa de menos de 28 kilómetros.

Hoy he vuelto a cruzarme, al final del día, con el peregrino que va a La Coruña y me ha invitado a seguirlo. ¡Qué va! Voy a echar de menos andar todos los días por los paisajes que he recorrido pero esta aventura tiene que llegar a su fin. Como le siga soy capaz de hacer el retorno. Te cuento mi último día.

Esta mañana cuando me he levantado he visto a Daniel esperando al autobús. Le he dado mi dirección de correo electrónico y él a mi la suya. Seguiremos en comunicación. Me gustará saber como le trata la vida. Seguro que bien. Después de esto he ido a buscar un bar donde desayunar. Se me ha hecho raro pensar que era el último día que iba a andar en el camino. La persona con la que estaba, en el bar, era de Galicia. Le pasaba como a muchos peregrinos. Nunca había pensado que Fisterra fuera el final del Camino. Cuando él llegó a Santiago de Compostela tuvo claro que el final estaba allí. Hasta ayer. Recomendará a todos sus conocidos seguir hasta Fisterra. Ese atardecer todavía resuena en nuestra memoria. Fue mágico.

Me despido de él y lo dejo esperando el autobús. Vamos a caminar. Hoy llegaré a Muxía y podré cerrar un circulo que se abrió antes de llegar a Burgos. Y de esta forma, cerraré mi camino. ¿Flechas? ¿Dónde están las flechas? Ha sido una de las peores salidas de un pueblo que recuerdo. En uno de los cruces me he encontrado con Francesco. Ayer no lo vi. Habrá disfrutado del atardecer desde otro lado.

Después de perdernos un par de veces le preguntamos a una señora mayor. Nos indica y la nos ha gastado una broma pero ya estamos en el camino y empezamos a ver flechas. Por fin. Una de las personas a las que hemos preguntado nos ha contado que el monte por el que estaba saliendo el sol en ese momento era considerado tierra de dioses en Fisterra. Está amaneciendo. La belleza de aquel lugar hace que comprenda como pueden pensar en un Olimpo en la tierra.

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Francesco y yo seguimos ya por un camino muy bien marcado. De repente noto el cansancio y decido dejarlo ir. No puedo ir a su velocidad y no me pienso romper el último día. En algunos tramos ayudo a los peregrinos a retomar el camino. La señalización está un poco oculta y hay que dar algunos giros. No me quiero perder. Hoy debería cruzarme con Alessandro, Saúl y Mauro y ya despedirme de todos del todo. Soy consciente de que vamos a pasar una larga temporada sin vernos.

Las señales de hoy son bastante curiosas. En todas las bifurcaciones aparece una flecha apuntando a Muxía y otra a Fisterra. Se señalan con una M y con una F. La primera la vimos ayer. Donde me despedí de Alessandro y Saúl por primera vez. Tras 13 kilómetros sin pueblo llego al pueblo intermedio. En el primer sitio que veo que dan sellos tomo mi credencial de turismo y la sello para que no haya problemas con la Muxiana. Continúo hasta el bar donde veo a Francesco tomando algo. Está terminando de comer. Pido mi comida mirando siempre el camino por el que he venido por si veo a estos. No hay rastro. Pago y me voy.

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Cuando estoy llegando a la salida del pueblo veo llegar a Mauro. Detrás de él reaparecen Saúl y Alessandro. Les cuento como he vivido el momento de Fisterra y les deseo lo mejor. Un abrazo final y personal a cada uno de ellos cierra nuestro cruce de caminos. Una despedida que no me permite articular palabra. Ni yo, ni ellos pueden decir nada. Y sin decir nada, se dice todo. Muchas gracias por vuestra compañía en momentos que no olvidaré del camino. Gracias.

Me giro, con los ojos derramando lágrimas y de camino a Muxía. Se me pasará. No es la primera vez que una despedida se me agarra de esta forma. Es lo más duro del camino. Ya no tengo dudas. Ni las subidas, ni el viento, ni la fiebre… lo que realmente te deja tocado es despedirte de la gente que te ha acompañado en el camino.

Sigo mi camino. Muxía me espera. Tras unos catorce kilómetros más vuelvo a ver el mar a lo lejos. Necesitaba esa imagen. Me repara del momento pasado hace no más de unas horas. Llego a Muxía. A mi izquierda una playa por la que ahora mismo no vamos a caminar.

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Todos los peregrinos con los que voy se dirigen directamente al albergue publico. Delante de mi un peregrino peculiar con mochila rectangular con pinta de no ser nueva y muchos símbolos del camino. Al llegar al albergue veo una foto suya en donde toman nota. Al parecer no es la primera vez que hace el camino y no será la última. Se ha hecho todos los caminos que hay y es famoso en Italia por ello. Menudo personaje. La verdad es que me recuerda a alguien de los Monty Python. Pero no sé decirte ahora mismo a cual de ellos. Vive el camino con mucha alegría. El albergue de Muxía parece nuevo. Tiene la misma pinta que el de Os Chacotes. Dejo mis cosas, me ducho, limpio algo de ropa y me voy a ver el pueblo.

