Día 21: De Astorga a Foncebadón

24 de septiembre de 2013

¡Hola!

Hoy voy a quedarme en Foncebadón. Justo antes de llegar a la cruz de ferro. Según mi guia en Manjarín no hay agua caliente y paso de ducharme con agua fría.

Bien de mañana salgo del albergue. Dejo atrás a un sitio donde he dormido con gente muy peculiar, tan peculiar que han salido más tarde que yo. Realmente son muy buena gente. Ayer no logré entender nada de lo que me decían pero el más joven me ofrecía una revista que le interesaba y comida. En la puerta del albergue, antes de salir, recuerdo a Joan y Carolina. Les dedico mis primeros pasos de hoy. El camino me ha demostrado que ellos, como otros, volverán a terminarlo. Antes de salir de Astorga paro en una churrería. Ayer me la recomendo David y vimos que abría muy temprano. A la hora a la que suelen salir los peregrinos. Dejo mis cosas y entro a desayunar. Un vaso de leche y unos churros bastan para empezar a caminar. Algunos peregrinos hablan de coger fuerzas para lo que viene por delante. Yo tengo claro que lo de hoy no es una etapa difícil.

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Una vez desayunado vuelvo a ponerme la mochila a la cintura. La ajusto para que mis hombros no sufran más de lo debido y comienzo a caminar. Nada más salir de la ciudad comienza el amanecer. Es de una dulzura tal que algunos peregrino se paran a saludarlo. No son pocos los peregrinos que practican alguna destreza oriental como el taichi. Así que los veo como haciendo ofrendas al sol. Yo simplemente me quedo quieto observándolo y dejo que la imagen invada mi cuerpo. No es fácil después de tantos días caminando hacia el oeste darse la vuelta para ver amanecer. Sólo si haces el retorno, la vuelta, ves un amanecer cada día. Está claro que la escena te llena de pensamientos positivos y ayuda a afrontar mejor el día.

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Llego a un pueblo llamado Santa Catalina de Somoza donde me es inevitable recordar mis tiempos de estudiante de Física. Bueno, a uno de los profesores de aquel tiempo. Encontré mi apellido en alguno de los pueblos de Castilla y ahora este apellido tan poco común también aquí. ¿Será de aquí mi profesor?. La verdad es que nunca me ha parecido de Murcia pero tampoco creo que venga de León. Cuando vuelva, si lo veo, se lo diré.

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El siguiente pueblo es El ganso. Recuerdo la foto de un compañero el año pasado cuando hacía el camino desde León. Al ver el cartel no he podido evitarlo y como si de un ritual se tratará me he hecho la misma foto. El motivo es decirle a un compañero en común que nos acordamos de él. Y el compañero recibe siempre esa foto con alegría aunque seguro que piensa “¡Qué cabrones!”.

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A la salida me encuentro con una persona que llevaba una camiseta de la marea verde. Interesante hasta que en un momento me ha cortado con un “Bueno, buen camino”. Como si me estuviera poniendo pesado o fuera más lento de lo rápido que ella puede ir. Creo que ha empezado el camino hace muy poco. Si quieres cortar a un peregrino lo mejor es explicarle por qué. Me ha sentado tan mal su actitud que he respondido igual y me he adelantado apretando el paso. La verdad es que tendría que haber dejado que pasara pero seguramente si lo hubiera hecho no me habría pasado nada extraño. Te cuento enseguida…

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Afronto, de camino a Rabanal del Camino, una subida que me pilla de sopetón. Según la guía la subida fuerte empieza en Rabanal del Camino. No me lo termino de creer. Ahora mismo hay tramos donde noto que estamos ganando altura muy rápido. El camino discurre entre arboles que no dejan ver muy bien que hay alrededor. Sé que no estoy lejos de una carretera ya que a veces se escuchan coches pero no la veo. Simplemente el no ver la carretera ya ayuda aunque me siento un poco encerrado por el paisaje. No es Saint Jean, más bien se parece a los bosques cercanos a Zubiri que te rodeaban y te intentaban atrapar. Escucho como algunas ramas se intentan enganchar en mi mochila pero sigo adelante. Al llegar a Rabanal del Camino me paro en el primer banco que veo.

