Día 29: De Ribadiso da Baixo a O Pedrouzo

2 de octubre de 2013

¡Qué bien!

No sólo vuelvo a estar con mis compañeros sino que dormimos en la misma zona de camas. Eso sí, espero poder dormir, no las tengo todas conmigo.

Hoy, por delante, sólo 22 kilómetros. Antes de salir desayuno en el bar. Se me olvida dar alguna indicación y al intentar beberme la leche tengo que parar. Está ardiendo. La verdad es que lo tienen todo preparado para el desayuno. Y yo que voy sin prisas me pido una napolitana de chocolate. Antes de salir por la puerta veo llegar a los peregrinos de Pedrafita, sí, a partir de hoy este grupo tiene nombre, va gente que salió de Sarria pero cuenta la mayoría. Me despido de ellos.

Ayer no pude dormir muy bien. Cada cambio de postura era un suplicio. Definitivamente no voy a terminar el camino cómodamente. Por lo menos tengo el resto del cuerpo bien. O eso o este dolor me oculta otros. Pero vaya, ya te comenté ayer. No me quiero repetir demasiado.

En Arzúa veo como amanece. Cerca de mi varios peregrinos han elegido parar a observarlo. Ciertamente es hermoso y es uno de los dos que vamos a ver antes de llegar a Santiago. Aún recuerdo cada paso que dí sobre esta avenida recubierta de conchas. Cada paso más pesado. Venía de hacer la etapa más larga. En un momento me tuve que quitar el poncho, sentarme, sacar mi botella de agua y algo de comer para poder seguir caminando. Estuve a punto de perder mi camino. Eso fue hace tan sólo dos años. Hoy llegaba aquí en mi sitio. A mi ritmo. Con una botella de agua accesible. No sé si te lo he contado ya pero llevo siempre una botella de medio litro de agua en alguno de los bolsillos de mi pantalón. Una botella que voy recargando con la que va en la mochila.

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Decido parar un momento. Digamos que para ir a los servicios del anterior albergue lloviendo te tenías que mojar. Hay que salir por una puerta que parece secreta de la habitación, recorrer unos metros por el exterior y así se llega al baño. El albergue tenía dos grandes módulos y el baño estaba entre ellos dos. Es algo curioso. Igual, la próxima vez, si la hay, me quede allí de nuevo.

Paso por enfrente del albergue de Arzúa. Lo fotografío para recordar que un día dormí allí. Y comí en ese bar que ahora mismo está cerrado. Demasiado temprano. Recuerdo que tuve que pedir que me pusiera la comida en un cacharro. Estaba tan molido que no podía ni comer. Fue un día duro. Sigo hacia la plaza del peregrino. Como si se tratara del albergue de Portomarín me tomo una foto en honor a esos primeros compañeros de camino. Unos compañeros de los que renegué hasta el último día. Siempre iban a albergues privados y parecía que llevaban un rollo más festivo que el mío. El último día, dado todo lo caminado y que cuando me los cruzaba en algún pueblo nos lo pasábamos genial, decidí que se convertirían en compañeros de camino. Hoy, sólo se algo de sus vidas, nada del resto de peregrinos.

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Recuerdo haberme cruzado con un peregrino de Saint Jean Pied de Port (como el que estoy a punto de ser yo) que tenía un palo donde había marcado una linea por cada etapa. En su palo había una gran marca para el primer día. Creo que lo paso francamente mal. De mis compañeros ninguno ha hecho nada especial con el palo. Hay gente a las que he visto palos especiales como Mauro pero casi todos llevamos bastones técnicos de senderismo.

Menudo rollo te estoy soltando hablando de mi primer camino. Nada, aquello fue totalmente distinto a esto. Aún no sé que haré mañana, si llegaré solo, con gente o como. No lo tengo claro. De momento me dirijo a O Pedrouzo sabiendo que los brasileños van a estar ahí, que Saúl, Alessandro, Diego, Sergio y Silvia van a estar allí. Supongo que Miguel también estará por allí. Todos los peregrinos que he ido conociendo en esta experiencia y que en su momento estaban en León hoy estarán aquí.

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Antes de llegar a mi destino paro en un bar en Salceda a recargar mi móvil y a tomar algo para no desfallecer en lo que queda de ruta. Una cerveza y un bocata son suficientes. No sé si me queda algo en la mochila pero ya hace unos días que no compro nada y como siempre en bares o restaurantes que me voy encontrando. Al final el espíritu de subsistir se ha esfumado. Es normal, a nadie disgusta un buen bocadillo y muchos estamos ya hartos de usar la navaja. Hartos de buscar la tienda de turno. Siempre llevo algunos frutos secos y agua por si necesito una dosis rápida de energía pero el queso y el chorizo quedaron en el olvido.

