Día 26: De Samos a Ferreiros

29 de septiembre de 2013

¡Hola!

Hoy puedo decir que ya tengo mi primer Camino de Santiago. Acabo de pasar por Sarria. Tengo una sensación extraña. Pasé por aquí hace años pero no lo recordaba tan espectacular.

La última vez que hice el camino, una de las claves que encontré, es que no miraba hacía arriba. Fui todo el tiempo pendiente de no caerme así que mis recuerdos se quedaron en lo que había justo debajo de mis pies. ¿Cómo me di cuenta de que no miraba para arriba? Fue necesario un golpe. Me dí en la cabeza con la señal típica donde se puede leer el nombre del pueblo o ciudad. Por suerte llevaba gorro. Eso sí, me desestabilice y caí al suelo. Recuerdo que mis compañeras de Vic se preocuparon por mi. Y yo… no, nada, no os preocupéis. Aquel día estaba harto de ir por asfalto y en la entrada se podía transitar por un jardín con césped. Eso sí, tenías que separar tu mirada del suelo. Este año, entre las muchas cosas que entrene una fue esta aunque es algo que tengo que seguir trabajando hay avances. Este camino quería verlo y disfrutarlo.

Esta mañana me he despertado cuando era todavía de noche para caminar con Alessandro y Saúl. Lo primero que hemos hecho, obviamente, es ir al bar a desayunar. En la puerta del bar veo a alguien bromeando:

Chico, anuncian lluvia.

– Tranquilo, si llueve ya me pondré poncho pero ahora me gusta ser optimista. Prefiero salir fresco.

La vestimenta es bastante peculiar. Visto desde mi perspectiva me recuerda un poco al primer peregrino que nos cruzamos en Saint Jean, el tipo de Suiza que ya debería estar aprendiendo snowboard para convertirse en profesor. Lleva manga larga por debajo, una camiseta corta por encima, pantalones anchos. Sin duda es optimista y transmite ese optimismo. Lo veo salir con dos personas más. Una muchacha joven y una mujer más mayor. No sé si me volveré a cruzar con ellos pero me caen bien. Van a su bola.

¡A desayunar! Veo pedir un zumo de naranja y unas tostadas. Me sumo a las tostadas con mi vaso de leche. Un zumo de naranja es genial para andar pero prefiero el tazón de leche. Es un ritual al que no le busco la lógica. Salimos del bar y hay dos opciones para llegar a Sarria, acompañar a la carretera o seguir por el bosque, son unos kilómetros de diferencia así que nos metemos por el bosque. Ya está amaneciendo. En nada tenemos toda la luz que nos puede hacer falta para no perdernos.

Antes de salir Alessandro y yo competimos por la mejor foto del monasterio. Él lleva una réflex. Yo una compacta. Tiro mi foto, él la suya. En la pantalla mi foto parece mejor que la suya. Sé que es mentira pero se la enseño. Se le van los demonios, como una cámara tan elemental puede tirar fotos mejor que la suya. Por suerte no puede ver la foto en una buena pantalla donde se aprecia la baja calidad del sensor. No puedo hacer maravillas pero en realidad no me hacen falta. He venido a disfrutar y a retratar lo que quiero recordar de lo andado. A mi me sobra, este camino, con esto. Más adelante he probado algún estilo y me ha gustado el resultado. La mejor cámara para el camino es el recuerdo.

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Nos adentramos en el bosque y volvemos a quedar maravillados por el paisaje. Hoy no tomo fotos durante este tramo. Disfruto mi paseo y lo guardo en mi memoria. Quiero pasar por Sarria a solas así que dejo que mis compañeros se alejen. El camino, misterioso para todos, pasa por aldeas de una o dos casas antes de llegar a Sarria. Es una gozada andar a solas con este paisaje. De vez en cuando me viene a la cabeza que cuando llegue a Sarria mis pies ya habrán caminado todo el Camino de Santiago una vez. Recuerdo todavía como me bajé de aquel tren sin haber dormido nada por una conversación con una persona de Madrid y otra de El Ferrol. Aquella mujer mayor que se nos unió y que luego resulto ser la pareja de un peregrino que venía desde León corriendo con una mochila que daba la risa de lo pequeña que era. Que envidia más sana me daba. Además, te pasaba y te gritaba “A toda leche peregrinos”. No sé si era para criticar la prisa con la que van los peregrinos en pleno agosto o se refería a la velocidad que él llevaba. Me despisto. Sigamos.

