Día 4: De Pamplona a Puente La Reina

7 de septiembre de 2013

Querido mío:

Ya estoy en Puente La Reina. A partir de ahora es todo un paseo, hasta llegar a O’Cebreiro. Toca disfrutar del camino. Pero desde Pamplona he tenido un largo recorrido de 24 kilómetros con una subida importante, la del alto del perdón.

7 de la mañana. Me levanto y desayuno con tostadas, leche e infusión. Es una etapa dura y el propio albergue el día de antes te aconseja que desayunes bien para afrontarla. Tomo una foto de un cartel con todos los teléfonos de los albergues del camino, quizá la use en algún momento dado. Hojeo el libro de actas donde veo palabras en distintos idiomas. A la salida Rado y José me esperan para salir de Pamplona bien temprano. Tengo la sensación de no haber disfrutado de la ciudad. La vuelta que di ayer con José me supo a poco y todavía no es del todo de día así que en un cruce me despido de ellos y me quedo a solas con la ciudad. Es la primera vez que estoy en una ciudad grande en este camino que en teoría tiene varias más. Ando, sin que nadie me siga, rodeando iglesias, por callejones perdidos, subiendo a ciertos lugares donde parece haber una muralla. Simplemente disfruto de la ciudad. Me paro, respiro. Miro el amanecer. El sol saliendo tan lentamente me genera una paz que pocos entienden. Los peregrinos me miran raro cuando vuelvo al camino como pensando ¿De dónde ha salido este tipo? Salgo de mi, de encontrarme en medio de una ciudad, recordando a la gente que trabajo por poner todos esos edificios ahí.

Ya estoy en camino de nuevo. Paso por Cizur Menor, me desvío de nuevo para ver la plaza y la Iglesia donde parece que está a punto de haber una boda. ¡Es sábado! No me he dado del día de la semana en que estoy. Saludo a gente que he visto a la salida y que se queda a desayunar en un bar. Yo sigo con la energía que me ha dado el poder disfrutar de mi soledad en Pamplona.

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Sigo mi camino. Veo a gente del pueblo más cercano paseando a sus perros. Los vecinos aprovechan el camino como ruta del colesterol. Es normal, yo lo haría. Van a buen ritmo. Intento adelantarles, les paso y los perros se vienen conmigo. Pero ellos van sin mochila así que acabo yendo por detrás de ellos. Antes de subir al alto del perdón descanso en una pequeña cuesta donde han instalado bancos para sentarse. Mientras tomo un poco de chorizo cortado de forma irregular y queso también cortado como bien vaya veo pasar a los que van con su perro que me miran quizá como yo hiciera con aquel peregrino de Le Puy. Bueno, estoy en el camino… No tengo por que hacer las cosas perfecto. Después de un cuarto de hora descansando salgo otra vez al camino. Saludo a la chica y al chico de Corea que conocí el primer día. ¡Buen camino chicos! Ante mi la subida del alto del perdón.

Empiezo a subir lentamente. Pero mi cuerpo aprovecha rápidamente el chorizo y el queso. Noto como una inyección de energía que me acelera. Empiezo a pasar peregrinos. ¡Buen camino!. Sigo hacía arriba. Miro a mi derecha y veo el paisaje por que he llegado hasta aquí. La cuesta no parece muy exigente y ya empiezo a escuchar los aerogeneradores… ya estoy arriba. Hace bastante viento y noto algo de frío así que miro esas estatuas un segundo y sigo hacía abajo siguiendo una flecha amarilla en una piedra. Intento bajar andando lento pero no puedo. Empiezo a trotar y veo a muchos peregrinos conocidos del primer día. Los saludo como puedo y sigo para abajo. Veo a los chicos de Israel que durmieron al lado mio el primer día en Roncesvalles. Están alegres. Sigo bajando a toda leche. Por fin se acabó la bajada. Me noto los tobillos un poco cargados así que sigo un poco más lento.

