Día 17: De San Nicolás del Real Camino a Bercianos del Real Camino

20 de septiembre de 2013

No sé ni como he podido llegar hasta aquí. Hoy sólo he podido andar 18 kilómetros. Definitivamente no las tengo todas conmigo sobre si acabaré o no este camino. Las sensaciones ahora mismo son buenas. Mejor te cuento el día…

Esta madrugada me he despertado a las 3. Alessandro, Martina, Saul y Mila recogían sus mochilas para andar por la noche. No sé donde quieren dormir pero cuando lleguen a Sahagún ya podrán desayunar. Yo ansío llegar a Sahagún ya que allí hay centro de salud y al menos podrán pincharme mi ampolla. Esta ampolla que ayer apenas me permitía caminar. Me giro y sigo durmiendo. En mi cabeza les deseo buen camino. Mi cuerpo no les puede acompañar, no en estas circunstancias.

A las 7 de la mañana me despierto. Pongo el pie en el suelo y parece que no me duele tanto como ayer. El descanso aparenta venirle bien a la ampolla. En el bar he pedido un vaso de leche con colacao y azúcar. Al parecer en esta zona de España la gente se hace los vasos de leche sin azucar. El tipo se ríe y me comenta que los extranjeros nunca piden azúcar y como ahora hay más extranjeros que españoles haciendo el camino ya tiene muy mecanizado el gesto.

– ¿Sabes? A tus compañeros italianos se les van a quitar las ganas de salir por la noche. A las 5 de la mañana empieza a mezclarse el frío con la humedad y se pasa bastante frío. Ya verás como no vuelven a salir tan de madrugada. Pobrecicos.

Desayunando veo como baja un peregrino que parece frances y se despide del hospitalero.

– Qué amable este francés ¿No?

– La verdad es que no sé cuantas veces se ha quedado ya a dormir aquí este hombre. Es uno de esos peregrinos que hace el camino cada año.

¡¿Cada año?! Gente que vuelve, gente que lo hace muchas veces. Definitivamente el camino tiene algo que engancha. Pienso en mi caso. Pero lo que yo hice, tras casi 17 días caminando, ya sé que no es el camino. Son 5 días entretenido andando 20/30 kilómetros pero poco tiene de camino. Se me juntan muchas cosas, entre ellas lo que me permite hacer el camino. Estoy en paro y las noticias te quitan todo el ánimo. Al menos aquí no tengo que ver las noticias. Esta es la primera vez en mi vida que estoy fuera de mi casa más de dos semanas.

Toca salir. Parece que la ampolla responde bien. No sé donde me quedaré a dormir. La parada en el centro de salud de Sahagún me va a pasar factura. No puedo pensar en eso ahora. A la media hora de empezar a caminar la ampolla reclama su espacio. Todavía me quedan cerca de dos horas hasta Sahagún. Llegaré como pueda y a partir de allí seguro que todo va bien. Entro en la provincia de León. Aún quedan unos 60 kilométros para llegar a la ciudad de León. Poco a poco.

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Debajo de la luna llena se divisa Sahagún. Luna que ha acompañado en su camino nocturno a nuestros compañeros italianos y a Mila de la que pareció olvidarse el tipo del albergue. Espero que no hayan pasado tanto frío. En este tramo me he cruzado con algunos peregrinos que me preguntaban si estaba bien. Parece que cojeas, me decían. Yo no quiero modificar mi forma de caminar pero mi cuerpo manda. Está claro que estoy cojeando. Tengo que llegar cuanto antes al centro de salud. Mantener una forma de caminar incorrecta durante muchos kilómetros puede significar una lesión. Bajo el ritmo y me fijo muy bien en mi pisada. Lo importante es llegar en las mejores condiciones.

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Si sigo todo recto por el arcén de la carretera llego a Sahagún pero el camino me desvía a la derecha con una de sus flechas amarillas. ¿Recto o a la derecha? A la derecha hay una iglesia pero recto llego antes al pueblo. Tengo que llegar cuanto antes a Sahagún, déjate de iglesias. No, tengo que hacer el camino de verdad.

Al final decido ir hacía donde las flechas me indican. Y efectivamente… las flechas me hacen pasar por un puente y tras ese puente está la iglesia que se veía desde la carretera. No se puede entrar. ¿Qué hago aquí entonces? Al girar la mirada a la izquierda descubro que hago allí. Dos estatuas más altas que yo se miran frente a frente. Me recuerdan a las de la historia interminable. En el suelo una inscripción. Estoy, según este monumento, en el centro geográfico del camino.

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Al menos, he llegado a la mitad de la ruta francesa del Camino de Santiago. Si me retiro habrá sido por correr en una de las etapas. Pero llegar hasta aquí ha sido muy grande. Agradezco el poder estar ahí. Me paro un momento a disfrutar de lo conseguido. Es la primera vez que hago un repaso mental de todo lo logrado. Pero la ampolla vuelve a reclamar su sitio. No me puedo dormir. Tengo que ir al dichoso centro de salud. No sé donde está así que una vez llego al pueblo pregunto a todos los vecinos que veo por la calle (que tampoco es que vea a una marabunta de vecinos). Me dirigen al sitio. Saben de sobra que estoy jodido. Se lo agradezco. Entro en el centro de salud.

