Día 27: De Ferreiros a Palas de Rei

30 de septiembre de 2013

Hola:

Hoy al final me he metido entre pecho y espalda los 35 kilómetros que me separaban de Palas de Rei. Recuerdo una vez que dije que no iba a volver a los mismos sitios por donde había hecho noche ya pero aquí estoy, de nuevo, en Os Chacotes.

Esta mañana los que ayer nos fuimos de cena hemos desayunado juntos. El planing está claro. Ayer Diego creó el grupo de WhatsApp. Vamos a comer, dentro de dos días, juntos en Melide. Pulpo en un sitio que él conoce. No sé lo que hacer. El plan es buenísimo pero quiero llegar con etapas cortas dos días antes. Me despido de Diego, de Sergio y de Silvia. Si las fuerzas me acompañan iré a Palas de Rei. Todos me miran como si estuviera loco. Es de locos hacer una etapa de 35 kilómetros unos días antes de llegar a Santiago pero lo prefiero a tener que hacer una de casi 40 como se están planteando ellos justo el día de antes de llegar a Santiago. Además, no sé por que pero necesito soledad en estos últimos tres días hasta llegar a Santiago donde estoy seguro que los volveré a ver.

No tengo nada claro lo de llegar a Palas hoy… es mucha distancia. Si no llueve quizás pueda hacerlo. Si llueve como ayer por la tarde va a ser imposible. La lluvia cansa más que el sol. Empecemos el día.

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Nuestro primer destino para hoy es Portomarín. Mis compañeros cogen ritmo y los pierdo de vista. Si quiero llegar a Palas de Rei más me vale no ir muy rápido. Voy paso a paso. Portomarín seguro que me causa impresión. Fue mi primera parada en el camino de hace dos años.

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Nada más entrar al pueblo hay unas escaleras. Justo después me encuentro con mis compañeros de Nueva Zelanda. Les deseo Buen Camino. Están tomando un descanso antes de seguir. Para seguir el camino hay que hacer algo raro que no recuerdo. No veo las flechas que me indiquen hacia donde ir así que camino sobre los pasos que recuerdo.

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Llego a su iglesia, cerrada. La última vez no pude verla por dentro. Hoy… tampoco. Se trata de un edificio que fue transportado piedra a piedra ya que la construcción de un embalse hizo desplazarse al pueblo a este lugar. Recuerdo haber visto el reportaje por la televisión. Este pueblo es famoso. Paro, saco mi cámara y repito la foto de hace 2 años. Estoy feliz. En este momento es cuando me doy cuenta de que ya he hecho el camino completo.

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Más lejos está el albergue de peregrinos dónde conocí a mis verdaderos compañeros de mi primer camino. Recuerdo que ellos iban siempre a albergues privados pero, aquel primer día, todos acabamos en el público. Hicieron buenas migas. Me los crucé en todos los pueblos pero yo había ido a hacer el camino solo y lo haría solo. Fue algo raro pero algo parecido me está pasando ahora. Clic. Una foto en el albergue para que vean que me acordé de ellos y de ellas. 😛

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Vuelvo sobre mis pasos, entro en una cafetería. Creo que es donde comimos aquel día los granadinos y yo. Me pido algo para tomar fuerzas. Salgo de allí e intento recordar por donde seguía el camino. Mi intuición está acertada. Me voy no sin antes ver como varios peregrinos se pierden.

El camino ya me quiere ir sonando. Este es el segundo día que camino sobre mis pasos. Al pasar por Gonzar los recuerdos se acumulan en mi mente. Aquella vez iba buscando dos sellos cada día. Hay que seguir haciéndolo pero yo paso de rollos. Estoy seguro de que me ven la cara y ya tienen su certificado. Camino disfrutando de la compañía repentina. Veo a Alessandro, Saúl y Bruno que van a parar en un bar a tomar un refresco. Paro con ellos pero pido un señor bocadillo. Estoy reventado. En la mesa de al lado vemos a una chica mirando un mapa. No nos suena pero lleva una mochila como la nuestra y una sonrisa peculiar. Despreocupada de todo habla con nosotros ¿O era nosotros con ella? No lo sé, simplemente conversamos. Cuando le preguntamos donde va descubrimos de donde le viene esa magia. Está haciendo el retorno. Vuelve a la ciudad de donde salió después de hacer todo el camino completo. No tiene compañeros de camino.

No te lo he contado pero estos días hemos visto a un francés que nos pasa en dirección contraria. Saúl y Alessandro saben su historia. Se trata de un peregrino que ha venido con su mujer. Van juntos en coche al pueblo final y el hombre vuelve andando al pueblo de origen. Es como hacer un retorno pero avanzando hacia Santiago de Compostela. ¿Qué hará el último día?

