Día 25: De O Cebreiro a Samos

28 de septiembre de 2013

¡Hola de nuevo!

Hoy cuando me he despertado la niebla cubría todo y lloviznaba. Pero, ¿Sabes? Ya estoy en Samos. Tengo al alcance de la mano acabar en 5 días. Los mismos que tarde en ir de Sarria a Santiago de Compostela la última vez que hice el camino, en agosto de 2011.

Debido a la niebla no he salido a primera hora. Lo último que quiero hoy, que tengo 31 kilómetros por delante, es perderme. No tengo claro que el camino esté muy bien indicado. Sé que hay gente que sale ya, la veo desaparecer en la niebla. Voy a esperar, por lo menos, a que salga el sol. Tuve suficiente con la bifurcación, en la que casi nos perdemos, de ayer por la mañana. Pero al final, el ansia me puede. Veo salir a tanta gente que decido adelantar un poco mi partida. Con niebla y sin sol salgo de este albergue público.

Si no me equivoco ayer Alessandro y Saúl siguieron al siguiente pueblo. Yo no sé ahora por dónde se va pero confío en otros peregrinos que tengo delante. A los quince minutos por fin veo una flecha amarilla que me indica que estoy andando sobre el camino correcto.

El día se despeja y llegamos a lo que parece el primer pueblo. Veo a gente volver de un lugar desconocido. Yo sigo las flechas. No están muy bien situadas pero sin niebla y luz se pueden ver. Los que regresan son peregrinos que se han perdido. A primera hora no se vería nada. Me alegro de haber salido más tarde. He tenido suerte de llegar a este punto crítico con buen tiempo.

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Y de repente, por si no hubiéramos tenido suficiente con la subida de ayer, comenzamos a subir. No he visto el perfil de hoy. La cuesta se alarga demasiado y crece en pendiente. Veo pasar muy deprisa a Francesco. No puedo ir a su ritmo. Me cuenta, el momento que pasamos juntos, que es una de las personas que se han perdido. No sabe cuantos kilómetros más lleva andados. Llegará donde pueda y a descansar. Mañana será otro día me comenta.

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Al acabar la cuesta una estatua de un peregrino azotado por el viento. Hoy más le valdría llevar un paraguas. La lluvia ha durado menos tiempo pero ha sido más intensa que la de ayer. Espero que el resto del día no llueva y nos de tiempo a secarnos. Veo a gente echándose fotos en la estatua imitando el gesto del peregrino. Cuando no están aprovecho para hacer una foto de recuerdo a la estatua. Durante toda la subida no he podido sacar mucho la cámara. Tengo miedo de que acabe rota si se moja.

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Mojado y congelado entro en el primer bar que me encuentro. Detrás de mi entran los tres brasileños que me miran como diciendo… ¡Jooodeeer! La que está cayendo. Pero en su idioma, claro. Se sonríen y piden lo mismo que yo. Chocolate caliente por favor. El bar cuenta con calefacción. Si por mi fuera hoy me acostaba aquí y hasta mañana pero quiero llegar a Samos. Sigamos, yo y mi ánimo, antes de que me arrepienta.

La guía promete que no hay más subidas intensas en todo lo que queda de camino. Así me gusta. Nuestro primer destino hoy es Triacastela. Allí está la bifurcación hacia Samos. Hay dos posibilidades. Ir a Samos o ir a San Xil. Yo tengo ganas de ver Samos así que ayer elegí esta ruta. Además, desde que empecé un compañero de estas tierras me dijo que pasara por el bosque de Samos por si me encontraba algún trasgo.

Tras una bajada llego a Triacastela. Decido parar aquí a tomar un bocata de jamón para reponer fuerzas. Entro en el primer bar que veo. En la barra unas camareras de origen latinoamericano. Me recuerda algunos bares de mi región. Mientras les pido mi bocata veo como tres o cuatro clientes están a la que salta. No se les escapa una. En fin, es muy difícil cambiar una sociedad sexista como la nuestra. La verdad es que no suelo fijarme en el comportamiento de las mujeres cuando es el camarero el llamativo. Si es igual que la de los hombres ya certificamos lo de la sociedad sexista.

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Espera, pasa un coche anunciando la fiesta del pulpo. ¿Cómo? ¿Es fiesta en el pueblo? Eso daría otra explicación a la actitud de los clientes de ese bar donde me encontraba. Les pregunto a las camareras. Así es… hoy es la fiesta del pulpo. ¿Y que hago yo comiendo jamón? Bueno, bueno… no pasa nada… ya disfrutaré del pulpo en Melide.