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Me encuentro a los chicos jóvenes de Vigo que pienso que me pueden quitar plaza en el albergue público. El miedo me puede y sigo pensando que lo más probable es que no llegué a pillar plaza si no los adelanto. Los saludo, hablo con ellos y les deseo buen camino. Al llegar a un pueblecito veo a Alexander y Mike. Dicen que se van a una iglesia que supone desviarse unos kilómetros, Eunate, me apetece acompañarles por que creo que no han reservado habitación pero sí lo han hecho así que me despido de ellos y empiezo a correr hacía el camino para que no se me escape la cama.

¿Sabes? Hoy sí, me he dado cuenta de algo, no quiero andar pensando en si voy a pillar plaza o no. No quiero ir agobiado por pillar plaza ni sospechando de la gente. Necesito quitarme ese miedo de encima. Me lo prometí hace unos días pero no consigo eliminarlo. Espero encontrar la manera de hacerlo por que no puedo caminar pensando casi únicamente en que me puedo quedar sin plazas en los albergues públicos. Por fin llego a Puente La Reina. A la entrada un albergue. Le pregunto si es el público, me dice que no. Gracias. Me alejo con rapidez de allí y llego al Refugio de los Padres Reparadores. Dejo mi mochila en el suelo y me siento a descansar. Estoy francamente derrotado por el día de cambios de ritmo que llevo. Esto no puede seguir así. Hay que ponerle freno. Mañana caminaré el problema para encontrar una solución a esta filosofía equivocada que sólo me provoca dolor.

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Una vez en la puerta conozco a una persona de Galicia. Tiene algo de sobrepeso pero ahí está, andando como uno más. Lo veo muy bien hasta que llega el momento de avanzar en la cola. Parece preocupado por que se le cuele la gente. Yo ya hace tiempo que me despreocupe simplemente avanzo con la cola pero a él parece que le cabrea incluso que haya gente que parece que avanza la mochila. No creo que nadie se cuele, por lo menos no ningún peregrino. La primera impresión que me llevo de este hombre es un poco dura.

Nos dan la habitación, subo, dejo las cosas, hablo con él para explicarle quién soy. Bajo a comer en un bar. Le pregunto a una persona del pueblo cual es el mejor sitio para tomar una tapa que no me claven. Y me recomienda yo creo que el mejor restaurante de tapeo del pueblo. Me tomo un par de tapas con un corto de cerveza. Hablo un rato con el camarero, le pido otro corto de cerveza, me tomo otra tapa y salgo a darme una vuelta por la ciudad. ¡Hostia! El hombre de Las Palmas al que había perdido la pista. Pensaba que haría cada día muchos kilometros. Voy con una chica de Elche que me he encontrado varias veces por el camino y que me pide que le tome alguna foto. El compañero de Las Palmas se aloja en un privado a las afueras del pueblo que dice conocer de la última vez que estuvo aquí. Me comenta que tiene hasta piscina. Eso sí, hay que subir una cuesta importante para llegar a él. Yo paso. Hacemos unas fotos, intercambiamos los teléfonos y vuelvo al bar con la chica de Elche. Allí está el grupo de Martina y demás italianos. Empiezo a conocerlos un poco mejor. Ya hasta me sé algún nombre. 😀

Mientras ellos comen yo me pido un corto. Empieza a llover fuerte. Nos vamos a quedar atrapados en el bar. ¡Noo! Bueno, estoy en buena compañía. Entre que para y no me da tiempo de tomarme un pacharán. ¿Sabes? Dicen que han robado dinero y teléfonos en Cizur menor. La verdad es que yo siempre duermo abrazado a la riñonera pero es una putada que te roben. Además dinero o teléfonos son los únicos recursos que nos pueden sacar de más de un apuro. Hay que ser… hijodeputa o hijadeputa… lo siento pero es la palabra que me sale. Ahora todos los peregrinos vamos a llevar más cuidado con todo lo que llevamos encima. Todavía no sabemos si han sido peregrinos o gente de fuera. Espero que no sean peregrinos.

