Día 30: De O Pedrouzo a Santiago de Compostela

3 de octubre de 2013

No sé como saludarte hoy. ¡Joooder! Sííí… ¡Lo he conseguido!

Acabo de terminar el Camino de Santiago. Llevo 30 días caminando sin parar desde Saint Jean Pied de Port. No, no tengo palabras todavía para describir la emoción que siento dentro. No tengo palabras todavía. Es muy pronto tío. Lo he comentado con otras personas que han hecho el camino completo y no las encuentran tampoco. Ni pasados los años. No hay forma. Esto es una pasada ¡Claro que sí! Lo he conseguido. Después de dos meses sin salir de marcha ni un día, de pasarme todo el verano entrenando los siete días de la semana. Después de una ampolla que estuvo a punto de dejarme fuera de juego, después de una noche en la que me excedí bebiendo, después de 1250 metros de ascenso el primer día, de niebla bestial en O Cebreiro, de lluvia, de los 46 kilómetros de León a más de 30 grados… estoy aquí. No tengo palabras, ¡Claro que no!. Tras dejar en el camino a algún compañero para que se fuera a su casa, para que se tomara un descanso de algún día, tras esta cortina de agua que hoy nos ha recibido… tocar la concha de la Plaza del Obradoiro. Sin palabras. Sólo las lagrimas que invaden todos los ojos de los peregrinos explican el sentimiento que le hemos puesto todos a esto. Ahora es cuando todo lo sacrificado toma sentido. Hoy no me he preguntado que había que hacer. Algo dentro de mi ha decidido que debía arrodillarme. Poner mi mano sobre esa concha y dar gracias por toda la experiencia vivida. ¡Claro que sí!.

Levantarme y ver a Mike viniendo hacia mi sabiendo que él sabe lo que siento en este momento ha sido… muy grande. Gracias por dejarme pasar a la plaza a solas tío. No sé que habrás hecho. No has tenido tiempo de ir a ningún lado. Tengo claro que me has dejado a solas por que así es como creías que debía terminar mi camino. Gracias Mike. ¡Qué sensación!

Te cuento el día pero vamos… con esta pequeña nota yo ya estoy servido.

Esta mañana a las 6 de la mañana se han levantado los primeros peregrinos. En el exterior se escuchaba el viento, la lluvia y de vez en cuando un trueno. A las siete de la mañana hemos empezado a salir nosotros. No nos hemos quedado retozando en la cama. Simplemente hemos descansado un poco más. Fuera ya no llovía pero se hacía notar que la tormenta había sido bastante fuerte.

Sin desayunar no íbamos a andar un metro. En la cafetería donde hace dos años tomé mi almuerzo antes de entrar al albergue me siento con Saúl, Alessandro, Bruno, Diego, Sergio, Silvia y Ulrike. Mi intención es llegar con ellos a Santiago. Una tostada, una taza de leche con Cola Cao, último desayuno del camino en muy buena compañía. En la compañía que yo quería tener. La que deseaba anda en Argentina, en el camino primitivo o en Santiago. Es complicado acabar el camino con gente conocida del primer día. ¿Cómo? Si Alessandro y Bruno son conocidos desde el primer día. Si Beto, Aline y Cristiano son conocidos del primer día y así muchos más que sé que hoy han dormido en O Pedrouzo. Mañana seguro que llega el resto de la gente a la que no veo desde antes de León. Así de caprichosa es esta aventura.

Salimos de la cafetería y siguiendo las conchas y las flechas nos adentramos en un bosque de eucaliptos. Hace dos años había caballos. Eran las fiestas del pueblo y se podía ver una exhibición con caballos. Hoy el bosque solo es para los peregrinos y el viento que lo inunda todo. De repente se escucha caer una rama. Sergio mira a su espalda y nos grita.

– ¡Joder! Mirad. Eso ha estado a punto de caerme encima.

Señala en el suelo algo que más parece un tronco que una rama. No puede ser. Debe estar de broma. Su tez blanquecina no engaña. Madre del amor hermoso. Este bosque es más peligroso de lo que yo pensaba. La verdad es que mientras caminas ves troncos en el suelo. Yo pensaba que eran resultado de un día de mucho viento o de alguna poda para cuidar el bosque. Nunca había pensado que sin ton ni son una rama podría caer de uno de los árboles. Supongo que la tormenta de las seis ha sido muy fuerte y ha dejado esa rama a punto de caer. Un golpe de viento y zas. Al suelo.

