Día 20: De San Martín del Camino a Astorga

23 de septiembre de 2013

Hola:

La verdad es que estoy cansado. En una habitación donde espero poder dormir con dos personas un poco raras. Hoy tampoco estoy orgulloso de lo que he hecho

Nunca me había levantado tan temprano. En San Martín del Camino, como te conté ayer, había una persona que parecía tener la gripe. Tos, mocos, huidas al baño. Estaba justo al lado mio. A mitad de la noche, visto que no podía dormir me he cambiado a la cama de arriba para no tenerlo justo al lado pero tampoco conciliaba el sueño. A las cuatro y cuarto me he mirado el reloj y he tomado una decisión. Tenía pilas para el frontal (la luz que llevaban los que un día llamé zombis), tenía fuerzas, tenía comida, tenía agua y, estaba claro, tenía que irme.

A las cuatro y media estaba sentado en las escaleras del albergue con mi mochila preparada. Sólo me quedaba ponerme las botas y echar a andar. Pero antes de salir un gato apareció de forma sorpresiva. No es la primera vez que lo veía ya que al parecer hacen vida en el albergue y son muy cariñosos. Se me quedó mirando como diciendo.

– ¿Dónde vas peregrino? Es muy temprano todavía.

Me siento impotente ante el miedo que tengo a pillar una gripe a poco más de diez días para acabar esta aventura en la que hoy hago el día veinte. Reflexiono un poco y me vienen a la cabeza aquellas palabras del peregrino de Le Puy. “Camina lo que piensas”. Por primera vez le veo sentido. Decido salir a caminar toda esta huida. Me despido del gato. Este es mi camino. El gato parece entender y vuelve a acurrucarse bajo techo. La humedad de la mañana y el frío del que me habló el hospitalero de San Nicolas del Real Camino se acerca. Hoy entro en Astorga. A partir de hoy el camino deja de transitar al lado de la carretera. Ahora es el momento…

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Salgo pensando en lo que me espera a partir de mañana pero concentrado para no perderme. Hoy cruzaré por el puente más largo del camino pero todavía me quedan kilómetros para llegar allí. En el cielo Orión y la Luna. Dos elementos que se convierten en mi guía. No puedo apartar mi mirada del suelo por donde ando. Hay momentos en los que se camina al lado de un canal de agua, la escucho, y no quisiera colarme. Bueno, en mi entrenamiento parte de mi ruta era en la huerta así que más o menos sé como se comportan estas canalizaciones. No pasa ningún coche por la carretera que tengo a mi lado. Es demasiado temprano todavía. Pero una cosa es cierta… es lunes.

Ha sido darme cuenta del día de la semana que era y empezar a pasar coches como si se los llevará el demonio. No es habitual que haya peregrinos a estas horas así que los coches vuelan. Mi camino va a escasos metros de la carrera pero no ando por el arcén. Son las seis de la mañana y la gente empieza a ir a trabajar. En este momento el camino me aleja de la carretera. Se escuchan los cascabeles de unas ovejas inquietas. ¿Quién anda ahí? Parecen preguntar. La verdad es que tan de noche da un poco de respeto. Estoy invadiendo su espacio. Cuando me acerco veo que están dentro de un corral. No van a salir a saludarme. Simplemente se levantan por que debo haberlas molestado un poco. Bajo un poco el ritmo para no hacer mucho ruido y continuo.

A los pocos metros puedo ver el cartel que anuncia que estamos en Hospital de Órbigo. Aquí aconteció una historia que hace que reflexione sobre aquel sello que rechacé en León. Don Suero era un valeroso caballero que se batió en duelo durante un año en el puente más largo que he visto hasta ahora. Lo curioso es que venció todas las batallas consiguiendo con ello el respeto de su amada. Salir de noche tiene sus cosas buenas. Puedes pararte a leer los carteles que explican los monumentos principales sin la preocupación de si vas a conseguir plaza o no. A decir verdad, parece que ahora somos menos peregrinos haciendo el camino y que no voy a tener más problemas con los albergues. Quizá sea una impresión personal mía.

