Día 22: De Foncebadón a Ponferrada

25 de septiembre de 2013

¡Saludos!

Al final he llegado hasta Ponferrada. Hoy las dos mochilas, la personal y la que llevo a la espalda, me pesan menos. Por delante 27 kilómetros.

Esta mañana me levanté temprano pensando en ver el amanecer desde la Cruz de Ferro. Aprovechando la luz de los frontales de mis compañeros y la débil luz presente antes de que amanezca he subido hasta allí. Cuando he llegado ya había un grupo de gente celebrando el haber llegado. En Astorga David había roto el misticismo del lugar comentando que cada cierto tiempo sube una excavadora a quitar piedras. De todas formas, se nota que la gente está contenta de estar allí. Algunos se han retirado a hacer meditación. Otros están en un bosque cercano para perderse un rato entre los árboles. No lo voy a negar, ese lugar no tan frecuentado como la Cruz de Ferro te hace sentir muy tranquilo. No soy capaz de fotografiar esta belleza ya que tiene mucho más que ver con actitudes que con elementos visuales.

Cuando ya parece que hay menos gente en la parte de arriba de la cruz subo a dejar la piedra que llevo en la mochila desde el primer día. No sé si llegaré a Fisterra así que prefiero vivir este momento. El momento queda encerrado en tres fotos y en mis recuerdos. Dejo la mochila en el suelo. Tomo la piedra que estaba en un bolsillo lateral cerrado con cremallera. Toco la concha de santiago que está en otro bolsillo cerrado con cremallera. Ha llegado el momento de desprenderse de esta piedra. Recuerdo todas las veces que lo he leído, que lo he visto en vídeos… Mi mano y mi piedra son las que están allí ahora.

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Vengo andando desde Saint Jean. Soy uno de esos locos que cuando uno hace el camino desde Sarria no se explica de que pasta están hechos. Ni un día de descanso. Todo a pie, sin trampas. Me quedan pocos días para llegar a Santiago. Sin duda es un momento precioso y el amanecer lo hace tan especial que me siento en una nube aunque estoy rodeado de piedras. Miro a mi alrededor y vuelvo a ver a peregrinos que no paran de gritar y de hacerse fotos.

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Me alejo un poco. Hay un sitio donde sentarse pero yo prefiero el suelo. Estoy disfrutando del amanecer. Disfrutando de todo lo recorrido. Mi mirada apunta hacía el lugar de donde vengo. No miro hacia donde voy a caminar. Dejo la mente en blanco. La exploración del lugar ha estado genial pero en realidad no quiero descubrir un espacio nuevo sino el espacio que tantos peregrinos han disfrutado.

Al dejar mi piedra en la base de la cruz he visto una etiqueta de Boston que reconozco de una foto que Mike mando ayer por el grupo de WhatsApp. También mando fotos del albergue de Manjarín. Esta tarde Mike me ha preguntado si seguía allí y si le había tomado una foto. No había caído en que era suyo. De repente me viene alguna imagen de los primeros días a la mente. A Mike lo conocí en la ruta del primer día. Fue el estadounidense que me pidió que le hiciera una foto. Llevaba una bandera de Estados Unidos que no le volví a ver. Quizá se voló con el viento de la parte alta del collado.

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Ahora tengo que seguir andando. La ruta me lleva por al lado de un lugar donde hay lo que parecen vacas pastando. Tienen cuernos y están a escasos metros de nosotros. Creo que están más que acostumbradas al trasiego de peregrinos. En este tramo no te puedes despistar ya que el terreno presenta algunas piedras donde te puedes tropezar. Yo sin ir más lejos casi me caigo en varias ocasiones. Pero hay que seguir adelante. Nos espera Manjarín con su templario mítico. El tipo vive allí arriba sin luz, sin duchas de agua caliente y sin baños.

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Manjarín es un lugar con mucho encanto. Hace semanas que no vemos paisajes con montañas como estas. Si miras a la izquierda mientras andas te sientes en uno de esos planos donde la cámara se mueve para dar sensación de profundidad. El sitio no es muy grande. Hay dos albergues y poco más. Nada más llegar vemos una letrina. Hay baños, un poco precarios pero hay. La puerta no se puede cerrar. Uno de los peregrinos ya no sabe como hacer para mantener la intimidad así que, de perdidos al río, nos saluda alegremente. Por suerte lo que tenemos delante es mucho más llamativo. Un albergue con flechas de madera que indican la distancia a distintos puntos del mundo. Alguna de las piedras de un pequeño muro también tienen escrito la distancia a otros puntos. Suponemos que lo de las piedras es cosa de algún peregrino. Para mi tiene más encanto que lo que está en flechas aunque lo realmente famoso son las flechas de madera. Fotografío todo.