– Hola. Mira, que soy un peregrino con una ampolla tan criminal que debería denunciarla por daño al honor. ¿Dónde me pueden atender?

La mujer que recibe a la gente en este centro de salud me mira y me dirige al sitio correcto para la espera. Es de buena mañana pero están de campaña de vacunación así que andan desbordados. Qué menos que un poco de humor. Al irme de allí la mujer comenta con una amiga lo roto que parece que estoy. Bueno, me queda nada. Ahora entro, me la pinchan y me voy. Me dan paso a la consulta.

– Descalzate que vamos a ver esos pies.

– Gracias.

– Los tienes perfectos.

– ¿Perdona?. Tengo una ampolla en el pie izquierdo que me está matando.

– Ah sí, bueno, no hay liquido ni visible ni invisible así que no podemos hacer nada. Te vamos a recomendar que tomes reposo y no nos vas a hacer caso. No hay mucho que hacer. Desinfectante y gasas.

– ¿Parar? Bueno, si es totalmente necesario pararé.

– No. Por esto no tienes que parar. Simplemente anda menos kilómetros al día y sé consciente de que lo único que te va a curar es descansar.

Me pongo mis botas con la gasa que me ha puesto el médico. Agradezco el trato y la comprensión. En realidad cuando dijo que todo estaba bien se refería a las ampollas que tengo en los dedos. Son ampollas que ya están secas y que me acompañaron los primeros días de camino. Ya ni me acordaba de ellas. Salgo del centro de salud volviendo a agradecer el trato y dando muchos ánimos a la gente que allí trabaja. Digamos que la sanidad publica en España no pasa su mejor momento y estos trabajadores también sufren la crisis.

Mi destino hoy tendría que ser El burgo ranero para el que quedan unos 17 kilómetros. Vamos a ver si podemos llegar. El descanso en Sahagún es reparador pero las noticias no son buenas. La ampolla no tiene tratamiento. Lo único que puedo hacer contra ella es descansar. Algo que no me puedo permitir. A 10 kilómetros hay un pueblo que aún no sé que se va a convertir en mi destino. A la media hora andando vuelvo a notar el dolor en el pie. Aún me quedan 7 kilómetros para llegar al pueblo. Busco ánimo en mi pensamiento. Me vuelco en el paisaje. No me ayuda mucho, eso si es verdad. La aridez que me rodea anima poco.

De repente el pueblo aparece ante mi. Me derrumbo y empiezo a preguntar donde está el albergue publico. ¿Dónde está el albergue? Los del pueblo me ven hecho polvo y me ayudan.

– Quédate en el público que te van a tratar de lujo, bueno, el parroquial, al final ese es nuestro albergue público.

Parece que fueran a comisión. Llego a un albergue donde están haciendo obras. Dejo mi mochila en la fila de mochilas. El albergue se abre a la una de la tarde. Yo no puedo caminar más y menos durante 7 kilómetros más. Necesito descansar y este pueblo es pequeño. Está todo a mano. Es ideal para tirarse en la cama y no levantarse hasta que acabe el día. Es mi sitio, sin duda. Hoy descanso y según como me levante mañana decidiré que hago. Rado tiene una pierna vendada. Le comento lo que me pasa y me dice que a él también le pasó lo mismo. A él le ha tardado 10 días en desaparecer. ¿10 días?… Eso es el día 25 sí los cálculos no me fallan… Significa que me quedan 7 días así. ¿Una semana con este dolor? Confió en que mi ampolla sea menos cabrona que la de Rado.

Nos acompaña en la conversación Daniele, Cristina, Righi, Pino, Sarah, Beth… Van siempre juntos. Creo que han hecho buenas migas. Hoy hemos visto que en el camino incluso puedes encontrar gente que hace trampas en la cola. Esto ya si que me ha dejado roto. Si tienes que esperar a alguien más lo normal no tienes por que guardarle el sitio en la cola. Lo más respetuoso es esperar a que llegué y entonces ponerse en la cola y si tienen claro que no llega ir a un albergue donde puedas reservar. De todas formas, seguro que si necesitas descanso los hospitaleros van a ser benevolentes. Y es más, algún peregrino podría dejarte su cama como yo hice en su momento en Pamplona cuando dejé mi cama de abajo. A estas alturas, si tengo que dormir en el suelo por que alguien lesionado duerma en cama estoy seguro de que lo haría.