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Al salir del puente giro a la izquierda entrando en un callejón. Es extraño pero sigo ya que parece que el camino va por este lado. La calle gira de nuevo a la izquierda. ¿Volver sobre mis pasos? Si no veo una señal pronto me vuelvo al principio del callejón. El suelo, húmedo, tiene marcas de pisadas pero no son de humano. No hay botas. Será mejor que vuelva sobre mis pasos. Lo hago sin plantearmelo mucho. No sé donde estoy, es de noche. Volvamos al camino. En unos 10 minutos vuelvo al punto donde he girado a la izquierda y veo a un peregrino seguir recto. ¿Un peregrino tan temprano? Antes de seguirlo me paro y busco la señal. En una pared, alta, aparece. ¿No he visto esto? Bueno, sigo andando.

Saludo al peregrino en español. Es de Almería. Comenzó su camino hace siete años y ahora vuelve a terminarlo o a intentarlo por lo menos. Hoy se ha quedado a dormir en Hospital de Órbigo, por eso sale tan temprano. Va a todo leche así que le sigo el ritmo un poco y le deseo Buen Camino. Su intención hoy es dormir más allá de Astorga. Yo he quedado con dos conocidos así que me despido de él. Seguro que acabará el camino antes que yo.

Tengo la sensación de que ver a Orión y a la Luna marcando la ruta me ha animado bastante. Paso por un camino de tierra entre plantaciones. Esto si que es como el sitio donde empece a andar con mis botas. El frontal ilumina lo justo así que voy con cuidado de no hacer una mala pisada. Estoy a punto de llegar a dos pueblecitos que están al lado uno del otro unos seis kilómetros en total. A la salida de Hospital se ofrecían dos alternativas. He tomado la que tiene pinta de ir señalizada. Ya me he perdido una vez.

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Al llegar a Villares de Órbigo relleno mi botella de agua en la fuente. A partir de aquí en teoría hay pocas poblaciones. La verdad es que sigue siendo de noche pero no encuentro ningún bar abierto en la ruta de hoy. Son las siete de la mañana y aquí no abre nadie. Al parecer, por lo que pude ver en la fuente, el pueblo está en fiestas. Ya dormí una vez en un pueblo en fiestas, bueno, lo intenté. Eso es imposible y más si el albergue está en la plaza del pueblo.

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Continuo mi camino sin parar mucho y en una cuesta vuelve a aparecer el peregrino de Almería. Hablamos un rato, le pregunto si sabe donde puede haber un bar. Me ánima a no preocuparme. Llevo frutos secos y agua pero un buen vaso de leche no estaría de más. Le aguanto el ritmo un rato. Hasta que una especie de albergue aparece. Lo que pasa allí dentro es digno de contar.

– Hola. ¿Para desayunar y descansar un poco?

– Sí, pásate ahí que hay cacao, leche, infusiones y galletas.

Paso y me encuentro una estampa curiosa. Un señor y una niña con ropajes que parecen de otra época. La niña me mira con un gato entre las manos y me dice algo que no logro entender. No puedo más que sonreir intentando así disipar sus dudas sobre mi cercanía. El hombre le dice algo a la niña en lo que parece alemán. No entiendo nada. No parecen peregrinos pero están en un albergue de peregrinos. ¿Serán hospitaleros junto con la persona que me recibió? Tampoco consigo explicarme por que no hay más gente allí.

Me siento y tomo algo. Los dos alemanes comienzan a discutir. En la mesa un papel dice el precio del desayuno y hay una hucha. Debe ser un lugar tranquilo para quedarse pero me inquieta la presencia de mis compañeros. Decido despreocuparme y descansar un rato agarrado a mi mochila (que no me he quitado ni para sentarme) y a mi riñonera. No quiero que me atraquen. Esto es demasiado extraño. Dejo lo que vale el desayuno y desaparezco de allí. Muchas gracias. Buen Camino. En ese momento los dos alemanes paran su discusión, me miran y me desean buen camino. No sé que eran. ¿Me los cruzaré de nuevo? El camino es, a veces, muy raro. Te cruza con personajes muy extraños.