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Tomás, dueño del albergue de Manjarín, se erige a si mismo como seguidor de la tradición templaria. Es un antiguo concejal de Ponferrada que decidió vivir su vida de manera más simple. El albergue es de donativo. Esto significa que cada peregrino que se aloja allí paga lo que pueda o lo que le apetezca. Tiene dos personas voluntarias que ayudan a mantener el albergue en perfectas condiciones de higiene. Nadie quiere chinches y menos tan cerca de Santiago. Mike ayer me envió fotos del cobertizo donde están las camas que no son más que colchones en el suelo. También nos mandó fotos del otro albergue que al parecer ha abierto hace poco y que es más de estilo hippie.

El sitio es tan peculiar que tiene una advertencia en la que se puede leer: “Peligro humano suelto”. Es una buena advertencia nada descabellada para la fauna y flora de la zona. Pena que estos no puedan leer. Está claro que Tomás ama el sitio donde vive y no quiere más presencia que la que le dan los peregrinos que vienen y van. Quizás este cartel exprese que él opina que en libertad los humanos somos peligrosos. Bueno, mejor no profundizo sobre el significado. Podría estar hablando de otra acepción de suelto. Lo que sí que tengo claro es que ama el paisaje que tiene a su alrededor. No es para menos.

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Ya he disfrutado de este lugar peculiar del camino. Voy a Molinaseca a por ese Solomillo al foie con reducción de Pedro Ximenez. Según mi guía desde Manjarín hay una pequeña subida y luego una bajada abrupta hasta Molinaseca. Vamos a bajar novecientos metros en unos veinte kilómetros. Mejor no corro cómo cuando baje del alto del perdón. No tengo los tobillos para excesos. Comienzo a bajar poco a poco. Cuando llevo unos cuatro kilómetros estoy tan cansado que no sé si estoy subiendo o bajando. La bajada no es para nada suave. Frenarme me está costando demasiado. No puedo evitar soltar las piernas de vez en cuando para correr aunque sé que no ando en mi mejor momento. La bajada me hace polvo. Tengo que parar en El Acebo a almorzar o no llego a Ponferrada. Todos los peregrinos coincidimos en el diagnostico. Esta bajada es brutal.

En el bar escucho hablar catalán. Miro mi GPS y efectivamente, no estoy en Cataluña.

– Sólo servimos bocadillo. Si no quieres pan nos da igual. No servimos platos.

No entiendo muy bien por que lo hacen así pero no me voy a meter en como llevan su negocio. Le pido un vaso de leche con Cola Cao, azúcar y no muy caliente. ¿Cada día me vuelvo más exquisito? No es que si no lo pides así te lo ponen que podrías cocer una langosta dentro. También le pido un buen bocadillo de jamón para reponer fuerzas. Ya es hora de almorzar. Al terminar saco un plátano de mi mochila y me lo como. Saludo a todos. Agradezco el trato que ha sido en todo momento cordial y continuo mi camino.

La bajada continua. No vemos a ningún peregrino en bicicleta. Está claro que hay dos caminos y el de las bicicletas suponemos que es más largo pero menos peligroso. La cosa se complica. Hay un tramo con piedras que parecen escalones para gigantes en los que trotar resulta peligroso. Me acompaña en estos momentos un corredor de ultrafondo. Otro distinto al que conocí en el primer tramo del camino. Que, por cierto, no sé donde estará. Le aguanto el ritmo durante bastantes kilómetros. Me anima a que vaya a mi ritmo. Y reconoce que la bajada es jodida. Que él, hoy, ha bajado el ritmo al que suele caminar. Yo voy sacando la lengua y el tan fresco. Obviamente, yo nunca me he enfrentado a carreras de 100 kilómetros. Me lo planteo por un segundo como nueva aventura pero recuerdo como llegué a León, no estoy hecho para ese tipo de pruebas.

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Pasamos algún pueblecito más con encanto y tras mucho sufrir llegamos a Molinaseca. Él se para al principio para comer algo. Yo tengo claro dónde voy. Me despido de él. No sé si lo volveré a ver pero ha sido un placer acompañarlo este rato. El acompañamiento en una bajada así para poder llegar sin romperse es totalmente necesario. Bueno, vamos a por ese solomillo. Andando por Molinaseca hay varias personas ya sentadas con actitud de quedarse allí a dormir. La verdad es que no está nada mal. Bueno, primero comemos y ahora pensamos en si nos quedamos a dormir o no. Pregunto a varias personas del pueblo sobre el bar que recuerdo de allí. Me dirigen hacía él. Cuando llego a lo que parece la puerta lo veo cerrado. Pregunto a una persona que está sentada en una silla cerca.

– ¿Está cerrado por la hora?

