Día 31: Santiago de Compostela

4 de octubre de 2013

Hola!

Estoy que me caigo de sueño. Mejor te cuento el día cuanto antes.

Lo primero que hice nada más levantarme fue ir a la catedral de Santiago a darle el abrazo al santo y a visitar su cripta. Las colas de ayer se habían disipado y tuve tiempo de vivir estos dos momentos. En ellos recordé a todas las personas que me dijeron, antes de irme, que le diera un abrazo al santo de su parte. El primer camino hice este gesto también pero no tuve las mismas sensaciones. Creo que aún hoy tengo los sentamientos demasiado a flor de piel. Ha sido un momento de mucha tranquilidad. Por cierto, había un cartel en la puerta que prohibía la entrada a la catedral con mochilas. Prohibición que parece que comienza hoy.

Finalmente hice caso de lo que me dijo Emmanuel y me probé. No perdía nada por ver como comenzaba el camino a Fisterra. A las diez de la mañana salí en su busca. No dude en preguntar varias veces. Con mis chanclas y sin mochila descubrí que aquel camino pintaba muy bien. Un epílogo que la Iglesia ya no reconoce como Camino de Santiago. La verdad, es que en aquel momento pensé en lo bien que me vienen ahora mismo 4 días más de caminata. Podría trabajar todos los sentimientos que han explotado, de golpe, en Santiago. Me gusta la idea de caminar sin la presión creada por mi mismo de la comunicación. Si finalmente me voy lo sabrá solamente mi familia. Voy a intentarlo. Necesito saber si va a llover tanto como esta mañana a primera hora y si mis botas aguantarán el maltrato. Esta tarde preguntaré en el hotel por una tienda donde puedan mirarme las botas y si todo está bien marcharé.

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A la vuelta de la mini escapada he visto a alguna peregrina que iba hacia Fisterra y a un peregrino que conocí en Roncesvalles. Este peregrino me comentó que se iba a pasar unos días en Pamplona por que admiraba lo que Hemingway decía de esa ciudad. Al llegar a la catedral veo a nuevos peregrinos. Cristina, Pino, Righi, Giovanni… Todos los peregrinos que no veía desde mi salida de León están aquí hoy. Mauro también acaba de llegar. No podemos hablar, ni ellos, ni yo. Todos, sin excepción, estamos emocionados. No nos hacen falta las palabras. Con las miradas nos sobra para saber que a todos nos ha tocado la experiencia. Yo sé que voy a estar conectado con ellos y ellas. Ayer no fue fácil despedirme de Mike y hoy se me hace cuesta arriba ir despidiéndome de estos peregrinos aunque no nos llegamos a despedir todavía. Algo me dice que hoy me los volveré a encontrar.

Todos entramos en la misa del peregrino de las doce del mediodía esperando ver el botafumeiro. Nos llevamos una lección evangélica de parte del cura que oficia la misa. Critica la insolidaridad de la Europa que tanto se vanagloria en llamarse solidaria, lo hace en referencia a la muerte de unos inmigrantes en los mares de Sicilia. Del botafumeiro, eso sí, no vemos ni rastro. Bueno, habrá que volver esta tarde. Algún peregrino que llevaba años sin entrar en una iglesia sale de allí echando rayos y centellas. Aprovecho que estamos todos para tantear el terreno. ¿Quién está pensando seguir hasta Fisterra? Alessandro, Saúl, Righi, Cristina, Mauro… quieren acabar la aventura allí. Esto significa que tengo lo primero. Gente que conozco y que lo va a hacer. Esta tarde descubriré si tengo botas para poder hacerlo.

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A mediodía, justo después de la misa, nos hemos juntado Diego, Sergio, Silvia, Paolo… los que estuvimos cenando ayer juntos, para tomar algo. Nos encontramos con un relaciones públicas que nos dice que nos invita a algo y cojemos la tarjeta sin mucho ánimo. Buscamos un sitio y en una esquina encontramos un bar majo donde poder tomar algo. Cuando ya estamos sentados entra el relaciones públicas y se pone en la barra. Menuda coincidencia. ¿Sabes? Después de 30 días andando todos lo echamos en falta. Debe activarse la parte nómada de nuestro cerebro.

Después de comer algunos se van a descansar y otros nos quedamos dando vueltas por la ciudad. Llegamos a un bar con wifi para que la gente pueda tener Internet y gestionamos un poco nuestra vida, la que ha ido estos días paralela a nuestro camino. A la que hemos atendido sin mucha gana para intentar centrarnos en una aventura que no sabemos si podremos repetir. Algo está claro, no será igual. Ningún Camino es igual a otro. Incluso entre nosotros, cada uno ha vivido su propio camino.

