Día 13: De Burgos a Hontanas

16 de septiembre de 2013

Lo de hoy se me ha hecho mucho más largo de lo esperado.

Antes de salir desayuno un poco. Abro el armario donde están las botas como si se trataran de libros en un archivador gigante. Me las pongo, cuelgo mis chanclas (con las que he caminado todo el día) en mi mochila. Desayunando vuelvo a ver escribir en diarios antes de salir. Anoche, vi a gente guardando su diario en teléfonos y libretas. No es mala idea repensar que hace uno allí antes de salir. Situarse en una actitud humilde. Tomar energía, de la mental, para poder seguir caminando.

Ayer pregunté a un grupo de chicas de Burgos sobre un buen sitio para comer. Sí, me guié por los turistas y por autóctonos:

– Dicen que lo que viene ahora es desesperante. Es una pena que justo después de Burgos el camino se ponga tan psicológico.

– Jajaja… no te equivocas. Lo de “ancha es castilla” no es un decir, lo vas a comprobar.

Por esto, hoy al ver a los que se paran delante del diario por la mañana pienso que no es mala idea hacerlo. La salida pasa por la catedral así que me apoyo en su pared. Recuerdo a los compañeros que comenzaron conmigo el camino. Les deseo lo mejor. Ya tengo claro que no los volveré a ver, al menos no en este camino. Respiro hondo. Veo a un grupo de peregrinos y salgo a caminar.

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Veo a una persona parar cerca de un río. Es tarde pero él me comenta que no lleva prisa que si no tiene cama en el pueblo al que, en teoria, todos vamos, no pasa nada. Lo adelanto deseándole buen camino. Veo el lugar: un río y un rayo de sol emergiendo entre los árboles. No hace falta más.

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Ando bastante tiempo por al lado de una carretera. Hoy toca llegar a Hontanas. Eso son 31 kilómetros… cerca de 32. Empieza a hacer calor. Miro a mi alrededor y no veo ningún árbol. Lo único que me da sombra es mi gorro typical peregrino. Menos mal que lo tengo domado. Me paro a echarme crema por que el sol pica de verdad. Pasamos por un pueblo donde compro agua fresca. Recargo mi botella de aluminio que va siempre dentro de un aislante para mantener el frío lo más que pueda.

Salimos del pueblo. Una extensa llanura se sigue mostrando ante nosotros. El horizonte parece alejarse continuamente. No veo el pueblo. Bueno, por las horas que llevo caminando yo creo que no quedan más de dos horas caminando por este terreno. Me encuentro con una de las españolas. Va rendida. Algo en mi interior hace clic y no puedo decirle buen camino. Me quedo a su lado. La acompaño. Quizá el arrepentimiento por dejar a Alexander cuando estaba realmente jodido hace mella y simplemente la acompaño por no hacerme más daño. Me pregunta cuanto queda y decido mentir. Queda poco, una hora como mucho, jajaja, no pienses en eso ahora. ¿Tienes agua? Tranquila, llevamos agua y comida que nos va a pasar. Vamos a llegar seguro. Venga...

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Seguimos caminando y la verdad es que ni siquiera yo las tengo todas conmigo. ¿Dónde está el pueblo?. Nada, no me puedo alterar que si no mi compañera no llega. Trato el tema con humor. “Ya ha pasado una hora” me dice mi compañera. “Tranquila, no creo que quede más de media hora”. Vuelvo a mentir pero ya menos. Creo que quedan alrededor de cuarenta y cinco minutos pero he perdido el control sobre nuestra velocidad. Quizá nos quede otra hora. Me empiezo a mostrar como cabreado pero partiéndome de risa. ¿Dónde está el pueblo de las narices? jajaja. Vamos… venga… que aparezca ya. Miramos los dos al horizonte. No se ve ni una casa. Ella me mira a mi en plan… ¿Cómo que media hora? Yo le pido que no me mate. No sé cuanto queda pero vamos… si mis cálculos no me fallan deberíamos ver el pueblo, al menos en el horizonte. Bueno, llegamos allí y si no vemos el pueblo ya enchufo el gps pero vamos, las flechas amarillas marcan que vamos bien. Las flechas amarillas siempre dicen la verdad esto es una máxima de cualquier peregrino.

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El horizonte cada vez más lejano y el pueblo que no se ve. Hontanas… ¿Donde estás?. Tras media hora, sin pistas, vemos un cartel. Hontanas 0,5km. Miramos y el horizonte sigue plano, ni rastro del pueblo. Tiene que estar ya. De repente vemos una bajada impresionante. Una piedra grande con mensajes en italiano. Debemos estar cerca. Recorremos la bajada y vemos a los lados edificaciones. Es un pueblo oculto. Oculto a los ojos de los que caminamos. Hemos necesitado estar a cien metros para verlo. Nos alegramos tanto ella como yo por llegar. Ella me agradece la compañía en los últimos kilómetros.

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– Si no hubieras estado no hubiera llegado seguro. No sé lo que haré mañana.

Me suena esta frase. Fue la misma que yo le dije una vez en Arzúa a un peregrino que me salvó de dejar de caminar.

– Tranquila. Lo bueno del camino es que si no hubiera sido yo alguna otra persona te habría ayudado seguro.