– No, están de vacaciones.

Vaya mierda… ¡Quiero mi solomillo! Bueno, ahora lo que me viene a la cabeza es que tengo que decidir que hacer. Estoy cansado. No sé si podré llegar a Ponferrada. En caso de hacerlo va a ser con la energía a cero. Lo he dado todo en la bajada pensando que me quedaba en Molinaseca a comer de lujo pero no ha sido posible. Descanso un poco en la terraza de un bar y decido llegar hasta Ponferrada. Allá vamos.

Retransmito el momento de la llegada a mi familia y a un compañero que conozco que ha pasado por aquí alguna vez. Voy a llegar sin batería al albergue pero las risas que me echo haciéndome fotos muy tontas de camino merecen la pena. La ruta no es la más corta. En su lugar da una vuelta para dejarte cerca del albergue público. Es la primera vez que veo al camino mostrarte una ciudad desde un lateral. Te tiras una media hora viendo los principales edificios desde lejos. Y bueno, no vas por la carretera que es la forma más rápida de llegar.

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Nada más llegar estoy tan cansado que le pregunto a unos señores que parecen fijos en un bar dónde está el albergue. Gracias a sus indicaciones llego rápidamente. En la puerta hay dos personas dando folletos para promocionar dos restaurantes. Un chico y una chica. Bueno, yo es que ahora no quiero comer, quiero relajarme y ducharme. Me pongo en la cola. Delante de mi hay bastante gente y algún que otro ciclista. El albergue público San Nicolás de Flue se va a petar seguro.

En la entrada ofrecen uva. Me quito las botas y me pongo las chanclas. Después del día de bajada lo único que necesito en la cola es descansar y dejar que mis pies respiren. La cola avanza lentamente. Me da tiempo incluso a ver como algunos peregrinos echan una cabezada. Entro en mi habitación de cuatro personas. Me toca litera de arriba. Debajo de mi un peregrino que parece que viaja disfrazado. Al lado mio lo que parece una pareja que ha venido a hacer el camino junta. Tienen tal pinta de peregrinos todos que dejo mi móvil cargando mientras me ducho. Después de esto, casi sin fuerzas salgo a tomar algo. A la salida me encuentro con Saúl y Alessandro. Que me intentan explicar que hoy han caminado demasiado. Tropo creo que decían. Les digo que pasen al albergue antes de que se queden sin plaza que yo me voy a comer. Nos veremos más tarde seguro.

Salgo a tomar algo antes de adentrarme en la ciudad. Una tapa con aquarius en un bar de enfrente del albergue. Cuando ya me veo con algo de fuerzas me dirijo a un bar llamado Las Cuadras a comer bien sin importar mucho el precio. El helado final con castañas en almíbar me recuerda el lugar donde me encuentro. Estoy en tierras bercianas donde las castañas son bien valoradas.

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Después de comer me doy una vuelta por el castillo con la intención de poder descansar toda la tarde tras ver lo más destacado. Este castillo ya lo vi hace tiempo pero al llegar a él a pie recibo otras sensaciones. Me quedo descansando en uno de los claustros un momento mientras en mi móvil recibo la notificación de que Martina, una de las italianas del camino, me ha agregado a Facebook. Comentamos sensaciones, al menos sabe Español. Al parecer se ha subido con Leo y otra Martina a hacer el camino primitivo. Siento envidia sana por ellos. Seguro que lo están pasando bien. Por lo menos no tienen que andar buscando las palabras para comunicarse. Han hecho una piña y siguen haciendo el camino. Aunque hay días que Leo nos cuenta que no saben si podrán salir. Si el tiempo se pone muy mal los hospitaleros recomiendan no salir alguno de los días.

Al dirigirme hacía el albergue de nuevo veo a Alessandro y Saúl que están iniciando su visita a la ciudad tras descansar. Les comento que justo donde nos encontramos está la basílica y un poco más allá el castillo.

– Acompáñanos a entrar en la basílica

– Estoy muy cansado señores…

– Vamos… si es un segundo y ya luego te vas.

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Entrar allí me produce un escalofrío. La última vez que estuve aquí vine con un traje que bien podría ser de novio. Aquí fue donde mi hermano se casó unos años. Ahora ellos tenían un niño que es de lo mejor que me ha pasado en la vida. Mi sobrino, como habrás adivinado. Algo en mi interior se removió y quería saber que era. Saúl y Alessandro no saben nada así que prefiero tomarme un tiempo a solas. Los despido y cuando veo que se van al castillo y no me ven vuelvo a entrar a la basílica.