Saliendo de allí se asciende para llegar a un lugar donde hay una figura. No sé quien ha hecho esto. Quizá gente como la que puso los círculos de piedras a la salida de Atapuerca. Estas cosas dan muy buen rollo. Lo que parece ser una estatua de un peregrino a mi me recuerda más al ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

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Justo a la izquierda el sol empieza a asomar sobre el terreno. Sí, volvemos a andar sobre tierra alejados de los coches. Ahora sólo queda llegar a Astorga. Justo antes de entrar en la bajada que hay para pasar a Astorga me encuentro de nuevo con el almeriense. Lo saludo y decide acompañarme en la entrada al pueblo. Le comento que aunque me vea cojeando un poco estoy mejor de lo que se piensa pero insiste en hacerme compañía. Pasamos por al lado de una persona que está tocando la guitarra y cantando. Parece de etnia gitana. Mi compañero le da una moneda. El tipo le pregunta el nombre y de donde viene. De repente, cuando estamos bajando escuchamos un cante con el nombre de quien me acompaña y la ciudad de donde viene. Estamos a punto de entrar en la villa de Astorga. Nada más entrar un cartel deja claro que aquello fue, en algún tiempo, un enclave romano.

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Volvemos a subir. Este tramo, corto, después de 24 kilómetros, se me hace infernal. Son los últimos metros antes de llegar al albergue. El almeriense me desea Buen Camino. Es temprano pero necesito descansar después de unas cinco horas y cuarto de caminata. Hoy ya he cumplido. No puedo entrar al albergue pero la persona que está en la puerta me indica donde puedo dejar mi mochila y la hora a la que abren. Hay que esperar.

Me quedo allí sentado pensando en todo lo que he caminado de noche. Ha estado muy bien pero no quiero volver a hacerlo. ¿Sabes? Hoy me da igual encontrarme con personas que ronquen. Me voy a comprar unos tapones para los oídos aunque luego no los use por que no sepa como funcionan. He visto a bastante gente en el camino durmiendo muy bien por la noche gracias a ellos. Durante la hora de margen hasta que abren llegan algunos ciclistas que deciden desaparecer. Tras ellos veo llegar a las dos personas del albergue donde he desayunado. Finalmente eran dos peregrinos. Todavía no sé el parentesco que tenían entre ellos. Bueno, ni siquiera tengo claro el sexo del menor en edad de los dos. Lo que parece una joven (finalmente una niña no es) duerme en la litera encima de la mía. Sólo espero que no me intente lanzar un gato como esta mañana…

Me ducho, lavo la ropa y bajo a la farmacia. En León me han dicho que allí está la persona a la que vengo a ver.

– Hola.

– Hola. ¿Quería algo?

– Sí, perdona, ¿Esta es la única farmacia de la plaza mayor del pueblo? ¿Está Marisa?

– Sí, es la única farmacia. Marisa ha salido un momento.

– Vale. Pues dame tapones para los oídos e ibuprofeno. Gracias.

Me lo pone y en ese momento me doy cuenta de que no llevo el monedero. Le pido disculpas. Me lo he dejado en el albergue. Efectivamente, estoy reventado. Voy corriendo al albergue. Miro si está todo y una vez comprobado vuelvo a la farmacia donde me recibe Marisa muy amablemente.

– Hola Marisa

– Hola Miguel, no te esperaba tan pronto.

– Bueno, luego te cuento. ¿Aviso a David y comemos juntos?.

Yo prefiero quedar por la tarde.

– Eso está hecho. Bueno, hablamos durante el día, a lo malo, malo vengo a verte aquí. Voy a darme una vuelta por Astorga.

Antes de irme me comenta lo que es más interesante de ver. Salgo de allí y doy una vuelta. Visito el palacio de Gaudi, al parecer dejó bastante legado en esta zona. Le doy una vuelta a lo que parece la catedral de Astorga. Un palacio y una catedral… esto mucho pueblo no es. Es lunes, todo está cerrado. En uno de los bares veo que las tapas se van de precio así que entro en un supermercado, compro pan y alguna cosa. En alguna tienda compro chocolate que parece el producto típico de aquí.

