Día 28: De Palas de Rei a Ribadiso da Baixo

1 de octubre de 2013

Una etapa corta antes de llegar a O Pedrouzo. Tan solo dos días me separan de Santiago. Dos días para terminar el reto.

Son las 7 de la mañana. Bastante gente ya está despierta. Recojo mi saco, la sábana que me dieron ayer, les deseo a todos buen camino y me voy al bar. Al subir las escaleras veo como alguien al bajarlas resbala sin terminar de caerse. De buena mañana la gente está torpe. Me pido mi ColaCao y mi napolitana. No tengo nada de comer en la mochila así que tengo que desayunar y hacer un poco de tiempo para que cuando llegue a Palas de Rei pueda comprar algo.

Mientras desayuno en la barra veo como a mi izquierda, a la hora acordaba, empiezan a subir peregrinos con maletas de las que he visto por la tele que soportan golpes y lo que les eches. Las dejan para que se las lleve el servicio de transporte de mochilas. He visto a gente mandar mochilas como la que llevo yo alguna etapa pero esto me sobrepasa. Estas maletas no se pueden transportar a pie. Estos peregrinos están haciendo un camino distinto al mio. En una maleta así no hace falta tener claro que te quieres llevar. No hace falta la selección que me llevó dos semanas hacer. Está claro. Suben con ropa de footing y una pequeña mochila donde llevan comida y agua, ayer vestían con pantalones y camisas. Son turigrinos de verdad.

Salgo del bar huyendo de esa imagen. Voy sin frontal por que recuerdo que el camino está iluminado. Me resbalo. Estoy a punto de morder el polvo pero me salvo en el último momento. Joder, me ha pasado lo mismo que al peregrino que he visto antes. Creo que ver a los turigrinos me ha llegado a indignar. En realidad no es así. No conozco la situación personal de ninguno de ellos. En cierta manera creo que ellos también disfrutan del camino y lo viven. No tengo la verdad absoluta. Mi experiencia no es la más válida. Mi experiencia… es eso… mi experiencia.

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Sigamos. La gente ya va más tranquila por que no hace tanto calor y podemos apurar más el día. Por delante, si no me fallan los cálculos, unos 26 kilómetros. El paseo que recordaba bien iluminado de la última vez que estuve en Os Chacotes está oscuro. Saco el frontal. El paseo está cerrado por arboles a los lados y la única luz que nos acompaña es la de una especie de faros que apuntan al suelo. Frontal y a correr.

Cuando llego a Palas de Rei entro en un bar a pillar agua que se me ha olvidado comprar en Os Chacotes. En Palas el camino te demuestra, a las claras, que muchas veces da rodeos que se podían salvar para hacerte ver el pueblo. A la salida hay una estatua con dos peregrinos. Elijo visitarla para recordar viejos tiempos y por seguir el camino sin perderlo en ningún momento. No te voy a mentir. Cuando estoy a punto de pasar por el punto que te manda a hacer un rodeo me planto. Miro a mi alrededor. Voy a darlo. Ya empieza a salir el sol y comienzo a ver el paisaje que nos acompaña.

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Hoy paso por Melide. Este día lo recuerdo de mi primer camino muy malo, a punto de tirar la toalla y con mucha lluvia. Era, con diferencia, el día que más kilómetros había que andar y la subida desde Ribadiso me pareció una tortura. Lo mejor fue que hubo un momento en que leí que me quedaban cuatro kilómetros cuando en realidad me quedaban ocho. Corrí y cuando me di cuenta de que me quedaban cuatro más tuve que bajar el ritmo para no caerme producto de una pájara. Aquel día pasé de largo en Melide. No tomé el famoso pulpo. Recuerdo que justo a la salida tuve que quitármelo todo para beber agua. Estaba deshidratado. Hoy no dejaría que pasará esto. Que carajo, conocía de primera mano un buen sitio para tomar pulpo y ese lujo me lo iba a dar.