Abren el albergue y nos reciben con frutos secos y algo de queso. Muchas gracias. Van un poco lentos pero la amabilidad les puede. Son tres hospitaleros. Cada uno es de una zona del mundo distinta. Entre los tres cubren todos los idiomas que hacen falta en el camino. Nos obligan a levantarnos como mínimo a las 6. Dicen que como vean a alguien antes de las 6 intentando salir no responden. Para ellos es muy importante el espíritu del camino. El albergue es de donativo. Cuando queramos tenemos el buzón para dejar el dinero que creamos oportuno. Agradezco mucho el gesto, la verdad es que el recibimiento ha sido muy bueno.

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Compro algo en una tienda cercana y subo a mi habitación a descansar. Me para uno de los hospitaleros.

– ¿Vas a cenar aquí?.

¿Cenar en el albergue? Ni lo había pensado. Me comentan que ellos van a hacer algo de cena. De lo único que me tengo que preocupar es de estar sentado a una hora determinada. Le digo que me guarde un sitio y subo a descansar. Me hidrato los pies con vaselina y a dormir.

Al despertar bajo a cargar mi móvil. Por suerte hay un enchufe libre. Me acompañan en el salón algunos italianos con los que me he cruzado en el camino. Justo donde está puesto mi móvil hay una radio y la encienden para poner música que desconozco. Al parecer los distintos hospitaleros que han colaborado con este albergue han dejado música a lo largo de los años. Tras un momento allí desenchufo y salgo para afuera. Allí, en un banco, uno de los hospitaleros habla con Righi y con Pino sobre el camino y la perdida de espiritualidad de los peregrinos. El camino es para andarlo tranquilo, pausado, sin carreras. Tiene toda la razón del mundo. Estoy tan cansado que intento hablar pero no puedo. No son los 18 kilómetros. Es el dolor que he intentado negar el que me está haciendo caer. Not pain. Don’t worry. Recuerdo haberle dicho a unas chicas de Estados Unidos cuando me han preguntado por la ampolla. Blister que significa ampolla y pain que significa dolor son dos palabras nuevas que he aprendido en el camino. Hay otras más bonitas pero hoy estas dos son las que más he escuchado.

¡A cenar!. Entramos todos en el albergue y en ese momento veo llegar a un hombre con maletín y traje. Está cansado, es casi de noche. Los hospitaleros le dicen que no es posible acogerlo que se lo prohíbe la ley. El hombre, resignado, continua su camino… no entiende por que, no sabe muy bien donde ha quedado el espíritu hospitalero. Yo creo que la ley se lo ha comido. Una ley que para estos establecimientos debería ser un poco más permisiva. Uno llega reventado. No es seguro que tengas dinero en efectivo para pagar un taxi al siguiente pueblo. Estás desorientado y cae la noche. No debe ser una sensación agradable.

Mientras que él continúa su camino nos sentamos a cenar.

– Que cada uno diga como se llama y el país de donde proviene.

Es la segunda vez que asisto a una dinámica para conocerse en el camino, la primera fue en Belorado. Es curioso, la verdad es que es muy sencilla pero tenemos hambre… no nos van a complicar la vida. Todo el mundo se presenta. Algunos con una seriedad poco común. Y ahora sí, a cenar. En algunas mesas hay un hospitalero que aprovecha este momento para conocer un poco más de la historia personal de cada peregrino. Es un albergue muy acogedor. Voy a llevarme un recuerdo imborrable de este día.

Terminamos la cena y nos disponemos a recoger la mesa pero no nos dejan:

– Sí, vamos a ayudaros a limpiar y a recoger esto.

– Nooo. Disfurtad del atardecer.

– Vale, vale…

Desde que hemos llegado nos han hablado de este atardecer. Todo lo que han dicho se queda corto. Estamos en calma, después de cenar, viendo como el sol desaparece de nuestra vista. Es una estampa preciosa. Echo unas cuantas fotos pero no hago justicia a lo que veo. Lo más que puedo sacar es a la gente disfrutando del espectáculo y la pierna de uno de los peregrinos vendada.

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Cuando ya empieza a llegar la oscuridad veo de nuevo al peregrino de la maleta y el traje. Vuelve a hablar con el hospitalero. Parece comentarle toda su historia personal. Es tarde ya y el hospitalero no puede negarse a darle un sitio para descansar. Hoy dormirá bajo techo con el resto de peregrinos. Le disponen un colchón en el suelo. El hombre se muestra agradecido aunque ha vuelto con una cara de pocos amigos que logro entender. Es un personaje curioso. No he visto nunca un peregrino con maleta y traje. La verdad es que tiene un brazo que cualquiera se mete con él aunque es realmente amable.

Estoy a punto de dormir ya. El descanso y la hospitalidad de hoy me ha venido bien. Noto mucho menos el dolor de la ampolla. Me estoy planteando ir a León. Son 46 kilómetros llanos (en teoría). No sé si los haré mañana. Lo que más me pesa es dejar atrás a estos compañeros italianos, a Rado, a las chicas de estados unidos… a tantos peregrinos auténticos… Tengo una decisión dura por delante, de nuevo. Si me respeta la ampolla me iré.

Qué atardecer…

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