Bruno, Alessandro y Saúl se han ido cruzando conmigo todo el día. Cuando ya no podíamos más nos hemos parado en un albergue muy acogedor. Sin plazas, eso sí. En el muro que está frente al albergue hace dos años me quitaba las botas para sacarme las piedras que llevaba. No tengo claro que vaya a llegar a Os Chacotes. Está lloviendo fuerte. Vamos a descansar un momento a ver si para y podemos afrontar los últimos kilómetros de la etapa.

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Durante varios tramos hemos visto a una persona que lleva su propia tienda de campaña. No sabemos nada de su historia pero estamos a punto de conocerla. Cuando ya nos hemos sentado y estamos descansando asoma por la puerta.

– ¡Hola! Voy a ver si por lo menos me dejan poner la tienda de campaña debajo del gran árbol de la entrada. Estoy molido por hoy.

– ¿De donde vienes?

Salí de Valencia en Mayo. He atravesado las dos manchas. Eso ha sido lo peor, sin duda. Pero bueno, llevo mi casa a cuestas… así por lo menos no me falta donde dormir.

En estas estamos cuando de dentro del albergue sale una muchacha conocida por algunos de nosotros. Me la presentan. Me ha parecido entender que se llamaba Ulrike. Nos dice que van a poner una película, que nos quedemos a verla y después decidamos donde ir. Bruno ya no puede más y yo tampoco estoy de ánimo para ver una película. Se nos va a hacer de noche como sigamos a este ritmo.

Los hospitaleros nos indican que justo al lado hay otro albergue. Que si no hay plazas allí a dos kilómetros tenemos otro. Nos despedimos del peregrino que viene desde Valencia. No sé si lo volveré a ver pero tiene mucho mérito. Va cargado como un mulo. Como habían pronosticado, al final de la calle se encuentra el albergue anunciado. Entramos y no hay hospitalero. Sólo vemos a un peregrino dando vueltas que no sabemos muy bien que hace allí solo. No vamos a esperar para que llegue el hospitalero y nos diga que no hay sitio así que decidimos andar un poco más hasta Airexe.

Por el camino empieza a llover de nuevo y a Bruno se le van los demonios.

Sólo un poco más, sólo un poco más… Lleváis una hora ya diciendo esto. Estoy harto… Maldita sea…

Y tras decir esto suelta una sonora carcajada. Menos mal que no se le va el sentido del humor. Por un momento miro sus pies. Unas chanclas los cubren. ¿Se le abran roto las botas? No las veo colgadas de ningún sitio ¿Las llevará dentro de su mochila? Les pido a Saúl y Alessandro que le pregunten. No hace falta, al parecer ellos ya se dieron cuenta el primer día. Bruno lleva todo el camino andando con chanclas. No puedo creerlo. Al darse cuenta de que estamos hablando de esto Bruno comenta que al menos no lleva los pies mojados ni se tiene que preocupar de secar las botas. Lo hace con una sonrisa en la boca. Ya hace días que entre nosotros le llamamos Gandalf. Es pura sabiduría pero esto ya… es un mago, está claro. Nadie puede usar sólo las chanclas para andar sin tener dentro una gran cantidad de magia. Cuando llegamos a Airexe para de llover.

Mientras entran a preguntar yo me paro un segundo. Abro mi guía. Estoy a seis kilómetros de Os Chacotes… Yo creo que puedo llegar. Los miro, me miran, lo saben. Sólo se lo digo para que no tengan dudas. No puede ser, me dicen, estás loco. La verdad es que llevamos ya tiempo andando, el tiempo no está para parar de llover y ya. Podría caerme una buena de agua de camino a Os Chacotes. Pero… ¿Qué demonios? Son seis kilómetros y ya de todas todas llego a Santiago en 3 días. Vamos allá. “Buen Camino”.

Estoy seguro de que como mínimo los volveré a ver en Santiago así que vamos a terminar esta aventura cuanto antes. Caminando paso por al lado de un albergue que tiene hormigas en su jardín. Explican muy bien el espíritu del peregrino. No se trata de llegar lo antes posible a ningún sitio sino de caminar y paso a paso, como una hormiga, ir alcanzando el objetivo final. Llegar a Santiago.

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Otro punto me llama la atención. Se trata del kilómetro 69. La gente lo ha firmado casi tanto como el 100. Es un hito que recordaba todavía de mi anterior camino. Alrededor de este número un corazón. ¿Para muchos peregrinos este es el monolito del amor? Es gracioso sin duda. Y lo mejor de este monolito es que indica que estoy a escasos kilómetros de mi destino de hoy.