Estoy molido. No puedo con mi alma. Entramos en el sitio donde nos van a dar cama. La mujer nos mira echos polvos y decide darnos dos camas en el local suplementario. Efectivamente, ya ha llegado todo el mundo. Somos casi los últimos. Gracias. Pongo mi mochila en mi litera. Estoy reventado, necesito comer. Entro en el bar sin ducharme. Llega la compañera a la que he acompañado. Ahora sí que veo a los españoles que no podía aguantar de otra manera. Ella sigue agradeciéndome la compañía… Yo le digo que no se preocupe que cualquiera hubiera hecho lo mismo. Que coma y se relaje. Mañana será otro día. No cree que vaya a salir a andar. Está tan molida que está pensando en volverse y retomar el camino en otro momento de su vida. Tiene razones para quedarse pero el cuerpo ya le empieza a decir que hoy podría ser el final de su aventura. El nombre de la chica… Genno. Gracias a ti por acompañarme que yo tampoco las tenía todas conmigo.

Yo también he sufrido de lo lindo hoy. No me esperaba este calor en septiembre. Bebo y no me recupero del todo. Esta noche tendré que dormir bien. El pueblo no tiene ningún misterio así que apenas lo recorro para comprar algo. Veo a gente tomar taxis por que no hay más sitio para dormir y están igual de molidos que todos. Veo a vecinos sacando aislantes. Están asombrados de la cantidad de gente que está haciendo el camino en septiembre. Dicen que no es normal este aluvión.

Me voy a ducharme y a relajarme un rato en la cama antes de que llegue la noche. No puedo dormir bien pero consigo descansar. Salgo y veo a un grupo de coreanos hablando entre ellos. Durante el camino he visto como uno de ellos se separaba del camino para tomar fotos de un pastor con sus ovejas. Son muy grandes. Me enseña las fotos que ha tomado del pastor y me deja su dirección de correo para que lo agregue en Facebook cuando llegue a mi casa y poder ver mis fotos. Creo que soy el primero que le pregunta que hacía con el pastor. Él es fotógrafo profesional. Yo sigo haciendo pocas fotos en mi camino. No me llama el hacer clic a todo lo que veo.

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Cuando he ido al supermercado he visto a una persona que impidió que Leo pudiera dormir en Nájera. Mejor no se lo digo. Al bajar del supermercado le intento explicar a una persona donde está pero no me entiende. Es un alemán y no entiende nada que no sea un inglés perfecto. Bueno, consigo explicarle. Tengo el reto de aprender inglés por que el camino sin ese idioma… es complicado. Con francés e inglés sobra para hablar con todo el mundo. Sí, la mayoría de los franceses que he conocido pasan del español.

Ya de noche, me vuelvo a acercar al bar. Hablo con un prejubilado de telefónica que empezó trabajando con centralitas analógicas, luego trabajó con digitales y llego a ver centralitas como las de Cisco o Asterisk. Ahora se dedica al aeromodelismo. Todos los españoles les sacamos un parecido brutal con un cantante famoso. Tiene la voz igual de rota que él. Fuera de esta anécdota me gusta que tiene las cosas claras. Vive tranquilo.

Antes de irme a dormir veo al murciano al que conocí en Santo Domingo de la Calzada. Se va a dormir a otro pueblo en taxi. Hontanas está hasta arriba de peregrinos. Bueno, vamos a dormir. Estoy molido. Paso por donde está la ropa colgada, la toco, sigue húmeda así que me dirijo al lugar donde dormimos. Antes de llegar a la puerta veo que sale una persona de una casa:

– ¡Chico!

No hay nadie alrededor así que se tiene que referir a mi.

– Dime.

– Recoge tu ropa que aquí por la noche cae un rocío de impresión. ¿Es tu primer día de camino? La ropa no se deja colgada por la noche…

– Ya llevo, con este, trece días caminando pero… gracias por el consejo. Me lo anoto.

Recojo mi ropa y, a oscuras, entro en el sitio donde dormimos. Allí están los españoles a los que no soportaba del camino. Hoy, algo ha cambiado, hoy incluso puedo dormir con ellos… Les he perdonado todas sus actitudes. Hoy he descubierto historias de amistad que desconocía. He visto como la persona que ronca fuerte tiene un nombre y un lado humano. Quizá lo haya juzgado tanto que todo lo que hacía me parecía terrible. No quiero pensar en las veces que me ha pasado esto en mi vida. En si tendrá algo que ver mi pasado con la forma en que los he mirado durante todo el camino. Supongo que todo suma. Tengo que disculparme por todas esas veces en que mi mente ha valido más que lo que mi mirada me contaba.

Me llevo este perdón de esta etapa. Igual consideras que es poca cosa pero para mi es algo por lo que quitarme el sombrero. Todo el mundo duerme. Por fin asumen que los ronquidos son parte del camino. Se escuchan incluso risas nerviosas pero caminamos juntos y con respeto… por fin.

Esto empieza a ponerse interesante. Mañana más.

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2 comentarios en “Día 13: De Burgos a Hontanas

  1. Y tu nuestro murciano… Tambien nos llegastes y eres muy buena persona! Al leer este cachito me he acordado… y me he reido mucho! Y te vuelvo a repetir: Gracias por acompañarme todo ese rato y Gracias por cambiar de opinion de mi! Un besazo mi murciano! Muaaaack!

  2. ¡Gracias! Claro, al final me dejé de estereotipos y empecé a mirar el interior de la gente que caminaba. 😀 Un placer conoceros a todos los del “Grupo Español”.

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