Día 34: De Olveiroa a Fisterra

7 de octubre de 2013

¡Vaya una pasada!

Y yo que pensaba que Santiago de Compostela era el final del camino. Lo de hoy me ha dejado sin palabras. No sé por donde empezar. A partir de hoy los atardeceres tendrán otro significado para mi. Hoy… he visto el mar. Después de 33 días sin rastro de él. Después de los malos días que pase atravesando Castilla y ese secarral interminable. Hoy he vuelto a ver el mar. Sin duda, el recorrido desde Olveiroa a Fisterra es el más espectacular.

Esta mañana, bien temprano, me he despertado. El zumbido de aquel insecto que no logré ver no me ha dejado descansar. Era un mosquito. Me he dado cuenta cuando he ido a lavarme las manos y me he visto la cara. Uno de mis parpados había crecido más de lo adecuado. No podía abrir, apenas, el ojo izquierdo. Es la primera en mi vida que veo un efecto así tras la picadura de un mosquito. Realmente creo que en esa zona no me habían picado nunca.

Los peregrinos que me ven se preocupan por mi estado. No me pica. Siento un poco de dolor pero es soportable. Recojo mis cosas y huyo de ese lugar. No salgo de una y me meto en otra. El ojo ha vuelto a su estado original antes de que acabará el día.

Después de tomar algo en el bar, comenzamos a andar. La niebla vuelve a cubrirlo todo. Tras pasar un puente me doy cuenta de que no puedo seguirles el ritmo y me despido de ellos deseándoles buen camino. Seguramente, mañana, nos volveremos a ver. El camino de Muxía a Fisterra es el mismo que de Fisterra a Muxía. Entre medias sólo hay un pueblo así que, o nos vemos en el pueblo, o en el camino. Ellos siguen su camino. Yo sigo el mio. Aún no hemos llegado a la bifurcación que nos separa pero no creo que los vuelva a ver hoy.

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A la media hora paro en un bar. Llevo una hora y media andando y estoy hambriento. Es el último pueblo antes de la bifurcación. Seguro que no los veo más hasta mañana. Espero que su camino acabe bien. Termino de tomar algo y vuelvo a andar. Llego a la bifurcación y allí hay dos peregrinos parados. Los miro bien. Son ellos. No pueden hacerme esto. Se han parado para despedirse hasta mañana. Es algo que no me esperaba. Han tenido un gesto que les honra. Me despido como puedo de ellos. Me emociono. No es para menos. Han compartido bastante camino conmigo y ahora ya no estoy tan seguro de que los volveré a ver mañana. Habría sido una pasada terminar el camino con vosotros. Hoy lo tengo claro pero mi cabezonería es más fuerte. Ayer tomé una decisión y voy a llevarla hasta el final aunque me cueste sudor y lágrimas.

Creo que los tres nos emocionamos. Hemos compartido tantos momentos en el camino. A mi me pasan unos cuantos por la cabeza. El encuentro con Saúl, lo que parecían que eran sus primeras palabras en español. El encuentro con Alessandro en Orisson el primer día del camino. La emoción que me sobrevino en Ponferrada con los dos. Son muchos momentos… todos se agolpan y me hacen avanzar sin querer mirar atrás. Mi destino hoy es Fisterra. Allá vamos. ¡Ánimo! Además, que los voy a ver mañana seguro. Me ánimo como puedo. Mientras me alejo de la bifurcación no termino de comprender por que no sigo a mi corazón y acabo el camino con ellos. No sé, quizás la idea de vivir mi propio camino ha hecho mella en mi y me ha hecho irracional. Lo mejor será seguir caminando. Esta ruta se suponía que era para calmar los sentimientos de Santiago pero la emoción es ahora aún más fuerte.

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Más adelante me encuentro con Daniele, Sarah y Beth que van también a Fisterra. Decido acompañarles. No quiero hacer este último tramo solo. Todos esperamos ver el mar hoy así que cualquier atisbo de agua en el horizonte nos llena de alegría. Los sonidos de admiración que escuchamos no tienen otra explicación. Pasamos por enfrente de una ermita donde decido descansar. No hay nadie así que abro mi mochila y tomo algo de comida que llevo en ella. Justo en ese momento pasa una familia con mochilas pequeñas que decide parar también aquí. Son españoles. Charlamos un rato y yo decido continuar camino. Toco la ermita. Recuerdo a todos los que han hecho este camino antes que yo, a los que ayer tuve presentes y sigo.

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Al subir una cuesta veo a varios peregrinos parados en actitud de meditación. Qué habrá allá arriba. Varios carteles en las piedras avisan de la cercanía a un mirador. Miro a mi alrededor y sólo veo piedras y arboles. Hay que seguir subiendo. Me fijo en la colina y de repente, como de la nada, empiezo a ver como el cielo se convierte en una linea azul a la que no le veo el final. Esto sí… esto sí… Efectivamente, delante de nosotros el océano que a partir de este punto no nos abandona durante todo el trayecto. El océano después de todo el camino. Esto es… muy grande. No tengo palabras para explicarlo.