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Deja de llover. Salimos a dar una vuelta. Parece que hay una concentración motera. Sí, un escenario, unas mesas con comida debajo de un pórtico, cerveza a cascoporro y unas motos aparcadas en línea. Esto es una concentración motera. Definitivamente es sábado. Me encuentro con Alexander y Mike que van dando una vuelta y buscando algo para cenar. Los saludo y me dicen de ir a su albergue a cenar. Iré pero que me llevaré mi comida. Los acompaño a su albergue. Allí vuelvo a ver a Claire, la chica que conocimos en Roncesvalles y a Maggie, una nueva compañera de camino de Mike y Alexander. Los cuatro andan cocinando la cena. Yo mientras cojo mi pan y mi chorizo y me hago un bocadillo. Me lo como y me siento con ellos a cenar. No pueden evitar echarme un plato de pasta pero yo no puedo comer más. Me invitan a vino. Gracias compañeros. Tomo mi copa de vino y acompaño algún que otro brindis. Levantamos las copas ¡Por nosotros!. He brindado demasiado. Me he tenido que escapar del privado por que me cerraban el público. Cuando he llegado me he encontrado a la gente jugando al Jungle Speed. ¿Quién se ha traído ese juego? ¡Ese juego lo conozco yo! Hablo en castellano todo el rato y me miran extraño. Claro, es que no saben castellano. Me disculpo y me retiro a echar unas risas con unos Españoles que están en la mesa de al lado. Llegan las diez y hay que irse a dormir ¿Ya?. Yo no puedo dormir, necesito un poco más de tiempo pero aún así subo a mi cama. Cual es mi sorpresa cuando llego a la habitación. Se escucha a alguien roncando como si estuviera un tren funcionando a todo trapo. Decididamente no puedo dormir aquí.

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Acabo de bajar al salón sin coger mi riñonera. Prometo revisarla a la subida. ¿Sabes una cosa? Hoy vi a la gente que pilla albergue privado de otra forma. Hay gente a la que no veo desde hace dos días. Creo que huyen de la marabunta. Si lo pienso, sólo tengo 12 compañeros de camino y pienso que merece la pena acompañarlos, aunque sea a costa de seguir a todo el grueso de peregrinos. Estoy haciendo migas, poco a poco, con un grupo de italianos que están haciendo el camino pero sé que Mike y Alexander son los dos peregrinos que me reclaman. Creo que Alexander tiene miedo de quedarse solo y yo miedo de quedarme sin plaza en los albergues públicos. ¿Por qué tengo tanto apego a los albergues públicos?

Mañana hago el 5º Día. Es un día que determino como decisivo. Para otros es un día más. Voy a intentar disfrutarlo aunque dado el ambiente que hay en mi dormitorio no creo que pueda descansar mucho. Tengo mis limitaciones. Que no pueda dormir yo no es culpa de la otra persona sino mía. Vaya, hay biblias en este albergue, curioso… hay también un libro de actas (que los peregrinos usan para firmar en su día a día). Me gusta leer lo que otras personas han descubierto en el camino. Lo cierto es que es duro. Cada día se andan bastantes kilómetros y la gente ya empieza a caer.

Esta noche me recuerda a la etapa de Portomarín (que hice sin dormir nada en el tren de ida) y la de O Pedrouzo (donde no pude dormir por un concierto). En este caso la culpa es mía por confiarme. Esto seguro que me pasa factura. Ya llevo 3 o 4 días sin dormir bien. Vaya, tengo alrededor a otros peregrinos que también han bajado a este salón. A ver si vamos a dormir todos aquí al final.

Bueno, mañana te cuento como ha ido el día. Espero no tener resaca. Por favor… no quiero resaca…

PD: Ya estoy en la cama y se me cierran los ojos. Voy a dormir 5 horas y como diría Jorge Drexler… “que sea lo que… sea”.

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