Si lo fuerte empieza aquí más vale que me alimente bien aunque sea a base de frutos secos. El banco está al lado de un bar en una calle cuesta arriba. En otro banco está, casi durmiendo, una peregrina. Me imagino como veríamos a los peregrinos en Murcia. Alguna vez he visto gente con mochilas de senderismo andando como perdidos por la ciudad pero nunca he pensado que fueran peregrinos. Creo que simplemente es gente que decidió o por la que decidieron que su lugar no estaba fijado. Que el nomadismo no se había acabado hace miles de años.

Sentados en los bancos vemos pasar unos caballos. Llegan dos peregrinos de origen oriental. Aún no distingo de que país provienen. La alegría por el encuentro es manifiesta. Está claro que se alegran de haberse conocido en otras etapas del camino. A este camino le quedan unos 9 días más. Estamos, para los que empezamos en Saint Jean Pied de Port, en el tramo final. Los de León están todavía adaptándose a esto, no llevan ni tres días y se encuentran con esta subida que de momento a mi me ha dejado descansando en un banco.

Me levanto del banco, guardo las cáscaras de los pistachos como puedo. Los frutos secos son una buena fuente de energía. Ante mí Rabanal del Camino. Una cuesta inmensa que tengo que pasar como sea. La guia asegura que a partir de aquí empieza lo bueno. Yo díria que empieza aquí. Esto parece alguna de las calles de mi pueblo pero se extiende por cerca de un kilómetro. Hay puestos donde venden piedras para dejar en la cruz de ferro. Cruz, a la que yo iré mañana. Pongo mi mano en uno de los bolsillos de mi mochila. Allí sigue la piedra que cogí en la ruta que me ha permitido llegar en plena forma a este punto del camino. No me hace falta comprar ninguna piedra. No me puedo creer que vaya a dejarla mañana. Para mi es uno de los acontecimientos del camino.

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Los puestos de piedras me recuerdan a aquella actuación de La Cubana que me han contado tantas veces que ocurrió en un festival de teatro. Al parecer cogieron varias piedras grandes como las que hay a la vereda del rio y se las llevaron tal cual al mercado para venderlas. A decir verdad aquello fue un despropósito para hacer reír a la gente y seguramente buscando una reflexión. Reflexión sobre lo que es capaz de comprar la gente. Yo creo haber vivido parte de los tiempos en que aquel festival de teatro era una referencia a nivel nacional. El borrón y cuenta nueva que hizo un partido político se llevó por delante no sólo los iconos de otra época sino la buena siembra.

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Bueno, hay que salir de aquí. Pero os prometí un extraño suceso y os lo voy a dar. Antes de salir del pueblo he escuchado mi apellido al viento. Nadie en el camino me llama por mi apellido. Al girarme he visto una furgoneta.

– ¿Hola?

– ¡Hola! ¿Estás haciendo el camino?

– Sí. Llevo ya veinte días andando. La verdad es que bien. Disculpa pero no te veo bien. ¿Quién eres?

– ¿No me ves?

En ese momento la persona se incorpora y puedo ver su cara. Es tan parecida a alguien conocido que antes de que yo diga nada me lo dice ella a mi.

Soy la hermana de la del quiosco.

No puedo más que echarme a reír. Varios compañeros de camino, como los brasileños que me han pillado saliendo de Rabanal del camino me miran como extrañados. ¿Será Miguel conocido en toda España?. Les deseo buen día, al parecer no es la primera vez que hacen esta ruta en furgoneta. Están de vacaciones por el norte de España, huyendo del calor. Ya en la anterior ocasión me había encontrado con gente conocida pero era verano y yo iba a por los cien kilómetros más transitados. Hay una leyenda urbana que habla de encuentros en lugares muy peculiares entre personas de donde yo soy pero, no, no son nómadas.