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A partir de aquí el camino te pasea por pueblos de pescadores. En Cee una señora me ayuda a encontrar un bar barato. Me siento y le dice al camarero que me sirva lo que quiera. Lo cierto es que como algo y no me clavan. Agradezco el trato y sigo camino. Mi destino hoy es Fisterra. En un bar en Corcubión vuelvo a ver a la familia que he visto en la ermita. Todos estamos contentos por ver el océano. Esta tarde, el atardecer, no quiero pensar en ello todavía.

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Paso por Amarela. Decido alejarme un momento de la ruta. Quiero tomar una foto con el cartel del pueblo para una compañera que es cantautora. Sarah y Beth me ven y les explico. No sé por que les parece tan tierno. Bueno, tomo la foto y la mando a un grupo donde está ella. Otro compañero manda la suya de hace un año. Al mirar el móvil veo que unos amigos me están pidiendo que les envié mi ubicación. No terminan de creer que esté terminando el Camino de Santiago. Y lo entiendo, uno de ellos sabe que tuve una pájara entrenando para el Camino.

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Llegando a Fisterra me encuentro una cala preciosa. Hay que desviarse del camino, bajar una colina pero no hay nadie allí abajo. Es genial. Bajo y entre las piedras veo un montón de basura. Una pena que no cuiden esto. Por suerte la arena está limpia y el agua también. El agua del mar al alcance de mis manos. Me han dicho que no meta las botas en agua pero no puedo evitarlo. Pongo un pie en la orilla y bajo mis manos. Mis dedos se sumergen en un mar que llevo ya mucho tiempo sin tocar. La última vez que me bañe en estas aguas fue hace la friolera de ocho años. Aquél día el agua estaba demasiado fría. Aún no me explico como pude hacerlo. Era otra tierra pero el océano era el mismo. Asturias frente a Galicia. Sumerjo mi gorro dentro del agua y me lo pongo. Noto como el agua recorre mi mochila y parte de mi cuerpo. Es una gozada pero sigamos que mi destino está cerca.

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Salgo de la cala subiendo la colina. Tras unos dos minutos vuelvo al camino. Merece la pena por tener un rato de soledad junto al océano. Nunca, en mi vida, había estado solo en una playa. Ha sido una sensación nueva. Me ha dado miedo de bañarme por si me pasaba algo. ¿Después de casi 900 kilómetros? No sé que me podía pasar pero sí que sentí respeto por el mar.

Por un paseo marítimo, por el que voy solo, llego a Fisterra. A mi izquierda una playa. Voy por el paseo ya que las flechas amarillas me han mandado por aquí y no quiero perderme. Después de andar unos tres kilómetros por este paseo llego a la ciudad. Beth sale de un albergue privado y me recomienda quedarme allí. Yo voy al público. Llego al albergue que está pegado a la playa. Lección aprendida. Se puede ir por la playa en vez de por el paseo marítimo. Si vuelvo lo haré por la playa. En el albergue es donde dan la Finisterrana, un diploma acreditativo de que has hecho el recorrido que une Santiago con Fisterra.

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Veo llegar a gente en bici a por la Finisterrana. La chica mira su credencial. Sin sellos doble no hay diploma. Se enfadan pero no hay nada que hacer. Hay un autobús que para en distintos puntos del camino así que una persona puede sellar en esos pueblos sin venir andando y como son solo 90 kilómetros que menos que parar a sellar si vas en bici. Se van indignados diciendo que no ha visto sitios donde conseguir sellos. Yo miro mi credencial publicitaria. Tengo los sellos necesarios. La tipa me mira. Creo que no le hace falta ver la credencial. Voy bastante cansado así que me explica el funcionamiento del albergue, me da la Finisterrana y me deja irme.

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Cuando subo a la habitación, justo al lado mio veo a Daniel, el chico de república dominicana que me crucé llegando a Samos. El camino tiene estos pequeños juegos. Bajo a un bar a comer pero han cerrado ya la cocina. Me ofrecen un bocadillo. Ni me lo pienso. Dame un bocadillo claro. Tras mucho negociar llegamos a un acuerdo y me lo dan. Al entrar al baño vuelvo a tener la sensación de que he estado allí antes. Joder. Ya me ha pasado dos veces en este tramo. No hago caso. Como tranquilamente.

