Día 33: De Negreira a Olveiroa

6 de octubre de 2013

Hola

Mañana me toca despedirme de Alessandro y Saúl. De Mauro quizás también pero bueno, él saldrá bien temprano así que no hay forma de despedirse. Te cuento.

La etapa de hoy ha sido un poco más larga que la de ayer. Once kilómetros más. Treinta y tres. Ya se nota que vamos todos más relajados. Mi mirada sólo ve a los peregrinos que conozco de antes.

A primera hora una persona me ha preguntado si había visto una camiseta suya. Perder algo en el camino es una jodienda. Menos mal que yo no colgué nada fuera por que se ve que alguien ha recogido su ropa mal. Te lo dije ayer. Hay mucha gente para la que su primer día de camino fue ayer. El epilogo atrae también a muchos peregrinos. De los que nos conocimos en Saint Jean quedamos pocos. La llegada a Santiago de Compostela te da la sensación de que ya has completado tu camino.

La salida del pueblo hoy es confusa así que espero que Mauro, que ha salido de noche, no se pierda. Tras saludar a algunos peregrinos que están en mi albergue, me voy al bar donde había quedado con Saúl y Alessandro. Enfrente veo como un frutero descarga la mercancía que durante el día venderá, tanto a la gente del pueblo como a los peregrinos. Comentamos la niebla. No es habitual que haya tanta. Se puede andar pero con cuidado de no perderse las señales. ¿Tendrá problemas Mauro? En mi espera veo a dos personas de origen africano. Van con mantas donde supongo que llevan lo que van a intentar vender hoy. Se despiertan bien temprano para tomar el desayuno juntos y luego ir a vender lo que puedan. Es su día a día. Cuando por fin abren el bar entramos todos. Saúl y Alessandro llegan unos minutos después con cara de no haber dormido nada.

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– Joder tío. De la que te has librado.

– ¿Qué os ha pasado?

– La cosa es que nos dimos cuenta pero estábamos cansados y entramos. Todo el mundo dormía en la misma habitación. Había un roncador profesional que era imposible dormir y fuera una pareja dándolo todo.

– Concierto a tres voces entonces.

– Sí.

Se sonríen. El sentido del humor les cambia el rostro pero siguen cansados. Me vuelvo a fijar en la pareja que lleva sus bolsas para vender. Su conversación no es muy distinta de la nuestra. No sé como viven, ni dónde. No sé nada de ellos. Lo que tengo claro es que veo dos personas que madrugan más de la cuenta para sacarse algo de dinero al final del día. Algo no muy distinto a lo que nos pasa a la gran mayoría cuando trabajamos.

Pagamos y salimos de allí. Delante nuestro una ciudad fantasmagórica muy distinta a la que vimos ayer. La niebla lo cubre todo. Nos miramos como pensando “Estamos locos”. Empezamos a andar. Yo me sé el camino de salida así que los guío como puedo. Salvados de perderse en varios momentos me agradecen que los guié. No hay de que. Llegamos al albergue. A partir de aquí todos atentos que yo no me sé el camino. He podido dormir más que ellos así que los sigo guiando hasta que la niebla desaparece. Por fin amanece.

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En este momento, alcanzamos a Daniele, Sarah y Beth, se ve que han salido al mismo tiempo que nosotros pero desde el albergue publico lo que les da una ventaja geográfica. El albergue estaba a un kilómetro y medio del bar donde hemos desayunado. Todo el mundo lleva la mochila cubierta con plásticos. Aquí la lluvia no avisa aunque de momento el tiempo nos está respetando.

La ruta de hoy es muy bonita y la niebla que todavía persiste muy local la hace encantadora. Miro a mi derecha y veo como una nube está posada sobre la hierba. Me recuerda a los videojuegos a los que jugaba en aquella Nintendo de 8 bits. Dan ganas de ir a tocarla pero está muy lejos y con treinta y tres kilómetros por delante no estoy para bromas.

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Seguimos nuestro camino juntos hasta que en un momento dado me doy cuenta de que estoy apretando más de lo debido y vuelvo a desearles buen camino.

