El hotel

Se cernió la noche sobre el lugar:

-Bueno, nos vamos a dormir. A ver si encontramos el sitio. Vamos andando en un rato, no os preocupéis.

Sale un coche con dos personas. Nosotros tres nos quedamos hablando y vamos a pata. Madrid, Septiembre, urbanización de setos grandes y aún más grandes perros. Acercarse a un seto, una gran experiencia ya que los perros ladraban como si no se vieran en otra.

¿Dónde hostias está el sitio donde se supone que tenemos que dormir? Y yo que sé… Guay… Seguro que no llegamos ni de coña. De repente vemos un sitio que parece un bar. Entramos y vemos a tres viejos jugando al chinchón (no sé a que jugaban pero es lo que se suele decir de la gente de Madrid). Vale…

– Buenas noches. Disculpen, ¿saben si aquí hay habitaciones?

– Sí, deben subir a la segunda planta de aquel edificio – el viejo señala un edificio donde no se ve ninguna luz encendida.

– Gra… – me percato de que los viejos siguen jugando como si nada hubiera pasado. Va… Nos vamos al otro edificio.

Entrando nos fijamos en que el coche de nuestro amigo está allí. Los vemos fuera echando un cigarro. Les preguntamos si pretender pasar y nos dicen que estaban esperándonos. Bien, pues vamos. Cinco personas más perdidas que el calí y sin tener muy claro si allí había o no habitaciones se encaminan al segundo piso de un edificio, la ultima planta. Llegamos y encima de nuestras cabezas hay una trampilla para acceder a lo que parece una buhardilla.

Toc, Toc. Llamamos a la puerta y sale una chica.

– Hola, venimos por lo de las habitaciones. – la chica nos mira de arriba a abajo y hace una pausa antes de decir…

– No, es que ese tema lo lleva mi hermano que vive en el sótano. Bajad al sótano.

Bien, cinco tíos con sus cinco macutos bajando dos pisos para acceder al sótano. Llamamos a la puerta. Sale una persona con un cuchillo en la mano, una mano escayolada y una muleta. Deja el cuchillo y nos pregunta que hacemos allí. Trago saliva.

– Ejem, estamos buscando habitaciones para pasar la noche. – el hombre nos mira extrañado, cuenta las llaves y nos dice que esperemos allí un momento.

Se cierra la puerta y pasan los primeros cinco minutos, los primeros diez, ¿Un cuarto de hora? ¿Qué pasará? Un cuchillo, el tío con una muleta, esto no pinta bien, como tarde un poco más nos piramos para donde antes y aunque sea en un banco nos sobamos. ¿¿Media hora?? Vamos para arriba a preguntar a la hermana y ya nos piramos. Bien. Subimos, llamamos y sale la hermana.

– Disculpa, sabes algo de las habitaciones.

– No, espera que llamo a mi hermano. – ¿Llamar? ¿Eso no podía haberlo hecho antes? ¿Que habrá en esa buhardilla?.

Cierra la puerta. Un minuto, dos, tres… ¿Un cuarto de hora? Nos vamos… Salimos de allí poco a poco, sin hacer ruido. Vamos al coche, esperamos un rato al lado del coche mientrás estos dos se fuman un cigarro.

– Que raro tío. Lo que no nos pase a nosotros.

– La verdad es que la pinta del tío era muy siniestra.

– Ni que lo digas. Vamos para abajo y ya nos dirán dónde dormir.

Nos subimos al coche, nos ponemos los cinturones. Enciende las luces y de repente aparece ante nosotros el tipo de la mano escayolada con la muleta en la mano. ¿Qué? Que mierda hace este ahora aquí.

– No os vayáis tengo las habitaciones ya preparadas.

No hay palabras para explicar todo lo que se me pasó por la cabeza en ese momento pero nada era bueno. Aún así, bajamos del coche y seguimos al hombre que nos acompañó a nuestras habitaciones. Digamos que no cerré los ojos tanto como me hubiera gustado esa noche.

Todavía hoy me pregunto si tendría cámaras o si él y su hermana nos gastaron una broma. No me explico esa coincidencia que hizo que justo cuando mi compañero encendió el coche apareciera el tipo.

Estás cosas sólo pasan en esa mágica ciudad que llamamos Madrid.

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