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Me pasa como otras veces. La última vez que vine aquí, recuerdo llegar a punto de tirar la toalla, cansado, con ganas de lanzar a la mierda la mochila y ducharme. Hoy llego cansado pero por que llevo muchos kilómetros y no veo la cuesta que recordaba por ningún lado. Está claro que la percepción depende mucho del estado en que se encuentre uno.

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Entro al albergue. Es un albergue público con dos pabellones con dos plantas cada uno. Seguro que hay plazas. No he visto a nadie por fuera, no hay follón de peregrinos. Es tarde y hace un tiempo muy malo. Deben de estar todos metidos en la habitación o en el bar de la cabaña que hay más abajo. Bueno, mi cama, mi ducha y esas cosas. Cuando entro en la habitación la sorpresa es mayúscula. No puedo creerlo. No hay casi nadie. Somos unas diez personas en la habitación de abajo. Está claro que el camino en agosto es una locura.

Antes de entrar en la ducha saco toda la ropa de mi mochila y la cuelgo por las camas que veo libres para que se seque. Mañana tengo que poder ponerme algo y digamos que en Ferreiros no conseguí secar del todo nada. Por cierto, no te lo he dicho pero ayer me seque sin toalla. Hoy al sacarla tras dos días en la bolsa me he dado cuenta de que tiene vida. No puedo usarla. Apurado le he pedido una al hospitalero.

– Toma esta, se la dejo alguien.

– ¿Hace mucho?

– Sí, no te preocupes que no volverá a por ella. Lleva unas dos semanas aquí.

Es la primera vez en el camino que me deshago de un elemento de mi mochila. Aquella toalla, la que tiene vida, debe descansar en la papelera de este albergue. En su lugar una toalla de microfibra negra me acompañara hasta Santiago. Me ducho, me pongo algo y me voy a la cabaña a cenar. He llegado con el tiempo justo.

Entro en el restaurante donde la última vez que estuve aquí recuerdo que me conecte a Internet tras tres días desconectado. No aguante más de tres días. Ahora con Internet en el móvil no sé si he estado algún día sin conexión a la red de redes. Eso sí, tengo claro que sólo en días excepcionales he respondido a mensajes que me llegaban a mi buzón de correo.

Me pido una hamburguesa aunque tengo el hambre justa. Veo a gente alojada aquí que baja a hablar en inglés con el recepcionista. Este les dice a que hora deben estar mañana con las maletas preparadas para que el servicio de transporte de mochilas las lleve al final de la etapa de mañana. Es la primera vez que asisto a este extraño ritual. Lo que veo me recuerda a un viaje organizado. Menos mal que yo puedo hacer el camino a mi ritmo. Cada día me levanto y voy donde quiero.

Termino mi cena con mi refresco y me voy a dar una vuelta para recordar la última vez que estuve aquí. Hace sólo dos años. No ha cambiado nada. Recuerdo que aquella vez bajé a Palas de Rei por la tarde. Hoy está a punto de anochecer. Y bueno, como he dicho ya en alguna ocasión aquel camino lo hice casi por completo de noche. Me gusta ver por donde camino y más si el tiempo que hace me lo permite.

Llego al albergue donde veo a gente haciéndose curas en los pies y una pareja cenando. Esta pareja lleva el mismo rollo que la de Nueva Zelanda. Llevan un año dando vueltas por el mundo y su forma de acabar ese año de aventuras es hacer el camino. No son de España pero adaptan su inglés al mio y nos podemos comunicar sin muchos problemas. Hoy allí, todo el mundo, salvo el hospitalero habla en inglés. No conozco a nadie, ni a los del hotel, ni a los del albergue.

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Cuando me he alejado de Saúl y Alessandro en Airexe lo he hecho pensando en acabar el camino en soledad. Es algo que me llama la atención. Creo que quiero llegar solo a Santiago. Aunque no conocer a nadie no me termina de cuadrar. No tengo claro que quiera acabar solo el camino.

Mañana veré que hacer. Tengo ganas de descansar en Ribadiso da Baixo. Recuerdo la última vez que todo el mundo paró allí y animaban al resto de peregrinos que pasaban a que pararan. Me dieron ganas pero mi reto aquel día era llegar a Arzúa. Mañana podría disfrutar de este enclave. Un albergue justo al lado de un río donde poder meter los pies o incluso bañarse. Sé que mis compañeros pararán en Melide… Lo mejor es decidir mañana. Hoy estoy muy cansado.

35 kilómetros… Buenas noches.

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