Pillo a los brasileños que van a buen ritmo estamos subiendo sin parar y yo repito las palabras de un peregrino de Las Palmas “Cuanto antes pases lo malo antes se acaba”. He parado a tomar algo pero subo con una botella de agua en la mano. Llegaré arriba pero me va a costar bastante. Creo que pensar que lo de hoy era un paseo ha influido bastante en como me afecta esta subida. Subimos por una loma con arbustos expuestos al implacable Lorenzo. Los cuatro estamos cansados y sabemos que la subida dura más de una hora por que conocemos la distancia que nos separa de nuestro destino, Foncebadón.

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Se hace larga pero conseguimos superarla. Nos felicitamos. Ya estamos entrando en Foncebadón. Vemos un edificio con un techo hecho de retales de otros techos. Hacemos bromas sobre si eso será el albergue. Uno de nosotros sabe que no. El resto reimos pensando en que sí. Estamos reventados, cualquier cosa nos hace gracia.

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Ya en el albergue una persona con la camiseta de la selección sale a la puerta. Le preguntamos si hay plazas. Nos mira, nos cuenta y nos dice que no. No puede ser, si no es tan tarde y aquí no puede haber muchos más albergues. Déjate de bromas. Nos mira con una sonrisa burlona.

¡Claro que hay!. Pasad y os atienden al final.

Al entrar vemos un grupo de mesas, como si se tratara de un bar con una especie de cocina a la derecha. Nos recibe una especie de hippie que nos saluda. Parece que le hemos pillado haciendo algo de comer. Nos saluda y nos indica donde nos atenderán para darnos cama. Hay carteles de clases de yoga y una especie de hucha donde dejar dinero de lo que consumes. Nos dan la cama. Por fin… una ducha caliente reparadora y a descansar antes de ver que hay en este pueblo.

Los únicos conocidos en la habitación son los tres brasileños con los que he llegado. ¿Dónde está el resto de gente que ha venido haciendo camino conmigo? Muchos se han ido. No me hago a la idea pero es así. Otros están una etapa por detrás de mi. ¿Es este mi ritmo? ¿Es este mi camino? Me entran dudas pero pienso en como he llegado a hacer el camino. Empecé solo y así acabaré. Aunque hoy estoy con los brasileños.

Los peregrinos hoy se disponen en dos grandes habitaciones. En algunas puertas se lee privado. En un principio creo que son habitaciones para los hospitaleros pero… no, al menos no sólo. En realidad se reservan como habitaciones dobles e individuales. Me lo ha dicho una pareja que conocí un día que corría cuando no debía. Muy comprensivos la verdad. Los pasé varias veces y algunas con la misma actitud que la mujer que conocí esta mañana de la marea verde. Llegado un momento me derrumbe y pedí disculpas. No tenía por que correr tanto y lo peor de todo es que se supone que esta lección ya estaba aprendida.

¡Ducha por favor! Al parecer hay dos duchas una en el piso de arriba y otra en el mismo piso donde está mi cama. Al subir arriba veo una cola infernal con reglas propias. Prefiero esperar abajo. Una ducha caliente y no la ducha fría que me habría esperado en Manjarin. Antes de entrar veo salir a personas de la ducha diciendo que de caliente nada. Me quedo pensando. ¿Cómo?. En la cola están los dos brasileños, yo y detrás de mi la brasileña. En ese momento ha subido una persona para comunicar que en 20 minutos tendríamos agua caliente de nuevo. Mierda… me toca agua fría. No hay forma de que pase el tiempo propuesto antes de que me toque entrar a mi. Entro a la ducha, dejo mis cosas donde puedo y abro el grifo esperando un milagro. Milagro que, como es de esperar, no ocurre. Mierda. Agua fría ¡Noooo! Hago de tripas corazón y me ducho que hay que convivir. De haberlo sabido igual hubiera seguido a Manjarín. Bueno, lo hecho, hecho está.

Esta tarde, justo después de comer, me he tomado una cerveza especial que llevaba caducada ya varios meses. No sé que es lo que se caduca de la cerveza así que no espero muchas consecuencias de esto. Realmente era una cerveza rara y poco consumida por los peregrinos. El hospitalero en todo momento me ha dicho que me la cambiaba por una que estuviera bien y se ha disculpado. El trato ha sido totalmente correcto. Luego os contaré algo que habla de la valía de este hospitalero.