Ese día, mi abuelo y mi abuela no pudieron estar allí y a mi me toco leer, en el momento de las peticiones, la que recuerda a los familiares y amigos que no pueden estar por cualquier motivo. En aquel momento mi abuela cuidaba ya de mi abuelo que meses más tarde… Bueno, el ciclo de la vida que no tiene fin… Ahora yo estaba allí y llevaba en mi cuello algo que perteneció a mi abuelo. Sólo el hacer presente esto ha hecho que tomara mi colgante y levantándome lo chocara contra el altar. Un momento simbólico donde he ofrecido mi presencia por mi abuelo y por mi abuela. Para mi ha sido como hacerlos presentes en el momento de la boda. Emocionado me he retirado a uno de los asientos de madera de esta basílica. Siento que hubiera cerrado un circulo. Creo que, ahora sí, estoy preparado para llegar a Santiago.

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Me levanto con los ojos húmedos todavía y salgo de allí. No quiero limpiarlos. Veo a Saúl y Alessandro que estoy seguro de que notan algo. Me invitan a sentarme con ellos en una mesa cerca de la basílica mientras vemos como un grupo de universitarios disfruta de las novatadas. Es septiembre, acaba de empezar el curso. Ya ni me acordaba de las novatadas. Los tres nos reímos. Todos hemos estado en algo parecido a las novatadas.

– Venga, Miguel, vamos a cenar en un restaurante cerca del albergue de menú.

– Cabrones, que no he descansado nada.

– Venga, pues tira y descansa una hora que nos vemos en la puerta a las siete.

– Bueno, pero si no aparezco no me busquéis…. jajaja.

Me retiro, en una hora no me da tiempo a descansar mucho así que compruebo que la batería de la cámara que había dejado cargando está entera, la desenchufo y me quedo en un sofá que hay en la entrada descansando. Tras un momento donde veo como la gente empieza a hacerse de cenar en el albergue nos vamos de cena. Somos tres como en el momento de la cerveza. Yo la verdad es que estoy hinchado pero tomo algo. Se puede repetir lo que se quiera. Es como en la boda. No todos los restaurantes lo hacen. Después de la cena nuestro compañero, que nos ha acompañado en las cervezas de esta tarde también se retira.

Nosotros decidimos ir a un sitio que me ha recomendado mi hermano a tomar la última antes de recogernos. Vemos a bastante gente. Al parecer hay una universidad cerca y por la noche hay ambiente juvenil de tapeo. Llegamos al lugar que sólo abre por la tarde. Es común allí salir de cortos que es como llaman aquí a tomar tapas por la noche. Entramos y nos pedimos un vino. La chica de la barra nos indica que todo tiene tapas. Nos miramos los tres. Nos reímos. Estamos hinchados de la cena.

– Solo vino gracias. No queremos tapa.

– Venga, pero si es una tapita pequeña.

– Es que ya hemos cenado y hemos repetido algún plato. En fin… que estamos a punto de explotar.

– Jajaja… vale, vale… un vino sólo.

Cuando nos dice el precio Saúl y Alessandro se miran. Para ellos el precio del vino en este sitio es de risa. Dicen que en Italia esos precios son imposibles y lo de la tapa… ni de coña. Lo siguiente ha sido estar un rato allí. Hemos disfrutado viendo el buen ambiente que había, incluso entre mesas que no tenían nada que ver.

A la vuelta al albergue Saúl y Alessandro han pedido tomarse una foto conmigo frente a la basílica. Le hemos pedido a alguien que nos la echara. De camino al albergue nos hemos encontrado con una persona que conocían de otra etapa. Al parecer les ayudo con algo. Se muestran tan agradecidos que la llaman madre y todo. Se intercambian direcciones de correo físico. Creo que es una de esas personas que ayudan a peregrinos en el camino.

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A la llegada he ido a ver las habitaciones de abajo, donde estaban Saúl y Alessandro y me he encontrado con los brasileños a los que he saludado y que me pedían que apagará la luz. La verdad es que he pensado… ¿Yo? No quiero que se me echen encima todos. Mejor que lo haga otro. 🙂

Bueno… como ves ha sido un día muy intenso. Ahora sólo me queda intentar dormir por que esta cama hace un ruido brutal. Veremos a ver si no me echan de la habitación. Jajaja…

Hasta mañana.

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2 comentarios en “Día 22: De Foncebadón a Ponferrada

  1. Qué bueno… ¡Qué envidia!. Cómo decía en una de mis entradas me encantó encontrarme con una persona, en Atapuerca, que llevaba 22 días para lo que yo había hecho en 11. Supongo que hay gente que piensa: “Ehiii… 11 días en hacer lo que otra hace en 22. Eres un máquina.”. Yo pienso en la experiencia de esa persona que llevaba 22 días y se me ponen los pelos de punta. Disfrutar el Camino con tanta intensidad…

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