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Me despido un momento de mis compañeros, tengo que ir al Hotel a cambiar de habitación y ver lo de mis botas. Esta mañana, antes de salir, dejé mi mochila y mis botas en recepción. Al llegar me asignan una habitación más pequeña y más barata para esta noche. Subo mis cosas, me ducho y bajo con las botas a ver que se puede hacer. El hotel está alrededor de una plaza. Alrededor de esa plaza hay varias tiendas de deportes y una armería. Entro en la primera tienda de deportes y sólo veo zapatillas para correr, nada de botas de montaña. Entro en la segunda tienda, igual. Tendré que ir a la armería. Sí, a mi edad, no sé lo que es una armería pero hoy lo voy a descubrir. Paso por la puerta. En el escaparate se ven cuerdas de escalada, cascos, esto pinta bien. Entro y veo a dos tíos bastante grandes.

– ¡Hola! ¿Es aquí la Armería?

La verdad es que está un poco perdida. Se entra por un pasaje que tiene al final una puerta.

– Claro, ¿No lo ves? Antes de que lo preguntes… sí, son de verdad.

Señala unas armas que hay en distintos mostradores. ¿Armas? Yo pensaba que esto era una tienda de montaña. Busco botas de montaña y encuentro así que continuo con mi intención. Les muestro mis botas.

– Perdona. ¿Quería saber si estas botas siguen valiendo para algo?.

Se las dejo, las mira. Mis botas, no te hable ayer de ellas, están rotas. Hay una parte totalmente quemada tras cerca de mil kilómetros. Durante la preparación esas botas hicieron alrededor de doscientos kilómetros y hasta aquí han sido cerca de ochocientos.

– Si hay agua en la ruta puede pasar dentro. La humedad acabaría por pudrir la bota.

Ayer cuando llegué a Santiago y me quite las botas pude observar como al ponerlas boca abajo salía agua. No toda el agua entro desde los pantalones. Parte de ese agua venía del suelo. Está claro.

– Entonces, disculpa, ¿Si no llueve puedo caminar?

Si no llueve sí. ¿Qué quieres hacer?

Le explico de donde vengo y hasta donde quiero llegar.

– ¿Con estas botas?

Sí, el tipo de la tienda no quiere creer que sea capaz de caminar con ellas cerca de ciento veinte kilómetros más. Visto que esa es mi intención los tipos me desean suerte y me dan una información que no tenía.

– Al menos vas a tener suerte. Parece que no te va a llover. Dan cuatro días de bueno. Pero si llueve como hoy yo de ti cortaba la aventura en el momento. Ten cuidado. Buen Camino.

Tomo nota y lo pongo en mis condiciones. Mañana, sí, mañana, con pronóstico de día soleado, salgo hacía Fisterra y Muxía. El Faro y la Virxe da Barca me esperan. Allí, en Muxía, acabaré mi camino haciendo una ofrenda prometida a Alexander antes de que volviera a Argentina. Son cuatro días más y no voy a volver exclusivamente para hacerlo. Eso sí, si el tiempo se tuerce no podré caminar. Me tocará volverme o esperar unos días hasta que se pase el temporal. Algo improbable.

Se me olvidaba. Antes de llegar a la Armería me he vuelto a encontrar con Jonatan y con la gente que conocí en Villafranca. Hemos intercambiado contactos para no perdernos la pista. Todos, que me vieron bien jodido, están sorprendidos de que haya llegado un día antes que ellos. La verdad es que ha sido una aventura genial. Dejo mis botas en el hotel, me ducho y descanso un poco para poder sobrevivir a la fiesta que nos vamos a pegar esta noche.

Me despierto antes de la misa de la tarde y voy a verla. Allí veo por primera vez a Francesco. Me ha enseñado una foto de un doble arco iris que me ha dejado impresionado. Con esa visión han llegado los peregrinos hoy a Santiago. Después de una buena tormenta, eso sí. Han entrado con una vista más bonita que la nuestra pero la tormenta que les ha caído ha sido igual que la nuestra. Sin duda, nos hemos ganado, todos, estar aquí hoy.