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El albergue donde me alojo, Monte Irago, hace esta noche paella de verduras para cenar. Yo lo veo todo muy hippie. El tipo me cae bien. Pero después de ver la cerveza caducada no me fío y rechazo la invitación. Al parecer no hay por que no fiarse. Los productos son de un huerto que está en el propio albergue donde hay conejos, cabras, una caravana donde seguramente pueda dormir alguien, varias tiendas de campaña y una habitación con colchones. Este albergue es una caja de sorpresas. Algo curioso también es que en los baños hay un letrero que, con dibujos, anima a mear a los hombres sentados para no salpicar. También hay leña seguramente para la cocina. Y bueno, los lavaderos para la ropa y las cuerdas para tenderla justo enfrente del albergue. Es un sitio acogedor.

En Foncebadón hay dos albergues pegados. El otro es el parroquial. Allí, sentado en un banco me he encontrado con Diego que me ha presentado a un tal Paolo. Como hablaba con el mismo acento que Leo le he preguntado si lo conocía. Hace algunas etapas caminaron juntos. Le cuento que se fue a hacer el primitivo. Aquí también está Miguel. Ayer lo vi tan roto que no sabía si llegaría. Miguel acaba el camino seguro. Diego me cuenta que hoy no saben si van a poder dormir por que hay un francés que ronca muy fuerte y bueno, al parecer, también tienen a la persona por la que huí de San Martín del Camino.

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– ¿Está mejor?

– Bueno, eso parece. Lo mejor de todo es que se ha hecho inseparable del francés que ronca. No veas el dúo.

– El dúo dinámico sin duda… jajaja.

– Jajaja… Eres lo peor Miguel… jajaja.

La verdad es que Diego se toma las cosas de un buen rollo envidiable. Cada vez tengo menos miedo de quedarme a dormir con la persona que tiene gripe. Al fin y al cabo es una jodienda lo que le ha pasado. No se ha puesto malo a caso hecho. Y visto lo visto… parece que me voy a cruzar con ellos algún día más así que más me vale acostumbrarme.

Me despido de Diego para comprar mi cena y algo para mañana. El supermercado es como una casa diáfana. Después de comprar he dado una vuelta y descubierto lo que parece un restaurante bastante bueno y muchas casas que no han soportado el paso de los años. La verdad es que está aquello un poco desangelado. El paseo no lo hago por caminos. Quiero probar si se puede caminar con mis chanclas por si algún día, de los pocos que me quedan para llegar, tengo alguna emergencia. Se puede caminar con ellas. Bueno, voy a cenar que se me hace de noche.

Casi a punto de llegar al albergue he visto llegar el chico del traje y maleta acompañado de otra persona y un poco perdido. Le he indicado donde estaba el albergue y el hospitalero se ha hecho cargo de él. Le ha dejado una tienda de campaña por que ya no le quedan más plazas. Y bueno, dice que si tiene que dejar su cama en un momento dado, lo hará sin torcer el gesto. Es un gran tipo. Debí haber tomado esa paella, además, tenía una pinta exquisita. Según dice ese albergue tiene gente todo el año. En los meses de más frío sólo una o dos personas pero el resto del año dice que sólo un día no llego nadie. La verdad es que me lo creo pero subir eso que hemos hecho hoy con nieve tiene que ser mortífero. Al preguntarle sobre la historia del hombre del traje nos cuenta que es un bombero de Irlanda que lo hace en traje animado por un cómico y que le ha enseñado un recorte de un periódico irlandés donde sale la noticia. Realmente curioso.

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Me voy a la parte donde están los animales y el huerto, me siento en las escaleras de acceso al lugar donde están las camas para despedir el día con otro atardecer. Después de eso subo a la habitación y me acuesto. Mañana quiero parar en Molinaseca a comer en un sitio ya conocido de una vez que estuve en Ponferrada y si voy mal de tiempo dormiré allí. Es un pueblecito con mucho encanto y Ponferrada ya la conozco. Hasta mañana.

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