Al salir del bar veo como llega gente del grupo de Pedrafita. Son majos pero llevan un rollo tan distinto al mio… Les recomiendo el bar donde me he quedado a tomar algo y les indico por donde continua el camino. Parecen un poco perdidos. Lo recuerdo bien, la primera vez que vienes, las flechas se esconden. Cuando paso por Santa Irene, recuerdo que mis compañeros han dicho que si veían que estaban muy cansados se quedarían allí. Bueno, yo sigo a O Pedrouzo. Seguro que están fuertes y llegan también allí. Si no me fallan las cuentas está casi todo el grupo de peregrinos allí.

De camino paso por un gran bosque de eucaliptos. Una gran reforestación los puso allí por el valor de su madera. Hoy en día, crecen los proyectos para recuperar los bosques de antaño. Si que recuerdo haber pasado por allí y que no me llamará la atención. Esta vez si que me la reclama. El ambiente está impregnado de su olor. La vista no encuentra a su paso nada distinto. Eucaliptos y un camino. En cualquier momento espero ver un Koala subido a uno de ellos pero esto no es Australia.

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Durante mi caminata me han pasado varios grupos grandes de peregrinos. Me han recordado a los grupos excursionistas que he visto en alguna foto. Todos con la misma mochila pequeña donde llevar agua y un poco de comida. Hoy no tengo prisa por llegar a ningún lado. La parada en Salceda ha sido generosa, sé que no voy a tener problemas de sitio en mi destino así que ando sin prisas.

Algún peregrino me ha preguntado si hablaba un idioma distinto al castellano y he decidido responder que no hablo otro idioma. He andado sin hablar con nadie. Mañana ya veré si decido hablar otros idiomas o no. De momento hoy necesitaba mi espacio al andar y una buena forma de conseguirlo es decir que no sabes hablar en ningún otro idioma que no sea el castellano. En agosto la cosa cambia, estás rodeado de gente que habla castellano todo el tiempo…

Llego al albergue y miro mi móvil. Mike me ha enviado una foto de su llegada a Santiago. Sólo le separaban 5 kilómetros así que salió a una hora decente y se puso allí. Creo que la última vez que hice el camino en esta etapa tomamos un atajo. No recordaba el paisaje ni que se tardara tanto en llegar. Nada más entrar me recibe una amable hospitalera.

Tras rellenar todo veo que tiene en su mesa una concha (como la que llevo en mi mochila) llena de chapas y pegatinas donde se puede leer ibaisiguetucamino. He visto las pegatinas en postes, en paredes… por todo el camino. Pensaba que llevaban allí algunos años. Según la chica que me atiende las pegatinas las está dejando la madre de un chaval que se mató en un accidente de tráfico en un puente. La madre debió de llegar ayer a Santiago. Se me ponen los pelos de punta. Esto quiere decir que las pegatinas estaban puestas tan solo un día o dos. No sé por que ha hecho el camino. Supongo que será en tributo a su hijo. Seguramente por que él querría hacerlo, sería uno de sus sueños. Es para quitarse el sombrero.

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Tengo ropa suficiente para llegar a Santiago pero hago mi ultima colada. Por que, en teoría, vamos a estar dos días en Santiago. Todavía no tengo mi billete de vuelta comprado. Todavía no sé si seguiré camino a Fisterra y Muxía o no. También por eso lavo la ropa. No quiero quedarme sin mudas si decido continuar hasta el final de la tierra. No sé. Todavía tengo que llegar a Santiago.

Al salir a tender he visto llegar a los brasileños y bajar a Miguel. El albergue tiene dos plantas. Se ve que a los primeros que han llegado los han mandado arriba. Ya es tarde, cerca de las cuatro. Los brasileños proponen descansar un rato y vernos a las seis en la puerta del albergue para ir a cenar a un restaurante cercano al que Beto le tiene echado el ojo. Tiro mi sabana sobre la cama y me dispongo a descansar un rato. Cuando es la hora salgo y veo como están llegando Diego y el resto. Finalmente vinieron hasta aquí. Les digo que voy al restaurante de al lado a tomar algo que si se quieren apuntar sin pegas.

Beto, Aline, Cristiano, Miguel y yo nos metemos en el restaurante. Vino, Pulpo, Carne, Brindis por la aventura que está a punto de terminar. Muchos de los brasileños tienen el vuelo pasado mañana así que mañana es su último día en España. Son la leche. Han calculado el viaje al milímetro y tenían claro desde el principio que harían el camino en 30 días o no lo terminarían. Quiero suponer que si hubieran notado que algo los retrasaría hubieran llamado para cambiar la fecha del vuelo pero no las tengo todas conmigo. Al tener tan poco tiempo quieren ir a la primera misa del peregrino que es sobre las 12. Esto supone salir antes de las 7 de O Pedrouzo. Han decidido que saldrán a las 6 con los frontales puestos y viendo su último amanecer del camino ya pasado el cartel de Santiago. No es mal plan pero yo prefiero descansar un poco más. Ya tendré tiempo de ir a la misa del peregrino por la tarde o al día siguiente.