Efectivamente, a la salida de Triacastela se escucha algarabía. La gente celebra con mucho ruido que hoy tomarán un pulpo y disfrutarán de su pueblo. La bifurcación está justo aquí. A la derecha San Xil y de frente… Samos. Sigo de frente. Me han prometido que el paisaje es precioso, que se trata de un bosque con mucho encanto. La verdad, yo miro a mi derecha y sólo veo una carretera. A mi izquierda un río, bueno, por el ruido que se escucha debería haberlo. Las plantas hacen de pantalla y no se ve nada. En esto estoy cuando veo a un peregrino.

– Hola

– Hola, soy Daniel, de República Dominicana.

– Pues tienes un nombre común para ser de allí.

Según tengo entendido en República Dominicana escogen para los hijos nombres nada convencionales. Daniel asegura que no estoy equivocado pero no todo el mundo hace las cosas así. Él también esperaba un bosque encantador pero no hay manera. Parece que anda un poco lesionado. No voy a decirle nada, hay que animarlo a que llegue a Samos y después ya veremos. Lleva ya mucho tiempo haciendo el camino. Los primeros días fue muy relajado pero ya está deseando acabar así que ahora hace tiradas más largas. Por eso está un poco jodido. Es psicólogo.

En un momento dado los dos vemos un cartel que nos hace girar hacía fuera de la carretera. Con esperanza tomamos el camino y entramos de verdad en un paraje sin igual. Todas las piedras están cubiertas de musgo. Los árboles te rodean. Allá donde mires sólo el verde tiene protagonismo. Los troncos de los árboles muestran su corteza cubierta de vegetación. Realmente tiene algo de mágico ese lugar. Recuerdo lo de los trasgos que me dijo mi compañero. Si te fijas se pueden ver caras figuradas en algunos troncos. Sin duda, merece la pena ir por Samos aunque el camino sea más largo.

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¿Sabes? Entre tanta magia he visto un cartel que seguro que no ha pasado desapercibido para ningún peregrino. En algunas casas que parecen abandonadas, hay una señal que prohíbe cagar al aire libre. No quiero pensar que ha hecho que esa señal esté ahí pero mi mente no juega a mi favor. Me parto de risa yo solo. Daniel me mira y señalo el cartel. No hay forma de no reírse. Aquello es de lo más absurdo que he visto en mi vida.

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Poco a poco vamos llegando a Samos. Estamos reventados, no obstante yo estoy a punto de hacer treinta y un kilómetros después de la subida de ayer. Vista desde la perspectiva de hoy me parece que no era tan dura.

En el albergue nos recibe Paolo que ha llegado justo antes que nosotros. Es aquí el albergue, sí, pasa y que te den cama Miguel. Por cosas del destino voy juntándome con un grupo de gente. Paolo, Alessandro, Saúl, Sergio… y ahora una chica llamada Silvia. Pero antes hay que entrar al albergue. Nos miran de arriba a abajo.

– ¿Vais juntos?

– No, cada uno camina solo. Nos hemos encontrado hoy por el camino.

– Vale, vale… mira, os vamos a dar esa litera de ahí. No queremos botas dentro, si habéis sentido picaduras de chinches estos días nos lo decís para poner vuestra mochila dentro de una gran bolsa de plástico. Aquí no queremos chinches. ¡Eh! Tú, te hemos dicho que no saques la mochila de la bolsa ¿Qué haces?

Se dirige a una peregrina que, al fondo, está intentando sacar algo de ropa y una pequeña bolsa de baño. Definitivamente los chinches han transformado a estos hospitaleros. Dudo que antes de la desinfección fueran tan bordes. Daniel y yo pagamos.

– Esta litera para nosotros. Vale. Mira Daniel, tu que parece que estás jodido ponte abajo y yo voy arriba, que hoy estoy bien.

– Gracias Miguel

– No hay de que. Y si quieres venirte con estos me lo dices que seguramente comamos y cenemos juntos.

– No te preocupes. Anda tranquilo que ya me busco la vida.

– Perfecto.