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Paro en uno de los bares que me encuentro. Allí están Alessandro y Saúl tomando un señor bocata con uno de los peregrinos que he conocido esta mañana. Los saludo y paso a pedirme otro bocata.

– No nos quedan.

No puede ser, han acabado ya con las existencias de pan de este bar. Sin duda el camino es un gran negocio para algunos. La persona que hay tras la barra, amable, me ofrece una solución. Podemos hacerte un sándwich con lo que quieras. Termino comiendo uno doble con jamón york y chorizo. Compro una botella de litro y medio de agua fresca para rellenar la que tengo en la mochila. Para comer me salgo fuera a una de las sillas de plástico. Ya me puedo sentar. Después de varios días por fin empiezo a ver la luz al final del túnel, aún persistía el recuerdo de lo que me paso en Ribadiso da Baixo.

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A la salida veo a un italiano que recuerdo haber visto antes en Villafranca del Bierzo. En aquella ocasión me pareció una persona arisca. Hoy lo veo con otros ojos. Al parecer tiene una pequeña molestia en el gemelo que le impide avanzar todo lo rápido que puede. Ya no tengo dudas, voy a un ritmo más parecido al que llevan los lesionados. Me acompaña hasta el final de etapa donde los dos intentamos pillar plaza en el albergue público.

Entramos en Olveiroa. Un gran albergue que más pareciera un hotel se presenta ante nosotros. Nos salen a recibir Daniele, Sarah y Beth. Nos dicen que está genial y que hay plazas. Pero no es el publico. Seguimos caminando un poco más y siguiendo las indicaciones encontramos una serie de edificios dispersos. La hospitalera no está así que los peregrinos andan organizándose como pueden. Al parecer, después de mucho preguntar y mirar, sólo quedan plazas en una especie de establo. Dos o tres plazas. Somos dos. Nos sobra.

Mi compañero, más bajo que yo entra en la habitación, sin baño ni ducha, que se encuentra tras unas grandes escaleras. Yo intento pasar por la puerta pero mide lo justo para que me de con el marco sin darme cuenta. O paso con cuidado o me voy a dar más de una vez. Esto cansado. Me voy a la ducha. Pero… ¿Dónde?. Pregunto a algún peregrino y me indican. Hay duchas tanto en el módulo de enfrente (para minusválidos) como en el del lado que es el que más pinta de albergue tiene. Nada, me voy al de enfrente que tampoco quiero andar mucho así. Como no podía ser de otra forma, en la puerta, hay cola. Tardo así como media hora en entrar a ducharme. Por suerte hace un día soleado.

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Al salir veo a Saúl, Alessandro y Mauro. Están en el módulo que más se parece a un albergue. O han llegado muy temprano o tienen mucha suerte. Lavo mi ropa, la tiendo y vuelvo a dejar mis cosas en la habitación. Al pasar por la puerta vuelvo a darme con el marco. Efectivamente, lo que te decía, o llevo cuidado o me la voy a pegar siempre. Dentro, en una de las camas, una pareja parece jugar al escondite. Sí, ya sé que no hay forma de esconderse en una cama. Cuando escuchan mis pasos dejan de jugar al pille, pille. Los saludo como diciendo… ya, ya. Para muchos mañana es el final del camino. El final, final. No más días andando… vuelta a casa. Para mi no. Haga lo que haga a mi me queda un día más de camino.

Bueno, toca tomar algo por la tarde, una tapa aunque sea. Bajo a un bar que hay al final del pueblo y pido una cerveza con lo que ellos quieran ponerme. En el bar vuelvo a ver a peregrinos que he conocido esta mañana. En mi teléfono un mensaje que dice que nos vemos para cenar. Así será. Mientras me tomo la cerveza veo llegar a un grupo de gente. Están pasando el fin de semana aquí. Tienen una casa de campo en el pueblo. Vienen de hacer una ruta en bicicleta de montaña y están tomándose la última cerveza antes de volver a su lugar de origen. Tienen que venir mucho por aquí ya que tienen bastante confianza con el camarero que nos atiende. Aprovecho para preguntarle cual creen que es la variante más bonita. La que va directamente a Fisterra o la que pasa por Muxía. Lo tienen claro. El camino a Fisterra desde aquí no tiene comparación. Esta declaración es la que hace, finalmente, que me decida por ir mañana a Fisterra. El hecho de ser el camino que han hecho José, Aitor u otras personas a la que conozco también influye mucho. Quiero caminar por donde ellos han caminado y ver lo que ellos vieron.