Con Sergio un poco más tranquilo seguimos caminando. De repente noto como el grupo toma un ritmo bastante alto. Decido no seguir esa velocidad. Me despido de ellos con un “Buen Camino”. En este momento es donde he dudado que podría entrar con ellos a Santiago. Durante todo el Camino ellos han llevado un ritmo más alto que el mio. Yo voy relajado y sin prisas. Esta vez no quiero perderme nada. Y, como ya dije antes, cuando voy cansado sólo puedo mirar el suelo mientras ando y me pierdo el paisaje.

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El resto del camino lo he hecho solo a un ritmo constante. Me he hecho una foto en la piedra que da la bienvenida a Santiago. Algo que no hice la última vez aunque vi a mucha gente hacerlo. He redescubierto el paisaje que recordaba bastante lleno de hormigón como un pasaje por un bosque de impresión. No sé si te lo he comentado antes pero estos últimos días han sido como un repaso rápido a todos los paisajes del principio.

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Justo antes de pasar por Monte do Gozo se ha puesto a llover. Primero flojo y luego a un nivel que era preferible quedarse en un bar. En Monte do Gozo he visto a Bruno. Ya más o menos nos comunicamos. Él ha entendido perfectamente que seguía camino y yo he entendido perfectamente que todo el mundo estaba allí esperando a que dejará de llover tan fuerte para seguir. Me despido de él con la seguridad puesta en que me van a alcanzar antes de llegar a Santiago.

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Empiezo a bajar la cuesta de Monte do Gozo. Saco como puedo el móvil y le escribo a Mike. La lluvia no cesa, se vuelve más intensa y el viento racheado hace imposible protegerse. A la llegada a Santiago voy todo el tiempo por la acera. Miro el cartel con el que me di un golpe la última vez y pasado este en el primer bar que veo me meto.

– ¿El servicio?

– Sí. Abajo.

Bajo al servicio a secar un poco mi ropa y subo de nuevo. Gracias.

– Muchacho, espérate que está lloviendo mucho.

No escucho bien la advertencia. Salgo fuera. Abro los brazos. Ya estoy en Santiago. Me estoy mojando pero me da igual. Me empieza a dar la risa a mi solo. Algunos peregrinos igual de locos que yo me miran y parece que no entienden nada. Llego a la calle que te da acceso a la catedral siguiendo las flechas amarillas. Estoy ya a punto de llegar, no me lo puedo creer. Al pasar por la puerta de la Iglesia veo como el botafumeiro vuela sobre las cabezas de los que, dentro, asisten a misa. Me quedo un rato mirándolo. Es pura magia que haya llegado justo en este momento. Salgo de la pelotonera que se agolpa en la puerta. Justo en el arco que da paso a la plaza me encuentro con mi compañero de camino Mike. No puedo creerlo. Él tampoco. Asegura que es una coincidencia pero que va a la iglesia. “Nos vemos ahora Miguel”. Lo dejo ir. Paso frente al gaitero que me ve y toca una canción que no puedo recordar. Con este sonido en la cabeza paso a la plaza. La emoción se adueña de mí. Sé lo que quiero hacer, no me hacen falta claves. Llego al centro de la plaza. En ella una concha. Me arrodillo. Doy gracias agachando la cabeza y la levanto totalmente emocionado. Ante mí, el destino de todo peregrino que hace el Camino de Santiago. En mí, la visión de un peregrino. No hay palabras, ya te lo dije. Me levanto, emocionado y veo como llega Mike a mi lado. “Gracias por dejarme pasar a la plaza solo”.

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Sueño cumplido. Fin de trayecto. Se lo digo a Mike. Había pensado muchas veces seguir hasta Fisterra y Muxía pero esto es el final para mi aventura. Es un final genial. Me viene a la cabeza todo lo que te he comentado antes. No hay más que hacer. Es una pasada poder hablar con él después de veintiún días sin verlo sólo comunicándonos a través del móvil. Él también cree que el Camino de Santiago es una experiencia brutal.

Con estas sensaciones nos despedimos hasta la hora de la comida, quedamos en hablarnos. Yo tengo que buscar alojamiento, ducharme… pero antes de nada voy a darle un abrazo al Apóstol Santiago. Entro en la catedral todavía emocionado y veo a Hwang. Lo saludo sin palabras pero él me comprende. No obstante creo que llego ayer por que lo veo muy fresco ahora. Me pongo en la cola pero es muy larga y yo me estoy congelando. No tengo tiempo que perder. Tengo que ducharme cuanto antes. O quitarme las botas al menos. Cuando estoy saliendo de allí veo a Ming. Tampoco puedo decir nada pero ella entiende lo que se mueve dentro de mi. No hacen falta muchas palabras entre peregrinos. Así que el idioma, al final de la experiencia, digamos que no es lo más importante.