Al entrar a Sarria me he encontrado con Francesco que no quiere atravesar el pueblo si lo puede evitar. Ante nosotros unas escaleras que no recuerdo de mi última vez por aquí. Debemos estar más bajos que la estación de tren. Un lugareño le indica como atajar. Digamos que hemos salido al mismo tiempo los dos de un punto y yo he llegado antes a otro punto del camino. Creo que no hay posibilidad de atajo. Es una de esas veces en que el camino se porta bien y no te pasea antes de sacarte de allí. Estoy cansado así que decido tomar un descanso. En el bar están Annabelle con un chico que habla en inglés. Es lo suyo. Francesco y yo nos sentamos a tomar algo. Yo me pillo un bocadillo que bien podría ser la comida del día. Se me está haciendo muy larga la etapa, necesito retomar fuerzas. Francesco toma algo ligero. Piensa que no va a tardar en parar. Necesita descansar.

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Annabelle se despide de nosotros y cuando se va a ir empieza a llover fuerte. Llevamos ya un rato con una llovizna muy ligera que se puede llevar. Se queda con nosotros hasta que deje de llover tan fuerte. Entiendo su inglés y sus gestos. Yo tampoco tengo prisa por salir además de que me estoy acabando mi bocata de lomo a la plancha con tomate y queso. Ya doy por perdidos los recuerdos de mi paso por Sarria hace unos años. No me suena nada de nada, ni que fuera una ciudad cuesta arriba ni nada. Lo único que recuerdo es que salimos de la estación, cruzamos una calle, giramos en un momento dado a la derecha y ya seguimos la calle hasta entrar en una zona de bosque que recuerdo bastante sosa.

Podría llegar a Portomarín hoy como aquel día pero prefiero descansar antes. Salimos los tres juntos. Próximo destino… Barbadelo. Pasamos por una iglesia y nos metemos al bosque por una calle que no recuerdo. Lo único que coincide con mi recuerdo es un árbol centenario, al subir una cuesta. Esta cuesta no me hace daño pero aquel día me pareció una barbaridad.

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El paisaje no es soso. Se trata de una continuidad del paisaje de Samos, no salgo de mi asombro. ¿Por dónde fui yo la última vez? ¿Tendrá algo que ver que en el momento que yo lo hice era agosto y ahora estamos en septiembre, casi octubre? Es 29 de septiembre… mi santo. Cuando llegue a mi destino invitaré a algo a los peregrinos que conozca. Siempre hay un bar donde invitar. Crecen alrededor de los albergues, a la sombra del peregrino.

Llego a Barbadelo (a cuatro kilómetros de Sarria). Francesco y Annabelle, que me han tomado la delantera, se quedan a dormir aquí. Me animan a acompañarlos. Pero, aunque estoy cansado, yo no llegué ayer a Samos para quedarme hoy tan lejos de Portomarín y cortar de esta forma la posibilidad de cerrar mi camino en treinta días. Tengo claro que lo que me queda lo voy a hacer en cuatro días sin contar este. Se trata de comerle una etapa al camino que según la guía estándar que todos seguimos se puede hacer en treinta y un días. Me despido de ellos y les deseo buen camino. No sé cuando volveré a verlos, ni si los volveré a ver. Annabelle hizo bien en agregarme ayer en una de las redes sociales más populares. Supongo que querrá saber mi historia. Me temo que Diego le contó algo de como llegué a León.

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¿Seré un peregrino peculiar para el resto de peregrinos? Hace unas semanas hubo alguna persona que me dijo que yo era el peregrino auténtico. Fue antes de que empezará a alojarme en albergues privados. Fue antes de que empezará a dejar de comprar tanta comida para pasar a desayunar en un bar, comer en un bar, cenar en un bar. Ya hace varios días que no me compro embutido para comer durante el camino. Eso sí, el queso no me falta.

Desde Barbadelo hay, según la guía que llevo yo, unos 9 kilómetros hasta Ferreiros, el siguiente pueblo. Hace mucho calor. Pensaba que iba a ir a mejor pero de momento sólo veo como el cansancio aumenta. Me paro en una de las aldeas. Veo a una peregrina desesperada. Está como rota, no sé si lleva agua y comida. Aparenta estar desorientada. Le ofrezco agua y comida. Me lo rechaza. Sólo quiere saber si queda mucho para el siguiente pueblo. Estamos a unos cuatro kilómetros, no puede creerlo. Decido acompañarla lo que queda de camino hasta Ferreiros. En un momento dado me pide que vaya a mi ritmo que ella se apaña. Estoy preocupado pero parece estar agobiada con mi presencia así que me despido con un Buen Camino y sigo hacía delante.