Entramos a la misa. Están todos los bancos ocupados. La gente se empieza a sentar en las escaleras de entrada. Aún viendo el botafumeiro ayer, a mi llegada, hoy se muestra más impresionante. Toda la gente saca sus cámaras y capta el momento. Es algo tan peculiar que, al final, me he fijado más en la gente que captaba el momento que en el momento que estaba viviendo. Está claro que para mi el botafumeiro es lo que vi ayer al llegar a Santiago.

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Llega la noche, en la puerta de la iglesia ya me despido de todos los peregrinos que han hecho el camino conmigo. No sé si los volveré a ver en los bares esta noche. La despedida se repite cada vez que los veo hasta que nos hartamos de despedirnos y ya simplemente, cuando nos vemos, nos deseamos buen camino. Ya no nos referimos al que hemos andado… sino al de la vida y a futuros caminos que emprendamos.

El grupo del que ya formo parte sale dirección calle Franco. Aunque en realidad es más conocida con otro nombre. Es la calle donde se desarrolla el París-Dakar. ¿Un nuevo reto para el peregrino? Digamos que un ritual. ¿Una etapa dura? La que más. No sé conoce a nadie que la haya podido terminar de pie. ¿Pero esto de que va? Muy sencillo. La calle Franco está llena de bares. El primero de ellos se llama París y el último Dakar. O al contrario. Al final va a dar igual como lo hagas. No vas a poder terminarla. No hay manera. Lo hemos intentado pero no nos ha sido posible.

En el primer bar perdemos a Ulrike de vista. Silvia nos cuenta que se ha ido a bailar salsa. Le encanta la salsa. Cuando ya llevamos un rato de bar en bar Saúl pregunta ¿Dónde está Ulrike?. Todos nos miramos e incluso él se ríe de su pregunta. La verdad es que no lo sabemos. Después del primer bar la hemos visto un par de veces.

Mauro y Bruno se despiden. A Mauro lo veré mañana por que dice que va a Fisterra a pie. Se va a dormir ya por que no se fía de nosotros. A Bruno no tengo tan claro que vaya a volver a verlo así que la despedida es más real. Ha sido una buena compañía durante todo el camino. Mañana irá en bus para Fisterra. Si le gusta se quedará unos días y vuelta al hogar. Saúl y Alessandro se quedan tocados. Bruno les ha acompañado todo el camino. Es una despedida bastante emocionante.

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Desde luego algo está claro, ninguno de nosotros quiere pasar mucho más tiempo en Santiago, bueno, miento, Paolo dice que se va a quedar tres días más. Le ha gustado Santiago de Compostela. No sé si la ciudad o el ambiente universitario presente en cada bar. Ya fuera de la ruta de bares para tapear, en una especie de pub, Paolo, viendo como íbamos todos los que mañana vamos a salir a Fisterra nos ha mirado y señalándonos ha dicho:

– Vosotros… mañana Santiago, no Fisterra. Jajaja.

Nos hemos mirado todos y no hemos podido evitar reírnos. La verdad es que levantarse mañana va a ser un reto. Por suerte la primera etapa no es muy larga y ya no hace tanto calor como los días de Castilla. Podremos salir sobre las once de la mañana y descansar un poco esta noche. En el último bar donde nos lleva una estudiante de Santiago suena el himno gallego. Veo a una persona emocionada que se lo sabe de memoria. Me fijo un poco más. No, no está emocionado. Está más borracho que el copón. Empiezo a mirar la decoración del bar donde nos encontramos. Esto… esto… os espero en la puerta chicos. Aquel bar parece una Herriko Taberna. Mis amigos desaparecen de allí sin hacer ruido.

Está a punto de amanecer. Acompaño a Saúl, Alessandro, Diego, Sergio y Silvia a una calle a partir de la que ya van solos al apartamento que han alquilado allí. Toca despedirse de nuevo. A Alessandro y Saúl los veo mañana pero el resto ya tienen la vuelta pillada. Gracias por vuestra compañía y por dejarme el espacio necesario en mis cuatro días de llegada a Santiago de Compostela. Sin duda me hubiera gustado tener más momentos con ellos. Hubiera estado genial la verdad. Son todos Españoles así que seguro que los veré en alguna ocasión más.

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De camino a mi hotel noto como se me humedecen los ojos. Es inevitable emocionarse. Han pasado más de 24 horas desde que llegué a la plaza del Obradoiro y sigo emocionándome. Espero tener la fuerza necesaria mañana para levantarme y andar hasta Fisterra y Muxía. Necesito andar esta emoción.

Hasta mañana.

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