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Salgo de allí y me voy directo a la oficina del peregrino. Allí me quito las botas y las escurro un poco. Me pongo las chanclas mientras hago cola. Estamos en un patio donde me viene a la memoria la última vez que estuve aquí. Este lugar fue el lugar donde me emocione al llegar a Santiago. Vi a gente tan emocionada que se me pego. Esta vez ya vengo emocionado. Recojo mi Compostela. Este papel que puedes conseguir haciendo más de cien kilómetros a pie que a mi esta vez me han supuesto setecientos setenta y cinco. Cuando me preguntan mi profesión les digo que estoy en el paro aunque soy informático. El tipo me mira y me dice.

– Informático.

Así queda escrito en el registro del peregrino de Santiago de Compostela donde te ponen el último sello. El sello de la catedral de Santiago.

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En la oficina de turismo consigo una habitación individual en un hotel cercano. Cuando llego al hotel veo a una persona en los sillones como durmiendo. Debe ser alguien que se va. Ese gorro me suena pero bueno… a la ducha amigo. Me ducho, lavo mi ropa y salgo para afuera. La persona del gorro sigue allí acostada. No puede ser. Lo miro bien.

– ¡Emmanuel!

– Ah, ¡Hola Miguel! Estoy esperando a que se haga la hora para tomar mi avión.

– ¿No vas a comer?

– Claro, amigo. Vamos a comer.

Se incorpora y sin esfuerzo me acompaña por la calle principal de Santiago donde veo a Mike. Poderosa coincidencia.

– Ven a comer con nosotros Mike.

– ¡Claro!

Entramos en un bar que Emmanuel dice que le suena bueno y pedimos pulpo, pimientos de padrón y algún plato más. Comida típica de Santiago de Compostela. Levantamos nuestras copas y brindamos por todos los peregrinos. Emmanuel nos cuenta que es capaz de ver en el rostro a quién le ha llegado el Camino y a quien no. Dice que esta mañana en el desayuno lo notaba. Es verdad. Hoy en Santiago hay peregrinos que no tienen el mismo semblante que yo, que Mike o que Emmanuel.

Después de esto Emmanuel nos deja para recoger sus cosas y pillar el avión. Le deseo buena vuelta. Nos quedamos Mike y y yo por Santiago. En la calle principal nos para una muchacha para ofrecernos una degustación de galleta y de tarta de Santiago. La probamos. Nos metemos. Mike empieza a pedir cosas para probar como interesado en comprar y nos ponen de todos. Si lo sé como aquí. Pienso yo. Mike lo prueba todo, brindamos por la experiencia. Finalmente compra algo. Nos despedimos hasta por la noche para cenar. Vuelvo al hotel. Al llegar veo a Emmanuel. Le confieso que no sé si ir o no a Fisterra ya que llueve a cantaros y que antes de irse tiene que dejarme su dirección de correo electrónico. Una persona así no se conoce todos los días.

– Sin problemas Miguel. Sobre lo de Fisterra. Por el tiempo no te preocupes. Igual cuando empieces a caminar se despeja y el sol te acompaña.

Estas palabras se me quedan grabadas en la mente. Ahora sí, toca despedirse. Le doy un abrazo y lo dejo yendo a un autobús dirección un avión. El final de su camino. Un peregrino al que vi despedirse de manera amable en uno de los albergues. Tanto por aprender. Gracias por estar en mi camino.

Bueno, toca ir a la peluquería. Llevo más de 30 días sin cortarme el pelo y sin afeitarme. Entro en una cercana al hotel. Aquello parece de película americana. Un peluquero y una peluquera me atienden. Me siento y le digo lo que quiero. Un afeitado no, se me va de presupuesto. Le pido que me pase la máquina por la cabeza y por la barba. El precio que me hace es casi el mismo que si me hubiera afeitado con cuchilla. No lo entiendo. Sólo tenía que pasar la máquina. A la salida me encuentro con Cristiano. Lo saludo. Se le corta la emoción al verme recién pelado.

– ¡Te has cortado el pelo!