Cuando termino de tomar mi cerveza me doy una vuelta rápida por el pueblo. Lo más curioso que veo son corrales con animales. No me entretengo mucho. Tengo que pagar el albergue. Seguro que ya ha llegado alguien para cobrarme. Pero no, todavía no hay nadie para cobrarme. En su lugar, sentado en uno de los bancos, un peregrino confecciona miniaturas de madera. Son botas del camino. Las vende y con eso tiene para vivir. Me enseña un recorte de un periódico donde aparece él con sus botas y una reclamación. Quiere que se protejan los árboles centenarios o milenarios de toda España. En todas sus botas mete un trozo de madera de uno de estos árboles que fue cortado hace años y por el que comenzó su lucha. Si quiero encontrarlo de nuevo tendré que ir a Jaca. En una de las plazas podré encontrarlo haciendo sus botas del camino.

Por fin llega la hospitalera. Entramos todos a pagar. Y ahora, a cenar al bar donde esta tarde he tomado una tapa. A la mesa cinco italianos y un español. Son mayoría. Intentaré pillar de lo que hablan pero no las tengo todas conmigo. A estas alturas creo que puedo pillar el hilo de la conversación y algún chascarrillo. Me llama la atención que los dos italianos que se nos han juntado son el tipo alto que tomaba el bocata con Saúl y Alessandro hoy y el que me pregunto esta mañana por su ropa. Estos dos dicen que van mañana a Fisterra. El de la ropa asegura que va a hacer el camino de la costa da morte. Al parecer no es la primera vez que hace el camino y esta vez no lo hizo desde Saint Jean o Roncesvalles. Le queda mono y quiere llegar hasta La Coruña. Mis dos últimas etapas de este camino, la de mañana a Fisterra y la de pasado a Muxía coinciden con su idea.

Aún así, se me hace cuesta arriba tomar la decisión. A Mauro, que más o menos tenía claro que quería hacer lo mismo que yo también le cuesta tomar la decisión. Por la noche, mientras Alessandro y Saúl ven un partido de fútbol, me confiesa que no lo tiene claro. Que yo haga lo que quiera pero que él, mañana, decidirá si va a Muxía con Saúl y Alessandro o a Fisterra. Hoy le ha visto gran sentido a eso de acabar en Fisterra. Además, Saúl y Alessandro han aparecido en momentos tan claves en su camino que le gustaría acabar la experiencia con ellos. Yo ya tengo claro lo que va a hacer. Es posible que él ahora mismo también lo tenga claro. Aún así, no me despido ya que queda la posibilidad de que nos veamos mañana en Fisterra. Mínima, pero ahí está.

Acaba el partido de fútbol que hemos ido a ver al albergue de la entrada. Saúl y Alessandro llegan al albergue donde les espera la hospitalera con cara de pocos amigos. Deberían haber pagado esta tarde pero se les paso. Les cae una bronca. En realidad ella tampoco ha estado allí todo el día. Es domingo y la vida para ella no está parada… eso es verdad.

Me despido de estos hasta mañana. Saúl, Alessandro y yo hemos vuelto a quedar para desayunar juntos y empezar a caminar juntos. Mañana me tocará despedirme de ellos. Pero por lo menos ahora sé quien me va a acompañar en Fisterra.

Ya estoy en la cama. Por primera vez en todo el día, no me he dado con la puerta en la cabeza. Al final me voy a encariñar de este lugar. ¿Sabes? Estoy escuchando un zumbido muy cerca de mi cara. Espero que no sea un mosquito.

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