Cuando llegamos al albergue veo, en la cocina, a todos los peregrinos de Pedrafita. Están cocinando una gran cena para celebrar los cumpleaños de algunas de las peregrinas. Una gran fiesta antes del último día. Nada, espero que no se arrepientan y que no brinden demasiado ;). Mañana parece un día light, son 21 kilómetros, pero yo lo recuerdo muy largo y pesado. Todavía hoy no sé si por las ganas de llegar o por que fue la primera vez que iba al ritmo de otros.

Lo que sí que tengo claro es que no voy a dormir en uno de esos apartamentos donde alquilan habitaciones. Mañana, en Santiago, iré a la oficina de turismo y pediré que me reserven una habitación en un hotel, a ser posible, cerca de allí. Es un poco peligroso ya que podría quedarme sin plazas pero lo prefiero. No guardo buen recuerdo de mi estancia en uno de esos apartamentos.

En el salón del albergue cargo mi móvil por última vez. Entra un ciclista a preparar sus alforjas. Hablamos un rato. Es un bombero y viene de hacer el Camino del Norte en bicicleta, claro. Enseña con orgullo los billetes de barco que ha tenido que sacar. En el camino del norte hay dos momentos en que hay que montarse en un barco. Dice que es una imagen peculiar la de los peregrinos con sus mochilas o sus bicis subidos en un barco. Un barco lleno de peregrinos. Peregrinar en barco. Jajaja. Todos los peregrinos coinciden. En paisajes, en montaña… es el camino más bonito y por ende, el más duro. Yo estoy a punto de cumplir mi reto. No envidió a nadie.

Cuando ya se ha cargado mi móvil salgo fuera. Está lloviendo. ¿Cómo? ¿Lluvia? Saltan todas las alarmas. Mañana, en nuestra llegada a Santiago podría llover y como lo haga con esta intensidad estamos jodidos. Muy jodidos. Desde los bancos y bajo el techado escuchamos el viento y vemos como cae agua como si no hubiera mañana. Todos los que estamos allí. Peregrinos de Saint Jean, de León, de Oviedo, de Irún… todos esperamos que mañana el tiempo nos de una pequeña tregua. ¡Oviedo! Sí, en este albergue hay peregrinos de casi todos los caminos. Por este albergue es posible que pase mi compañero Leo. No sé por donde va. No sé cuantos días le quedan para llegar a Santiago. Quizá llegue a tiempo para celebrar su cumpleaños. Recuerdo que los primeros días jugábamos a pensar que lo celebraríamos los cuatro juntos en Madrid. Eso, ahora, es imposible. Mike se va pasado mañana a primera hora de Santiago, Alexander ha vuelto a Argentina desde donde manda fotos de sus tierras y su tobillo y bueno, Leo está de camino, como yo.

Como los brasileños van a salir con Miguel muy temprano les pregunto a mis compañeros a que hora van a salir. Me dicen una hora más cabal así que les pido que me despierten mañana por la mañana.

– Vale, ¿Donde duermes Miguel?

– Allí.

Hostias, si es la misma zona donde dormimos nosotros.

– Jajaja… nada, pues me despertáis seguro… jajaja. Yo paso de levantarme mañana a las 6 para llegar a Santiago. Si sigue lloviendo así no salgo hasta que salga el sol.

Todo el mundo a dormir. Preparamos las mochilas y a punto de dormir empezamos a escuchar a alguien que ha brindado más de lo que su cuerpo puede soportar. Alguien le da consuelo. Me da un poco de cosa al principio pero, extrañamente, se disipa ese sentimiento y comienzo a sentir pena por esa persona. No puedo dormir pero supongo que ya se le pasará lo que tenga. Mi compañera Silvia, que está enfrente de mi tampoco puede dormir con este ruido. Diego en la cama superior parece sobar sin mayor problema. Ulrike, la peregrina que conocimos de camino a Palas de Rei que está en la litera de encima de Silvia tampoco se explica nada. Parece que a este sector le va a ser difícil conciliar el sueño. Ya de la última vez recuerdo a gente con problemas en este albergue. No, no es el albergue. Es que hoy, esta noche, es la última noche antes de llegar a Santiago.

Mañana Santiago. No me lo puedo creer todavía.

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