– Sí. Jajaja.

– Bueno. Bienvenido a Santiago Miguel

– Igualmente Cristiano. Nos vemos esta noche por los bares.

– No lo dudes.

O esto parezco entender. Me salen las palabras pero lo justo. Subo a mi hotel antes de irme de cena con Mike, Saúl, Alessandro, Diego, Bruno, Paolo, Silvia y Ulrike. No te lo he dicho pero a Paolo me lo he cruzado mientras hacía la reserva de la habitación individual en la oficina de turismo. Aprovecho este momento para hablar con mi madre. Llevo 30 días sin hablar con ella por teléfono. ¿Sabes? En aquel momento no sabía lo que me pasaba. Por que estaba tan emocionado pero me acabo de dar cuenta de una cosa. Creo que he pensado en la cantidad de esfuerzo que ha volcado ella en mi y mi hermano. Ser consciente de este esfuerzo y no saber muy bien como se mide el éxito en esta tarea. Quizás simplemente que tus hijos sean honrados es suficiente recompensa. No lo sé.

He vuelto a ver a mis compañeros para la cena. Nos hemos saludado. Nos hemos dado la enhorabuena y después de pasar por un bar que parecía de buena tapa… hemos ido a “Los Manolos”. Un clásico en Santiago, al menos, para los peregrinos. Mike y yo nos hemos sentado uno enfrente del otro. Realmente a mi era la única persona a la que parecía conocer. Se lo he presentado a toda la mesa y bueno, la verdad es que he estado toda la noche hablando con él. Sabía que al resto los iba a ver mañana.

Mike me invita a acompañarlo a ver a un amiga que ha conocido en el camino. Me encuentro con Beto, Aline y Cristiano. Aprovecho para despedirme de ellos. La verdad es que la forma de llamarme que tenía Beto tardaré mucho en olvidarla. ¡Italiano! Esta noche sigue bromeando con eso. Está claro que el camino le atrapo hace muchos años y hoy le sigue atrapando. Sabes, ya sé como se dice felicidades en Brasileño. Parabéns. Es lo que más repetían los tres al verme. ¿Sabes lo curioso de los brasileños? Qué en Foncebadón en un mapamundi que había me señalaron de donde era cada uno. Viven separados por varias Españas.. Una visita para verlos significa cuatro vuelos. Está claro que se han conocido en el camino y han hecho buenas migas. Son geniales. Me emociono al despedirlos pero sé que han vivido su experiencia.

Mike y yo seguimos camino. Llegamos a un bar donde nos recibe una mujer que está con la pareja de Nueva Zelanda. Los saludo. Ellos están muy cansados. Les pregunto si van a ir a Fisterra. Se lo están pensando. Entre mañana o pasado lo decidirán y saldrán. Mike los conoce. Al parecer se acompañaron parte del camino hasta que Mike decidió ganarle otra etapa al Camino. Son muy buena gente. No sé si los volveré a ver así que me despido de ellos con un Buen Camino.

A la vuelta Mike y yo nos encontramos un cartel donde se puede leer “Pecados”. Después de pasar por el pórtico de la gloria, donde se te limpian todos los pecados, nos parece tan gracioso ver este cartel que nos ponemos cada uno a un lado y tiramos una foto. No perdemos el sentido del humor. Al llegar a la plaza de la catedral. Mike se despide de mi. Has sido una gran compañía. Todos los días me enviaba donde se quedaba, donde dormía, donde comía… por si yo quería llamar por teléfono para reservar sitio o quedarme allí. Fue determinante en mi elección de ir a Samos. Sin el monasterio disponible me lo habría pensado. Ha sido una pasada. Gracias por todo Mike.

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Cuando me despido de Mike, veo llegar a Lizzi. La chica de México. Viene de Fisterra. No puede ser. Me para. Me advierte de que no ha lavado sus ropas. Venga, ahora con esas, me abraza. Aprovecha para enviarle un mensaje a Leo antes de pillar su vuelo. Esto si que no me lo esperaba. Ella llego aquí hace tres días. Ha hecho el viaje a Fisterra y directamente, sin hacer noche allí, ha vuelto a Santiago. No hay otra explicación.

Vuelvo a mi hotel en soledad. Mi habitación me espera. Y bueno, mañana nos vamos a pegar la fiesta así que más vale descansar. Hemos quedado para ver la misa del peregrino ya que parece que por la mañana van a lanzar el botafumeiro. Mañana más.

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