Vuelvo al albergue y me meto en la zona común. Allí están los brasileños haciéndose la comida. Parecen decirme que me apunte a comer con ellos. Ya tengo pan y embutido. Yo estoy bien así. Pongo a cargar mi móvil y al girar la vista de nuevo hacia la cocina veo a Miguel, de Lugo, haciéndose algo de comer. Parece que estuviera solo. Bueno, luego hablo con él a ver como le va.

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Voy a comer y a ver si se carga esto para esta tarde poder estar localizable. En el patio están Joan, Diego, Francesco y Carolina. Los saludo, les comento la huida y el por qué. Ellos saben quien es la persona que estaba tosiendo pero no les ha afectado eso. De repente me doy cuenta de que estaban rellenando una hoja con las direcciones de correo electrónico. Joan y Carolina dejan el camino hoy por obligaciones laborales. Son grandes ambos dos. Les dejo mi correo electrónico apuntado. Vuelvo al interior, desconecto mi móvil y me subo a dormir un rato antes de que por la noche no se pueda dormir como ayer.

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He quedado con David por la tarde. Marisa se nos unirá un poco más tarde. Salgo disparado por que casi que me despierto tarde. Saludo a David. Lo veo aparecer subiendo la cuesta de entrada a Astorga. Para él es una cuesta normal. Iba demasiado cansando cuando he llegado. Nos metemos en un bar que hay enfrente de la farmacia no sin antes saludar a Marisa. Hablamos del camino. Es curioso, David también lo hizo hace tiempo. Cuando era un crío. Por otra parte… viviendo en ciudad de paso a 10 u 11 días de Santiago es para planteárselo. Hacemos algo de tiempo hasta que sale Marisa.

Nos vamos a un sitio tranquilo y empezamos a hablar de lo que nos une. Nuestra pasión por la divulgación científica. Ellos me han contado cosas que no me atrevo a contarte. Tienen intención de hacer de Astorga un referente. La verdad es que da gusto ver como todo va poco a poco viendo la luz. Recuerdo que a Marisa y a David los puse en contacto yo hará menos de dos años. Han conseguido una buena sinergia. Esto es algo que lleva trabajo. Les felicito. Antes de irme Marisa me comenta algo importante para la gente que vive en Astorga. Es una ciudad. Me recuerda las palabras que he usado para referirme a Astorga en la farmacia. Lo llame pueblo. Bueno, ya no creo que se me olvide. Astorga es una ciudad.

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Hoy he andado 24 kilómetros. Estoy cansado. Vuelvo al albergue. Allí veo a Miguel. Lo saludo. Se alegra de reencontrarse conmigo y yo de verlo todavía en camino. Me comenta que todo el mundo que empezó el camino con él se ha ido a sus casas por lesiones o por compromisos y que él también está un poco jodido. A diez días de terminar (él tiene claro que lo va hacer completo en treinta) dice que no se retira ni de coña. Me alegro por su decisión. Por suerte yo estoy bien. Le paso su teléfono a una amiga conocida en el camino y recibe una llamada. Sin duda ha hecho buenas migas con varias personas. Es grande en tamaño y en corazón, aunque le cuesta un huevo demostrarlo.

Antes de subir a dormir voy a ver los maragatos. Unos autómatas que salen en el reloj de la plaza mayor para dar ciertas horas. Al llegar a la plaza veo a Joan y Carolina. Pensaba que salían mañana a sus respectivas ciudades pero tienen el bus está noche. Me siento con ellos a tomar algo. Vemos a los maragatos. Hablamos de la buena gente que se conoce haciendo el camino y nos despedimos. Me emocionan estos momentos. No puedo evitarlo. Pero casi huyo por que me cierran el albergue. Tengo que entrar todavía en la habitación y acostarme. Todo está a oscuras en mi habitación ha sido un día completo. Me voy a dormir.

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Mañana más…

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