Pregunto por un buen sitio para comer una mariscada. Me recomiendan que vaya al mejor restaurante de Muxía. Hoy ya me da igual todo. Es mi último día. Entro allí y pido dos platos. Me da igual todo pero la mariscada se me hace inalcanzable. Voy a darme un lujo pero no quiero quedarme sin dinero para el resto del día. El camamero, al terminar de comer, me indica donde está el monasterio de la Virxe da Barca y donde puedo conseguir la Muxiana.

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Doy una vuelta por el pueblo, visito el monasterio donde vuelvo a ver turistas mezclados con peregrinos. Decido volver luego, al atardecer a cumplir mi palabra con Alexander. Habrá menos turistas y no será tan raro. A la vuelta paso por la oficina de turismo donde dan la Muxíana. Allí varios peregrinos están pidiendo lo que yo voy a tener en mis manos en breve. Me preguntan el nombre y allí queda grabado.

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Ya en el albergue descanso un rato en recepción mientras cargo mi móvil. En estas estoy cuando de repente miro al mostrador y veo llegar a un peregrino, es muy tarde ya. ¿Quién llegará tan tarde? Se da la vuelta. No puede ser. Sigo a lo mio. No puede ser. Él también está pensando lo mismo pero lo hace. Dice mi nombre.

– No puede ser… ¿Qué haces tu aquí?

Se trata de un compañero de mi pueblo que al parecer está haciendo el Camino de Oporto. Qué coincidencia. Creemos estar conectados en facebook pero nos leemos a través de un grupo. Entramos en los perfiles y vemos nuestras aventuras. Los dos nos reímos pero él acaba de llegar.

– Anda, tira a la ducha y ahora hablamos para ir a ver el atardecer al monasterio. Nos vemos ahora.

Esto es el camino. El último día, sin esperarlo… me encuentro con alguien de mi pueblo. Estoy sorprendido. Es un buen final para mi camino… un final gracioso por lo menos. Mi compañero acaba mañana el camino. Cuando ya está listo vamos al monasterio juntos. Yo le pido un momento y el me lo da. Se va a ver que hay por ahí.

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Una reja impide el paso dentro del monasterio así que paso mi mano y cuando noto la piedra debajo de mis dedos hago la ofrenda que me pidió Alexander. Es mi último paso en el camino. Aquí acaba todo. Desde aquí, mi final de camino, deseo que el suyo sea, al menos, tan especial como ha sido el mío. Vuelvo a agradecer el poder estar allí. Juanfran me espera sentado en una roca. Vamos allá. El atardecer se acerca. Veo al peregrino que va a La Coruña pasando insistentemente por una piedra. Lleva un libro que dice que hay que pasar por debajo de la piedra 9 veces. Y el tipo lo hace como el que deja la piedra en la Cruz de Ferro, el que da un abrazo al santo en Santiago o el que quema algo que ha llevado consigo todo el camino en Fisterra. Nadie más lo hace. Sin duda es un peregrino peculiar. Una vez acabado el paso, exhausto, se sienta en una de las piedras a admirar el atardecer.

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El mar que tenemos delante es más bravo que el de Fisterra. Durante la caída del sol recuerdo a los peregrinos que me han acompañado en esta aventura. A los que están en su casa ahora, a los que siguen de camino, a los que hoy disfrutan de Fisterra. Todos los peregrinos que han pasado por mi camino hoy son parte de este momento. Es mi forma de despedirme de la experiencia.

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Juanfran y yo nos acercamos a comprar algo en un supermercado. Nos metemos por Muxía a buscar un sitio para comprar. Y nos topamos con un cartel donde se puede leer “El Murciano”. Nos partimos de risa, no puede ser. Esto ya es rizar el rizo. Un final de camino absurdo. ¡Qué grande!

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Hay varios supermercados, nos metemos en el primero que vemos. Digamos que la variedad no es su fuerte. Los pillamos flojos de existencias. No sabemos si es por que están cerrándolo o simplemente están a punto de reponer. A la salida nos perdemos intentando llegar al albergue pero Muxía no es muy grande así que al final llegamos a nuestro destino. La cocina del albergue público. Vamos a cenar con lo que hemos comprado y lo que tengamos en la mochila. Al llegar vemos a unas chicas de Alemania y a unos valencianos cenando y nos unimos a ellos. Hemos comprado unas botellas de vino pero sólo cae una. Nos queda una entera que dejamos para los que vengan a Muxía mañana.

Juanfran y yo nos despedimos aunque dice que mañana desayunará conmigo yo no las tengo todas conmigo. No sé cuando me despertaré que mañana no tengo que andar. Mañana simplemente me queda hacer el viaje de vuelta, primero en un autobús y después en dos trenes. No me termino de hacer a la idea de que esto se acaba ya pero hay que volver. Prefiero recordar al sol que vi esconderse por el horizonte mientras mi recuerdo viaja a lo vivido durante estos 35 días. Espero poder dormir.

Hasta mañana compañero.

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