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De repente, detrás de mi veo a una pareja, ella va como bromeando de que no puede más, encorvada, respirando fuerte y con los brazos extendidos. Él que se ve que la conoce la deja estar. Y luego hay una señora mayor que los acompaña. Vaya, si son las tres personas que vimos antes de salir de Samos. Me pillan y hablamos un rato en un inglés un poco básico. Me cuentan que vienen de Nueva Zelanda. Lo curioso es que entendí que venían de Irlanda, bueno, todos estamos muy cansados. La mujer mayor es la madre de ella y ella es su pareja. El tipo optimista está haciendo el camino con su suegra. Llevan un año viajando por el mundo. Acabaron la carrera y este curso lo han dedicado por completo a ellos mismos. Por muy curioso que me parezca es algo típico en aquellos países.

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Antes de llegar al monolito de 100 km hay una indicación que aparenta ser este. Veo a gente tomándose fotos y les indico, como buen peregrino de Sarria, que el monolito bueno de verdad está un poco más lejos y es más espectacular. El único monolito que se le puede comparar es el que vimos a la llegada a O Cebreiro que indicaba la entrada a Galicia. Está firmado por todo el mundo que por allí ha pasado e incluso hay peregrinos que han dejado parte de su equipaje como si se tratara de la Cruz de Ferro.

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Estamos cerca de Ferreiros. Las personas con las que voy van a quedarse allí. Alessandro, Bruno, Diego, Saúl, Sergio y Silvia dijeron ayer que pararían aquí. No es mala idea, estamos cerca de Portomarín y ya llevo unos 27 kilómetros. Necesito descansar. Entramos en el pueblo y lo primero que vemos es un albergue nuevo, espectacular. El cartel lo dice bien claro, no es el municipal. Detrás de nosotros llega la mujer que iba exhausta que se va dirección al ese albergue tan bonito. Justo enfrente tras una cuesta abajo, está el Municipal. Por lo menos si no hay plazas podemos ir al privado.

Llegamos al albergue municipal. Está cerrado aunque dentro se ve actividad. Se ve que la encargada está limpiándolo todavía. Somos los primeros en llegar. Esto si que hacía tiempo que no me pasaba. Delante de mi pasan las tres personas de Nueva Zelanda. La hospitalera no es muy simpática pero yo con una cama y una ducha me conformo.

Fuera hay un grupo de caballos primero lentos, luego más rápidos, parece que estuvieran preparándolos para una salida con turistas. Obviamente, se huele a caballo, justo donde hay que colgar la ropa. ¡Bien!. Dejo mis cosas, me ducho y salgo a limpiar la ropa. La escurro un poco, como siempre, y la cuelgo, sí, donde se huele a caballo. Como se me caiga algo al suelo… No llevo muchas pinzas así que la probabilidad de accidente aumenta peligrosamente. Y zas, mis pantalones acaban sobre la tierra. Si lo sé no los lavo. Vuelvo al lavadero, los limpio de nuevo como puedo y los cuelgo bien.

Entro en el albergue y me siento en la zona común. En ese intervalo ya han llegado todos. Están duchándose ya. Nos saludamos y decidimos que dado el tiempo que hace, amenaza lluvia, lo que vamos a hacer es quedar para cenar en un bar que está a menos de 20 metros del albergue. Si no llueve nos daremos una vuelta pero la cosa tiene mala pinta. Yo aprovecho para irme a dormir. Cuando estoy a punto de entrar en la cama veo a gente salir disparada para fuera. Llueve. Nada, que no hay manera. Cojo mis cosas y las meto para adentro. Las cuelgo en sillas como he visto hacer en mi casa alguna vez.

Sabes, todo el mundo ha hecho lo mismo y hay un charco en el suelo bastante grande. No me lo explico. Hay que ser poco solidario con el resto de gente para no escurrir bien la ropa. Bueno, ya vendrán a secarlo. Bruno, Alessandro y Saúl están en la secadora. La habitación parece una sauna. Al parecer no hay salida de agua en la secadora. No, este albergue no está cuidado.

Una secadora le vendría bien a mi ropa. Bruno me mira como diciendo.

– ¿Tu ropa? ¿Con la nuestra? Tu no estás bien.