Paso un monolito que indica que entramos en La Coruña. Sí, efectivamente, en la provincia donde está Santiago de Compostela. No me termino de creer que esté ya tan cerca. Se me hace muy raro después de salir de Francia, pasar por Pamplona, Logroño, Burgos, León… por fin La Coruña. Y lo sé, cuando llegue a Melide quedarán sólo 50 kilómetros (no es, por poco, la misma distancia que hice cuando llegué a León). Me viene al recuerdo aquel cartel de 790 kilómetros a la salida de Roncesvalles, la gente que posaba ante una cámara que no era la mía para salir retratado. Mis primeros compañeros en este camino. Vamos, aún no hemos llegado a Santiago para pensar en estas cosas.

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¿Sabes? Llevo varios días viendo hórreos. Son construcciones donde se guarda comida. Están en altura para que los animales no tengan fácil acceso aunque los gatos se han hecho los amos de aquellos lugares. Es muy típico en el norte de España. Siempre recordaré el primero que vi, en casa de unos amigos de mis padres, en Asturias. No sé si por lo raro que me resulto verlo o por el mugido de una de las vacas que caminaba por allí aquel día en mi oreja. Desde ese día sé que las vacas no hacen muuu muuu inocentemente. Es más bien ¡¡Muuuuuuuuu!!

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Antes de llegar a Melide escucho a dos peregrinas hablando.

– ¡Para!. ¡Qué vamos a pijo saca’o!

No puede ser… esa expresión es tan conocida que me sonrió. Estas dos peregrinas son de Albacete. Me cuentan un poco de su historia. Salieron de Pedrafita do Cebreiro, que está cerca de O Cebreiro. Han venido por gusto de vivir la experiencia. Es su primer camino y van, efectivamente, muy rápido. Les da miedo resbalarse en este terreno así que bajan el ritmo un poco. Yo las adelanto, nos volveremos a cruzar. Veo un cartel que avisa de que el terreno, efectivamente, es resbaladizo. Empiezo a bajar con más cuidado y finalmente llegamos a Melide.

No reconozco nada. ¿Seguro que es esto? Pienso en que quizá estaba tan cansado aquel día que no era fácil para mi recordar. Mis recuerdos hablan de un camino rural y a la izquierda un pueblecito que bordeamos, justo al lado del camino algún que otro bar, un pasillo con una parra… nada de un pueblo o una ciudad. Recuerdo también que había algún desvío por obras, quizá me perdí Melide por eso. No sé. El caso es que el camino me lleva directamente a los dos sitios emblemáticos donde sirven pulpo. En el que me han recomendado paro y pido una ración de pulpo. Cuando veo que van sin patatas le pregunto al camarero si me puede poner patatas cocidas con el pulpo. Al parecer no hay manera. Se sirven aparte. Pues unas patatas también.

Llega la ración y la primera pregunta que me surge es si eso que me han puesto es para una persona o para varias. Desde luego no me va a faltar de nada. No sé si lo podré quemar. Le tomo una foto al plato y se la envió a mis compañeros de camino señalándoles donde acabaré hoy mi ruta. Ellos hoy se quedan en Melide. Y mañana me comentan que van a O Pedrouzo, unos 33 kilómetros justo el día antes de llegar a Santiago. Yo prefiero tener una etapa corta antes de llegar a Santiago y no llegar cansado y mirando al suelo como la última vez. Aunque hoy ya estoy deseando verlos. Incluso me planteo el quedarme en Melide pero me parece que sería echar el día de ayer por la borda. Tengo que continuar. Vamos, voy a hacer noche en un albergue con el rio al lado y eso… no tiene precio, bueno, sí que tiene.

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Después de tomarme el pulpo y de que el cocinero me confunda con un extranjero por intentar hacerle una foto mientras lo cocinaba… salgo de allí. Quería una foto costumbrista pero al final me tengo que quedar con la foto de turista. Me sigue sorprendiendo que no reconozca todo el camino y que esta vez lo vea más bonito. ¿Será un cambio en mi actitud? Es posible. Pero como aquella vez he vuelto a huir de compañeros de camino para afrontar el final en solitario.