A la salida del restaurante veo a la familia que ahora sí, está contenta por haber conseguido llegar a Fisterra, aunque sea con mochila pequeña. El padre sabe lo que es llegar con mochila grande pero es consciente de que con los peques eso es imposible. Me quito el sombrero y ya tengo claro que nunca volveré a ver a los turigrinos de la misma forma. El tipo de México que me encontré los primeros días ya me lo explico pero se me había olvidado. Hay gente que hace el camino con mochila pequeña por elección. Otros lo hacen así por que es la única forma en que pueden hacerlo. Esta es la realidad de algunos turigrinos que, de esta forma, se convierten en peregrinos.

Después de comer subo a descansar al albergue. A la hora del atardecer todos subiremos al faro. Veo a gente ir antes pero yo lo tengo claro. Hoy no me muevo hasta que llegue el momento de subir. La gente no sabe si subir con mochila o sin nada. Yo decido subir con mi mochila, sin saco pero con la mochila. Es casi mi ultimo día, mi compromiso era andar todo el camino con la mochila a cuestas, no voy a romperlo ahora.

Lavo mi ropa y duermo un poco. El faro me espera al levantarme. De camino encuentro un supermercado. El sitio es genial para la gente a la que se le olvida comprar algo para subir al faro. Y digo subir por que lo que nos separa del faro es eso, una subida. Me encuentro con unos españoles a los que acompaño durante un tiempo hasta que decido que quiero llegar solo.¿Sabes? He vuelto a ver al peregrino que va con traje y maleta. Ha llegado hasta aquí. Lo saludo y me responde al saludo. Debo sonarle de algo… no creo que sepa quién soy. Se habrá cruzado con tanta gente…

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Llego al faro. Lo primero que veo son unos puestos de recuerdos y un gran restaurante. Mi objetivo está un poco más adelante. Veo a turistas que se confunden con los peregrinos. Sólo la ropa ya te hace ver quien ha venido de turista y quién no. En un lugar veo una cruz y cerca una hoguera. No te lo he dicho antes pero haciendo el camino se me rompió una pulsera. La he llevado todo el camino en la mochila y esta pulsera es la que hoy arrojaré al fuego. Tomo las mismas fotos que cuando dejé la piedra en la cruz de Ferro. No quiero olvidar este momento. La pulsera es consumida por las llamas. Yo me alejo de ese lugar. Me retiro a observar el atardecer.

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Cuando encuentro un sitio cierro los ojos y empiezo a escuchar a un grupo de gente gritando. No, este no es el sitio donde quiero acabar mi camino. Me cambio de sitio y ahora sí. El atardecer cambia el color del cielo. El sol se refleja en el agua formando lo que me parece la cabeza de una gran flecha amarilla que apunta hacia lo que, visto desde aquí, parece el final del mundo. Vuelvo a recordar a todos los peregrinos que han hecho conmigo el camino, todas las despedidas. Vuelvo a dar las gracias por poder haber vivido esta experiencia. Me doy la vuelta y alrededor sólo veo gente muy emocionada con el momento que estamos viviendo. No hay otro atardecer igual en todo el camino. No hay otro lugar donde acabar el camino. Ahora, tarde quizás, lo tengo claro. Este momento es el final del camino.

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Cuando Alessandro y Saúl preguntan que tal es Fisterra pienso mucho si contarles la verdad o no. Les digo que es espectacular pero que dejen atrás todo lo que han podido leer acerca de ese momento y se dejen llevar. Es la mejor recomendación que les puedo dar para que vivan ese momento.

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Bajamos del faro. Me encuentro con Daniel que va hablando con otros peregrinos. Está oscuro pero veo como algunos andan por una zona donde podrías desaparecer sin más rastro que tu última pisada. A la subida ya se veía poco. La bajada es a oscuras. Enchufamos nuestros frontales. Cuando llegamos al supermercado compro algo para la etapa de mañana. Daniel compra algo para el viaje. Ya se vuelve a su tierra.

Antes de llegar al albergue, en uno de los restaurante, veo a la pareja de Nueva Zelanda. Los saludo. Están más que contentos. En la mesa hay una pequeña caja. ¿Un anillo? Eso parece. Les pregunto con un gesto y sus miradas lo dicen todo. Enhorabuena muchachos. La verdad es que si han podido superar el Camino de Santiago hasta Fisterra y todo un año de viaje por el mundo… seguro que les va todo genial.

Cuando llego al albergue y voy a meterme en la cama me doy cuenta de que no he cenado. Salgo de allí. Me voy a un restaurante cercano. Veo al fotógrafo de Hontanas y al italiano alto que conocí anoche. Parece que ya han cenado así que los dejo solos y me voy a una mesa aparte.

Después de cenar me doy una vuelta por el pueblo, veo el puerto. Me da por pensar… ¿Cómo hubiera sido el momento del atardecer con Saúl, Alessandro, Mauro y quien sabe quién más? Por que no te lo he dicho todavía pero Mauro hoy no está aquí. Finalmente decidió acabar el camino con Alessandro y Saúl.

Me voy a dormir. Mañana me espera Muxía…

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