Me meto al baño. No se ve nada así que decido encender luces. Me ve uno de los hospitaleros y no me dice nada. Me ducho, salgo y vuelven a estar apagadas las luces. Esto ha sido el hospitalero seguro. Vuelvo a limpiar mi ropa con Paolo. Encendemos de nuevo las luces. Entra el hospitalero y le echa la bronca a mi compañero. Definitivamente, algún chinche le picó a estos hospitaleros. Le han cogido manía a Paolo. Nos ha pasado en varias ocasiones que yo hacia algo y no recibía bronca. Si él hacía lo mismo… ¡zas!. Está indignado. Yo le he pedido que se lo tome con humor. Total, no lo van a echar y está claro que algo de mal genio tienen. Por suerte los hospitaleros cambian cada cierto tiempo. Son voluntarios.

Ya duchado salgo para fuera a tomar algo en el bar que está justo enfrente del monasterio y veo llegar a Diego y Annabelle. Al parecer se han perdido y han llegado a San Xil. Les ha pasado algo parecido a lo que me paso a mi el día de San Martín del Camino. Lo bueno es que yo pude preguntar rápidamente. Ellos han llegado hasta el pueblo y como querían dormir en Samos han hablado con una persona. Ésta les ha traído en coche recorriendo desde Triacastela más o menos la misma distancia que hay hasta San Xil. Vamos, que no se han ahorrado ni un paso.

Nos lo cuentan, ahora, entre risas. Venga, pasad que os den litera y ahora nos vemos en el bar que yo, si puedo, no me moveré de allí. Entro y pido una cerveza. Me siento en una mesa y le hago una foto a la cerveza para compartirla con todos mis conocidos. Ya estoy en Samos. Sí, voy a dormir en el monasterio. Qué bueno. Se nota un montón que no hay la misma gente que de Burgos a León. Hay plazas en todos los pueblos.

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La tarde me la paso en el bar. Disfruto de la compañía de Annabelle con la que intento hablar en inglés. No me consigo explicar pero ella siempre sonríe. No quiere perderse ninguna historia personal. Eso es verdad. En la mesa ahora estamos Francesco, Diego, ella y yo. En la otra mesa están Alessandro, Saúl y Bruno. ¡Cuánto tiempo sin ver a Bruno!. Mezclamos las mesas, Bruno sigue sin comprender nada de lo que hablo.

– Francés o italiano, no entiendo otro idioma Miguel.

Definitivamente estamos avocados a no comprendernos.

Después de las cervezas hemos ido a ver el monasterio por dentro. Es raro dormir en una parte del mismo. Pero esto, como dijo Emmanuel, es parte del camino y es una experiencia que tengo que disfrutar. Mike estuvo ayer aquí. Quiso entrar pero estaba todavía cerrado por los chinches. Si él me hubiera dicho que hoy no abrían igual no estaría aquí. No he visto a Emmanuel hoy así que supongo que estará haciendo tiradas largas para llegar en 4 días como dijo ayer que se podía hacer.

En la visita nos han dicho cual es el origen del camino primitivo. Dentro del monasterio hay dos estatuas conmemorativas de los reyes que salieron de Oviedo para visitar la cripta. Y ahora Leo y las dos Martinas están realizando ese camino. Cuentan que la gente es mucho más hospitalaria que en este. No obstante, hay menos peregrinos.

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A la salida de la visita al monasterio hemos visto como salía una boda. Les ha hecho un día muy malo. Esta tarde ha vuelto a llover. Hemos tenido que salir disparados a por la ropa para colgarla de nuestras camas. No van a tener chinches pero humedad… No termino de llevar bien lo de la lluvia y eso que después de la subida al Alto del Poio nos ha hecho muy bueno y ha dado tiempo a que se seque la ropa.

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Después de esta visita hemos cenado unos cuantos en el restaurante donde hemos tomado una cerveza… o dos. Tienen un comedor arriba. En la cena he conocido a Hwang. Va con una cámara analógica. Bueno, ahora que lo pienso… Saúl también lleva una cámara de carrete. Yo creo que no podría. El cuidado extremo que hay que llevar, el desconocimiento sobre el resultado. Me supera.

Antes de dormir estoy tomando consciencia de donde estoy… Sobre nuestras cabezas, están los frescos que me habían anunciado. Las ropas tendidas en las camas hablan de lluvia. Mañana se pronostica otra vez lluvia. Recuerdo los primeros días en que no me quería juntar con gente preocupada por el tiempo. Pero es que esto es una mierda. No hay forma de secar nada. Bueno… mañana no tengo claro donde voy a descansar. Paso a paso, depende mucho del tiempo que haga también. La lluvia hace los kilómetros más largos.

Me pierdo en el bosque de Samos… ¡Hasta mañana!

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