Salgo de Melide. Bien alimentado, bien hidratado. La pájara que en otro momento tuve hoy se convierte en un andar sereno. Sin prisas me encamino hacía Ribadiso. Mi objetivo hoy no es llegar Arzúa. Mañana por la mañana tengo tiempo de sobra para llegar. El final de la ruta de hoy transcurre por un bosque. Paso un puente, lentamente, y justo al final del mismo piso mal la madera y pego un culazo. ¡Bien!. Por suerte la mochila me protege y no me hago nada. Hoy llevo ya dos momentos en los que ha peligrado mi integridad física. No sé que me pasa. Vuelvo a pasar por sitios emblemáticos como una especie de parada de autobús que recuerdo del último viaje. Sí, hay momentos en que recuerdos de personas, lugares, conversaciones de otros caminos vuelven a mi cabeza pero son tan puntuales que se me hacen imperceptibles.

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Ya veo el puente que me dejará en Ribadiso da Baixo. El río pero… ¿Dónde está el albergue? Lo que yo recordaba como una cabaña con un bar hoy se ha convertido en una serie de módulos. El bar está un poco más adelante. Creo que el cansancio finalmente hizo mella en mi percepción de la realidad. Aquello no es tan bonito como recordaba pero ya conozco el albergue de Arzúa. La última vez que estuve allí no pude dormir por que eran las fiestas del pueblo y la verbena de Rock And Roll hizo su efecto. Creo que con 26 kilómetros son suficientes por hoy.

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Podría seguir andando pero no tengo ganas de joderme. Además, vuelvo a tener ropa sin secar ya que ayer llegué tarde al albergue. El día soleado invita a limpiar o dejar a secar toda la ropa posible. Para la próxima prometo aprender a escurrir bien la ropa. O eso o llevarme un ventilador solar a cuestas.

Entro en el albergue y me dan habitación. Antes de entrar me quito las botas para ponerme las chanclas. Dejo mi mochila a un lado. Saco mis chanclas. Me siento y veo las estrellas. No puede ser, aún es de día. Algo me hace cerrar los ojos con fuerza. Un intenso dolor me avisa de que no me he sentado en el lugar correcto. Miro hacía atrás. Efectivamente, me he sentado justo en el borde de la silla y lo he hecho a una velocidad inusual. El dolor es… bueno, indescriptible. Me llega a parecer que me he roto allá donde acaba la espalda. Sé que todo está bien. Simplemente ha sido un golpe justo en la curcusilla. Al menos ahora sé de donde le viene el nombre. Todavía no me había dado cuenta de que esta palabra contenía silla. Desde luego, te confieso, que sentarme en cualquier lado o acostarme de espaldas ha sido un suplicio. Espero que mañana todo vaya a mejor.

Después de este episodio estelar me he duchado y he lavado la ropa. He ocupado una hilera entera con mi ropa. Soy amable pero realmente no conozco a nadie así que cuando es la hora me voy a comer, solo. Justo al lado del albergue hay un bar. El dolor todavía es muy intenso así que sentarme en una silla me cuesta demasiado. Aún así lo hago esperando que el tiempo mitigue la sensación y para cuando llegué la comida ya esté tranquilo. Falsas esperanzas las mías. No, ese dolor no se va ni de coña. ¿Una lección? Nunca te dejes caer sobre una silla. Creo que es una de esas lecciones que se olvidan pero de esta ya debería aprenderla.

Mis compañeros de la mesa de al lado… Son los chicos con los que estuve hablando ayer por la noche antes de ir a dormir. Los saludo y los dejo comer tranquilamente. Sólo un comentario en común. Podían mejorar la cocina. Sin duda… tienen trabajo por delante. He leído muchas veces que el peregrino agradece y el turista exige. No digo que no agradezca el trato que es cordial en todo momento. Por lo que cobran la cocina debería tener otro nivel. De todas formas, hoy no es mi mejor día, igual me estoy dejando llevar por el dolor y realmente la comida estaba buena. No sé.

Después de comer me meto en la cama a descansar. Tengo ibuprofeno así que ante el peor escenario tengo una pequeña solución. Me acuesto en mi litera. Subir a ella es un suplicio. Tardo un rato en encontrar la postura y cuando ya la tengo descanso. Hay más gente que descansa como yo. Se nota que estamos llegando por que hay varias camas donde duermen dos personas. No les queda espacio para descansar. Algo me dice que no buscan descansar precisamente.