Le intento explicar que quiero usarla después de ellos pero no logra entenderme. No sé hablar francés, ni italiano… no hay forma. Lo malo es que creo que hemos tenido un mal entendido. De repente Bruno señala el charco y parece decir, si no lo entiendo mal….

– ¿Tu ropa con la nuestra? No.

¿Cómo? Miro al charco de nuevo buscando su origen. Mierda. Es mi ropa la que deja ese charco. Si la he escurrido. Bruno toma una de las prendas, se sale fuera conmigo y la escurre.

– ¿Ves?. Venga… escurre amigo.

Finalmente creo que no ha sido un mal entendido. ^_^ No sé que ha pasado, igual llevo 26 días sin escurrir bien la ropa y como hacía calor ni lo notaba. Bueno… nada, la cuelgo en el perchero de la entrada que no molesta a nadie y a ver si consigo que se seque. A las dos horas salgo y la ropa sigue húmeda. La secadora del albergue donde estamos sigue intentando secar la ropa sin éxito.

Diego, que también quiere secar su ropa, y yo iniciamos una expedición en busca de una buena secadora. Seguro que en el albergue privado de la entrada a Ferreiros hay una. Entramos como si hubiéramos pagado la habitación, saludamos a la gente que se aloja allí y llegamos a lo que parece el cuarto donde está la secadora. La ponemos. Metemos las monedas y a ver que pasa. Hay que estar allí 20 minutos así que nos hacemos fotos haciendo el tonto. Atendemos llamadas, miramos el correo electrónico… Cuando termina el ciclo observamos con estupor que tampoco sale seca la ropa, es más, mi ropa parece más mojada que cuando llegamos. Salgamos de aquí y mañana será otro día. No va a estar lloviendo todos los días.

Vuelvo a colgar la ropa del perchero y nos vamos a cenar. Hemos quedado en el restaurante de al lado del albergue. Entramos, miramos las mesas. Aquí no hay nadie. Preguntamos por WhatsApp y no responden. Diego y yo recordamos que nos han contado que hay otro restaurante un poco más lejos, igual han ido a ese. Nos dirigimos allí por una bajada que mañana recorreremos pues forma parte del camino. Al entrar estamos en un bar muy normal. Vemos la carta. Miramos el móvil por si han respondido. Nada. Preguntamos a la señora si ha visto a unos jóvenes por allí. Nos dice que no ha visto nada.

Uno de los móviles vibra. Esta gente asegura que está en el comedor del bar de donde venimos. Subimos la cuesta que antes hemos bajado y entramos en el bar.

– Disculpa, ¿hay más mesas además de estas?.

– Claro, hay un comedor.

– Si no es mucha molestia. ¿Cómo se llega a él?

La chica nos indica por donde hay que llegar. Parece un comedor secreto y allí arriba junto a una pareja que cena tranquila están Bruno, Silvia, Sergio, Saúl y Alessandro.

– ¿Ha habido suerte con la otra secadora?

– Que va. Ni de coña. Además, allá arriba sólo hay gente muy mayor. Es muy raro. Nos hemos ido rápido pero si en un ciclo no seca… Bueno… vamos a cenar por favor.

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En la cena ha surgido una frase que no voy a olvidar nunca. Hemos dejado al bar sin existencias de vino. ¡Más vino!. Nos lo hemos pasado bien la verdad es que sí. Hay buen rollo entre esta gente. Incluso hemos hecho subir a la camarera exclusivamente para tomarnos una foto con ella. Y eso que decía que era poco fotogénica. Después, Alessandro ha hecho un vídeo para mandárselo a nuestros compañeros que hacen el camino primitivo. Estamos a cuatro días de terminar el camino. Es muy grande.

Durante la cena estaba un poco preocupado por que mi móvil no se cargaba. Cada media hora iba a verlo. Ha estado toda la cena igual. Algo muy raro pero dado que nos ha llovido, nos ha hecho frío… sólo espero que no se haya roto del todo y pueda volver a usarlo. Antes de acostarme lo he reiniciado y ya está cargando con normalidad dentro de mi saco de dormir.

Todavía no sé donde acabaré mañana. Si quiero acabar en 4 días lo ideal es llegar a Os Chacotes como la última vez pero eso son casi treinta y cinco kilómetros. Mis compañeros dicen que se van a quedar bastante antes. Y pasado mañana tienen pensado ir a Melide para pasar el día allí. Diego conoce bastante la ciudad. No sé que hacer. Mañana me lo pienso.

¡Hasta mañana!

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