No conozco a nadie. No tengo nada que hacer. No quiero conocer a nadie más. Me despierto y les escribo a mis compañeros de camino para saber donde van a dormir. Mike ya está a punto de llegar de Santiago. Dice que hoy se queda en Monte Do Gozo, a 5 kilómetros de Santiago. Finalmente va a hacer el camino en 29 días. Si no pasa nada yo llegaré pasado mañana. Lo que antes de empezar me parecía imposible está a punto de convertirse en una realidad. Mis compañeros de Camino que están hoy en Melide dicen que mañana van, sin falta a O Pedrouzo (esto son 33 km para ellos antes del día de la llegada a Santiago). Al menos están junto a una persona que se conoce Melide. Pueden incluso salir de copas aunque no creo que lo hagan. Desde O Pedrouzo sólo les separan 21 kilómetros de Santiago. Lo tengo decidido. Mañana iré a O Pedrouzo para estar con ellos y poder salir hacia Santiago juntos. Se repite la historia. El último día siempre me gusta hacerlo con gente con la que más o menos tengo confianza.

Bueno, vamos a disfrutar del río.

– Hola Miguel.

Anda, si son las chicas de Albacete.

– Hola. ¿Y toda esta gente? ¿Os conocéis de antes?

– Sí, salimos todos de Pedrafita y nos hemos ido quedando en los mismos sitios.

Son todos españoles. Me suena tan raro decir esto. Ya pensaba que no me iba a encontrar con ningún grupo de españoles. Van con mochila, eso es seguro. Una de las chicas de Albacete está comentando que en el terreno resbaladizo ha caído al suelo. Al parecer tiene el mismo dolor que yo. Espero que sea menos intenso. Todos, sin excepción, estaban con los pies en el agua. Está claro que es reparador. Se van a dar una vuelta y los acompaño. Siento que no es mi lugar. Pasamos por el albergue privado. Le pregunto a la persona que hay en recepción donde hay otro bar por allí. Me lo indica. Al parecer hay que andar un kilómetro y medio pero bueno, merece la pena intentarlo. Llego allí. Una piscina fluvial con sus escaleras, una zona de juegos y un chiringuito. Miro los precios y es como si se hubiera puesto de acuerdo con el del bar que tengo justo a las espaldas del albergue. La única forma de conseguir precios distintos es llegar a Arzúa. Ahora entiendo el mótivo de la visita que nos hicieron algunos peregrinos aquel año. Me pido un sándwich y una bebida refrescante. No sé, algo me dice que si vuelvo a hacer el camino no volveré a descansar aquí. Aún pienso que el dolor puede hablar por mi.

Después de cenar vuelvo y veo a los españoles buscando sitio en el restaurante para cenar. ¿Sabes? He vuelto a ver a los personajes que no paraban de reírse en Fromista. Siguen juntos después de tantas etapas. Y no sólo eso… van a terminar el camino juntos. Me alegro un montón por ellos. Los saludo. Aún se acuerdan de mi. Hoy voy con tantos españoles que me evitan. Sí, mis compañeros son más escandalosos que ellos. En el grupo hay peregrinos que me recuerdan a mi hace dos años. Estoy seguro de que alguno de ellos repetirá para hacerlo completo aunque sea subiendo unos días cada año. El camino es algo que te deja tocado. La gente, el esfuerzo, ver como el cuerpo se adapta a todas las situaciones… Te atrapa.

Algunos españoles han pedido lo mismo que yo cuando he comido y les ha gustado. Seguro que ha sido el dolor el que hablaba por mi. Seguro que este sitio era genial. Que la comida era genial. Que aquel chiringuito era un restaurante de lujo. Que los precios estaban tirados. Que no te cobraban una salvajada por un refresco. No sé, creo que no estoy para criticar nada. Simplemente espero que se me pase el dolor pronto. Durante la cena estaba como ausente. Dos días de soledad han sido suficientes.

Ha sido un día muy largo. Mañana me reuniré de nuevo con la gente que está haciendo el camino conmigo. ¡Hasta mañana!

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